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PlanetadeLibros > Ana Karenina
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 17/04/2017
1040 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-4029-9
Código: 10184199
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Austral
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Ana Karenina

Colección Austral
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 298.00
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Austral
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La estremecedora historia de un adulterio en el ámbito de la alta sociedad rusa del siglo XIX

Primer capítulo 

 

PRIMERA PARTE

 

I

 

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa de enterarse de que su marido mantenía relaciones con la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.

Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que incluso en una posada se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.

La mujer no salía de sus habitaciones; el marido no comía en casa desde hacía tres días; los niños corrían libremente de un lado a otro sin que nadie les molestara. La institutriz inglesa había tenido una disputa con el ama de llaves y escribió a una amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había ido dos días antes, precisamente a la hora de comer; y el cochero y la ayudante de cocina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que les saldasen sus haberes para irse.

El tercer día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky —Stiva, como le llamaban en sociedad—, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las ocho de la mañana, se halló, no en el dormitorio conyugal, sino en su despacho, tendido sobre el diván de cuero.

Volvió su cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del diván, como si se dispusiera a dormir de nuevo, a la vez que abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla.

De repente se incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos. «¿Cómo era», pensó, recordando su sueño. «¡A ver, a ver! Alabin daba una comida en Darmstadt... Sonaba una música americana... El caso es que Darmstadt estaba en América... ¡Eso es! Alabin daba un banquete, servido en mesas de cristal... Y las mesas cantaban: “Il mio tesoro”... Y si no era eso, era algo más bonito todavía.

»Había también unos frascos, que luego resultaron ser mujeres...».

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel sueño. Luego quedó pensativo y sonrió.

«¡Qué bien estaba todo!». Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto, no sabía expresar ni con palabras ni con pensamientos.

Observó que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana, alargó los pies, alcanzó sus zapatillas de tafilete bordado en oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su cumpleaños, y, como desde hacía nueve años tenía por costumbre, extendió la mano hacia el lugar donde, en el dormitorio conyugal, acostumbraba tener colocada la bata.

Sólo entonces se acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la alcoba con su mujer; la sonrisa desapareció de su rostro y arrugó el entrecejo.

—¡Ay, ay, ay! —se lamentó, acordándose de lo que había sucedido.

Y de nuevo se presentaron a su imaginación los detalles de la escena terrible; pensó en la violenta situación en que se encontraba y pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía con claridad.

—No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no soy culpable. Eso es lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! —se repitió con desesperación, evocando de nuevo la escena en todos sus detalles.

Lo peor había sido aquel primer momento, cuando al regreso del teatro, alegre y satisfecho con una manzana en las manos para su mujer, no la había hallado en el salón; asustado, la había buscado en su gabinete, para encontrarla al fin en su dormitorio examinando aquella malhadada carta que lo había descubierto todo.

Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de preocupaciones, tan poco inteligente, según opinaba él, se hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una expresión de horror, de desesperación y de ira.

—¿Qué es esto? ¿Qué me dices de esto? —preguntó, señalando la carta.

Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en sí, sino la manera como había contestado entonces a su esposa.

Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una situación demasiado vergonzosa: no supo adaptar su aspecto a la situación en que se encontraba.

Así, en vez de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso permanecer indiferente —cualquiera de aquellas actitudes habría sido preferible—, hizo una cosa ajena a su voluntad («reflejos cerebrales», juzgó Esteban Arkadievich, que se interesaba mucho por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa habitual, benévola y en aquel caso necia.

Aquella necia sonrisa era imperdonable. Al verla, Dolly se había estremecido como bajo el efecto de un dolor físico, y, según su costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de palabras duras y, apenas hubo terminado, huyó a refugiarse en su habitación.

Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido.

«¡Todo por aquella necia sonrisa!», pensaba Esteban Arkadievich. Y se repetía, desesperado, sin hallar respuesta a su pregunta:

«¿Qué hacer, qué hacer?».

 

II

 

Esteban Arkadievich era leal consigo mismo. No podía, pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había hecho.

No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas; ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él.

De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar mejor el caso a su esposa. Con todo, comprendía la gravedad de la situación y compadecía a Dolly, a los niños y a sí mismo.

Tal vez habría tomado más precauciones para ocultar mejor el hecho si hubiese imaginado que aquello tenía que causar a Dolly tanto efecto.

Aunque no solía pensar seriamente en el caso, venía suponiendo desde tiempo atrás que su esposa sospechaba que no le era fiel, pero quitando importancia al asunto. Creía, además, que una mujer agotada, envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo particular alguno, buena madre de familia y nada más, debía ser indulgente con él, hasta por equidad.

¡Y he aquí que resultaba todo lo contrario!

«¡Es terrible, terrible!», se repetía Esteban Arkadievich, sin hallar solución. «¡Con lo bien que iba todo, con lo a gusto que vivíamos! Ella era feliz rodeada de los niños, yo no la estorbaba en nada, la dejaba en entera libertad para que se ocupase de la casa y de los pequeños. Claro que no estaba bien que ella fuese precisamente la institutriz de la casa. ¡Verdaderamente, hay algo feo, vulgar, en hacer la corte a la institutriz de nuestros propios hijos!... ¡Pero, qué institutriz! (Oblonsky recordó con deleite los negros y ardientes ojos de mademoiselle Roland y su encantadora sonrisa). ¡Pero mientras estuvo en casa no me tomé libertad alguna! Y lo peor del caso es que... ¡Todo eso parece hecho adrede! ¡Ay, ay! ¿Qué haré? ¿Qué haré?».

Tal pregunta no tenía otra respuesta que la que la vida da a todas las preguntas irresolubles: vivir al día y procurar olvidar. Pero hasta la noche siguiente Esteban Arkadievich no podría refugiarse en el sueño, en las alegres visiones de los frascos convertidos en mujeres. Era preciso, pues, buscar el olvido en el sueño de la vida.

«Ya veremos», se dijo, mientras se ponía la bata gris con forro de seda azul celeste y se anudaba el cordón a la cintura. Luego aspiró el aire a pleno pulmón, llenando su amplio pecho, y, con el habitual paso decidido de sus piernas ligeramente torcidas sobre las que tan hábilmente se movía su corpulenta figura, se acercó a la ventana, descorrió los visillos y tocó el timbre.

El viejo Mateo, su ayuda de cámara y casi su amigo, apareció inmediatamente llevándole el traje, los zapatos y un telegrama.

Detrás de Mateo entró el barbero, con los útiles de afeitar.

—¿Han traído unos papeles de la oficina? —preguntó el Príncipe, tomando el telegrama y sentándose ante el espejo.

—Están sobre la mesa —contestó Mateo, mirando con aire inquisitivo y lleno de simpatía a su señor.

Y, tras un breve silencio, añadió, con astuta sonrisa:

—Han venido de parte del dueño de la cochera...

Esteban Arkadievich, sin contestar, miró a Mateo en el espejo. Sus miradas se cruzaron en el cristal: se notaba que se comprendían. La mirada de Esteban parecía preguntar: «¿Por qué me lo dices? ¿No sabes a qué vienen?».

Mateo metió las manos en los bolsillos, abrió las piernas, miró a su señor sonriendo de un modo casi imperceptible y añadió con sinceridad:

—Les he dicho que pasen el domingo, y que, hasta esa fecha, no molesten al señor ni se molesten.

Era una frase que llevaba evidentemente preparada.

Esteban Arkadievich comprendió que el criado bromeaba y no quería sino que se le prestase atención. Abrió el telegrama, lo leyó, procurando subsanar las habituales equivocaciones en las palabras, y su rostro se iluminó.

—Mi hermana Ana Arkadievna llega mañana, Mateo —dijo, deteniendo un instante la mano del barbero, que ya trazaba un camino rosado entre las largas y rizadas patillas.

—¡Loado sea Dios! —exclamó Mateo, dando a entender con esta exclamación que, como a su dueño, no se le escapaba la importancia de aquella visita en el sentido de que Ana Arkadievna, la hermana queridísima, había de contribuir a la reconciliación de los dos esposos.

—¿La señora viene sola o con su marido? —preguntó Mateo. Esteban Arkadievich no podía contestar, porque en aquel momento el barbero le afeitaba el labio superior; pero hizo un ademán significativo levantando un dedo. Mateo aprobó con un movimiento de cabeza ante el espejo.

—Sola, ¿eh? ¿Preparo la habitación de arriba?

—Consulta a Daria Alejandrovna y haz lo que te diga.

—¿A Daria Alejandrovna? —preguntó, indeciso, el ayuda de cámara.

—Sí. Y llévale el telegrama. Ya me dirás lo que te ordena.

Mateo comprendió que Esteban quería hacer una prueba, y se limitó a decir:

—Bien, señor.

Ya el barbero se había marchado y Esteban Arkadievich, afeitado, peinado y lavado, empezaba a vestirse, cuando, lento sobre sus botas crujientes y llevando el telegrama en la mano, penetró Mateo en la habitación.

—Me ha ordenado deciros que se va. «Que haga lo que le parezca», me ha dicho. —Y el buen criado miraba a su señor, riendo con los ojos, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada.

Esteban Arkadievich callaba. Después, una bondadosa y triste sonrisa iluminó su hermoso semblante.

—Y bien, Mateo, ¿qué te parece? —dijo moviendo la cabeza.

—Todo se arreglará, señor —opinó optimista el ayuda de cámara.

—¿Lo crees así?

—Sí, señor.

—¿Por qué te lo figuras? ¿Quién va? —agregó el Príncipe al sentir detrás de la puerta el roce de una falda.

—Yo, señor —repuso una voz firme y agradable.

Y en la puerta apareció el rostro picado de viruelas del aya, Matrena Filimonovna.

—¿Qué hay, Matrena? —preguntó Esteban Arkadievich, saliendo a la puerta.

Aunque pasase por muy culpable a los ojos de su mujer y a los suyos propios, casi todos los de la casa, incluso Matrecha, la más íntima de Daria Alejandrovna, estaban de su parte.

—¿Qué hay? —repitió el Príncipe, con tristeza.

—Vaya usted a verla, señor, pídale perdón otra vez... ¡Acaso Dios se apiade de nosotros! Ella sufre mucho y da lástima de mirar... Y luego, toda la casa anda revuelta. Debe usted tener compasión de los niños. Pídale perdón, señor... ¡Qué quiere usted! Al fin y al cabo no haría más que pagar sus culpas. Vaya a verla...

—No me recibirá...

—Pero usted habrá hecho lo que debe. ¡Dios es misericordioso! Ruegue a Dios, señor, ruegue a Dios...

—En fin, iré... —dijo Esteban Arkadievich, poniéndose encarnado. Y, quitándose la bata, indicó a Mateo—: Ayúdame a vestirme.

Mateo, que tenía ya en sus manos la camisa de su señor, sopló en ella como limpiándola de un polvo invisible y la ajustó al cuerpo bien cuidado de Esteban Arkadievich con evidente satisfacción.

 

 

III

 

Esteban Arkadievich, ya vestido, se perfumó con un pulverizador, se ajustó los puños de la camisa y, con su ademán habitual, guardó en los bolsillos los cigarros, la cartera, el reloj de doble cadena...

Se sacudió ligeramente con el pañuelo y, sintiéndose limpio, perfumado, sano y materialmente alegre a pesar de su disgusto, salió con recio paso y se dirigió al comedor, donde le aguardaban el café y, al lado, las cartas y los expedientes de la oficina.

Leyó las cartas. Una era muy desagradable, porque procedía del comerciante que compraba la madera de las propiedades de su mujer y, como sin reconciliarse con ella no era posible realizar la operación, parecía que se mezclase un interés material con su deseo de restablecer la armonía en su casa. La posibilidad de que se pensase que el interés de aquella venta le inducía a buscar la reconciliación le disgustaba.

Leído el correo, Esteban Arkadievich tomó los documentos de la oficina, hojeó con rapidez un par de expedientes, hizo unas observaciones en los márgenes con un enorme lápiz, y luego comenzó a tomarse el café, a la vez que leía el periódico de la mañana, húmeda aún la tinta de imprenta.

Recibía a diario un periódico liberal no extremista, sino partidario de las orientaciones de la mayoría. Aunque no le interesaban el arte, la política ni la ciencia, Esteban Arkadievich profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstos variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modificaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.

No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar, antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida.

El partido liberal aseguraba que todo iba mal en Rusia y, en efecto, Esteban Arkadievich tenía muchas deudas y sufría siempre de una grave penuria de dinero. Agregaban los liberales que el matrimonio era una institución caduca, necesitada de urgente reforma, y Esteban Arkadievich encontraba, en efecto, escaso interés en la vida familiar, por lo que tenía que fingir contrariando fuertemente sus inclinaciones.

Finalmente, el partido liberal sostenía o daba a entender que la religión no es más que un freno para la parte inculta de la población, y Esteban Arkadievich estaba de acuerdo, ya que no podía asistir al más breve oficio religioso sin que le dolieran las piernas 1.

Tampoco comprendía por qué se inquietaba a los fieles con tantas palabras terribles y solemnes relativas al otro mundo cuando en éste se podía vivir tan bien y tan a gusto. Añádase a esto que Esteban Arkadievich no desaprovechaba nunca la ocasión de una buena broma y se divertía con gusto escandalizando a las gentes tranquilas, sosteniendo que ya que querían envanecerse de su origen, era preciso no detenerse en Rurik 2 y renegar del mono, que era el antepasado más antiguo.

De este modo, el liberalismo se convirtió para Esteban Arkadievich en una costumbre; y le gustaba el periódico, como el cigarro después de las comidas, por la ligera bruma con que envolvía su cerebro.

Leyó el artículo de fondo, que afirmaba que es absurdo que en nuestros tiempos se levante el grito aseverando que el radicalismo amenaza con devorar todo lo tradicional y que urge adoptar medidas para aplastar la hidra revolucionaria, ya que, «muy al contrario, nuestra opinión es que el mal no está en esta supuesta hidra revolucionaria, sino en el terco tradicionalismo que retarda el progreso...».

Luego repasó otro artículo, éste sobre finanzas, en el que se citaba a Bentham y a Mill, y se atacaba de una manera velada al Ministerio. Gracias a la claridad de su juicio comprendía en seguida todas las alusiones, de dónde partían y contra quién iban dirigidas, y el comprobarlo le producía cierta satisfacción.

Pero hoy estas satisfacciones estaban acibaradas por el recuerdo de los consejos de Matrena Filimonovna y por la idea del desorden que reinaba en su casa.

Leyó después que, según se decía, el conde Beist había partido para Wiesbaden, que no habría ya nunca más canas, que se vendía un cochecillo ligero y que una joven ofrecía sus servicios.

Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras veces.

Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach con mantequilla, Esteban Arkadievich se levantó, se limpió las migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no como reflejo de su estado de espíritu, sino con el optimismo de una buena digestión.

Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó.

Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de Tania, su hija de más edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa.

—¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! —gritaba la niña en inglés—. ¿Ves? Ahora tienes que levantarlos.

«Todo anda revuelto —pensó Esteban Arkadievich—. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide de ellos».

Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren, entraron en el comedor.

Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó de su cuello, feliz de poder respirar el característico perfume de sus patillas. Después de haber besado el rostro de su padre, que la ternura y la posición inclinada en que estaba habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo.

—¿Qué hace mamá? —preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija—. ¡Hola! —añadió, sonriendo, dirigiéndose al niño, que le había saludado.

Reconocía que quería menos a su hijo y procuraba disimularlo y mostrarse igualmente amable con los dos, pero el pequeño se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa fría de su padre.

—Mamá ya está levantada —contestó la niña. Esteban Arkadievich suspiró.

«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó.

—¿Y está contenta?

La pequeña sabía que entre sus padres había sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá debía de constarle y no había de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indiferente. Se ruborizó, pues, por la mentira de su padre. Él, a su vez, adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también.

—No sé —repuso la pequeña—: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver a la abuelita.

—Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento —dijo, reteniéndola y acariciando la manita suave y delicada de su hija.

Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allí el día antes y ofreció dos a Tania, eligiendo uno de chocolate y otro de azúcar, que sabía que eran los que más le gustaban.

—Uno es para Gricha, ¿no, papá? —preguntó la pequeña, señalando el de chocolate.

—Sí, sí...

Volvió a acariciarla en los hombros, le besó la nuca y la dejó marchar.

—El coche está listo, señor —dijo Mateo—. Y le está esperando un visitante que quiere pedirle no sé qué...

—¿Hace rato que está ahí?

—Una media horita.

—¿Cuántas veces te he dicho que anuncies las visitas en seguida?

—¡Lo menos que puedo hacer es dejarle tomar tranquilo su café, señor —replicó el criado con aquel tono entre amistoso y grosero que no admitía réplica.

—Vaya, pues que entre —dijo Oblonsky, con un gesto de desagrado.

La solicitante, la esposa del teniente Kalinin, pedía una cosa estúpida e imposible. Pero Esteban Arkadievich, según su costumbre, la hizo entrar, la escuchó con atención y, sin interrumpirla, le dijo a quién debía dirigirse para obtener lo que deseaba y hasta escribió, con su letra grande, hermosa y clara, una carta de presentación para aquel personaje.

Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el sombrero y se detuvo un momento, haciendo memoria para recordar si olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer.

«Eso es. ¡Ah, sí!», se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?».

En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible volver a convertir a su esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle a él en un viejo incapaz de sentirse atraído por las mujeres hermosas.

Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter.

«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse.

Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y luego, con paso rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer.

 

 

IV

 

Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas partes, estaba de pie ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada.

Al oír los pasos de su marido, interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia la puerta, intentando en vano ocultar bajo una expresión severa y de desprecio, la turbación que le causaba aquella entrevista.

Lo menos diez veces en aquellos tres días había comenzado la tarea de separar sus cosas y las de sus niños para llevarlas a casa de su madre, donde pensaba irse. Y nunca conseguía llevarlo a cabo.

Como todos los días, se decía a sí misma que no era posible continuar así, que había que resolver algo, castigar a su marido, afrentarle, devolverle, aunque sólo fuese en parte, el dolor que él le había causado. Pero mientras se decía que había de marchar, reconocía en su interior que no era posible, porque no podía dejar de considerarle su esposo, no podía, sobre todo, dejar de amarle.

Comprendía, además, que si aquí, en su propia casa, no había podido atender a sus cinco hijos, peor lo habría de conseguir en otra. Ya el más pequeño había experimentado las consecuencias del desorden que reinaba en la casa y había enfermado por tomar el día anterior un caldo mal condimentado, y poco faltó para que los otros se quedaran el día antes sin comer.

Sabía, pues, que era imposible marcharse; pero se engañaba a sí misma fingiendo que preparaba las cosas para hacerlo.

Al ver a su marido, hundió las manos en un cajón, como si buscara algo, y no se volvió para mirarle hasta que lo tuvo a su lado. Su cara, que quería ofrecer un aspecto severo y resuelto, denotaba sólo sufrimiento e indecisión.

—¡Dolly! —murmuró él, con voz tímida.

Y bajó la cabeza, encogiéndose y procurando adoptar una actitud sumisa y dolorida, pero, a pesar de todo, se le veía rebosante de salud y lozanía. Ella le miró de cabeza a pies con una rápida mirada.

«Es feliz y está contento —se dijo—. ¡Y en cambio yo! ¡Ah, esa odiosa bondad suya que tanto le alaban todos! ¡Yo le aborrezco más por ella!».

Contrajo los labios y un músculo de su mejilla derecha tembló ligeramente.

—¿Qué quiere usted? —preguntó con voz rápida y profunda, que no era la suya.

—Dolly —repitió él con voz insegura—. Ana llega hoy.

—¿Y a mí qué me importa? No pienso recibirla —exclamó su mujer.

—Es necesario que la recibas, Dolly.

—¡Váyase de aquí, váyase! —le gritó ella, como si aquellas exclamaciones le fuesen arrancadas por un dolor físico.

Oblonsky pudo haber estado tranquilo mientras pensaba en su mujer, imaginando que todo se arreglaría, según le dijera Mateo, en tanto que leía el periódico y tomaba el café. Pero al contemplar el rostro de Dolly, cansado y dolorido, al oír su resignado y desesperado acento, se le cortó la respiración, se le oprimió la garganta y las lágrimas afluyeron a sus ojos.

—¡Oh, Dios mío, Dolly, qué he hecho! —murmuró. No pudo decir más, ahogada la voz por un sollozo.

Ella cerró el armario y le miró.

—¿Qué te puedo decir, Dolly? Sólo una cosa: que me perdones... ¿No crees que los nueve años que llevamos juntos merecen que olvidemos los momentos de...

Dolly bajó la cabeza, y escuchó lo que él iba a decirle, como si ella misma le implorara que la convenciese.

—¿... los momentos de ceguera? —siguió él.

E iba a continuar, pero al oír aquella expresión, los labios de su mujer volvieron a contraerse, como bajo el efecto de un dolor físico, y de nuevo tembló el músculo de su mejilla.

—¡Váyase, váyase de aquí —gritó con voz todavía más estridente— y no hable de sus cegueras ni de sus villanías!

Y trató ella misma de salir, pero hubo de apoyarse, desfalleciente, en el respaldo de una silla. El rostro de su marido parecía haberse dilatado; tenía los labios hinchados y los ojos llenos de lágrimas.

—¡Dolly! —murmuraba, dando rienda suelta a su llanto—. Piensa en los niños... ¿Qué culpa tienen ellos? Yo sí soy culpable y estoy dispuesto a aceptar el castigo que merezca. No encuentro palabras con que expresar lo mal que me he portado. ¡Perdóname, Dolly!

Ella se sentó. Oblonsky oía su respiración, fatigosa y pesada, y se sintió invadido, por su mujer, de una infinita compasión. Dolly quiso varias veces empezar a hablar; pero no pudo. Él esperaba.

—Tú te acuerdas de los niños sólo para valerte de ellos, pero yo sé bien que ya están perdidos —dijo ella, al fin, repitiendo una frase que, seguramente, se había dicho a sí misma más de una vez en aquellos tres días.

Le había tratado de tú. Oblonsky la miró reconocido, y se adelantó para cogerle la mano, pero ella se apartó de su esposo con repugnancia.

—Pienso en los niños, haría todo lo posible para salvarles, pero no sé cómo. ¿Quitándoles a su padre o dejándoles cerca de un padre

depravado, sí, depravado? Ahora, después de lo pasado —continuó, levantando la voz—, dígame: ¿cómo es posible que sigamos viviendo juntos? ¿Cómo puedo vivir con un hombre, el padre de mis hijos, que tiene relaciones amorosas con la institutriz de sus hijos?

—¿Y qué quieres que hagamos ahora? ¿Qué cabe hacer? —repuso él, casi sin saber lo que decía, humillando cada vez más la cabeza.

—Me da usted asco, me repugna usted —gritó Dolly, cada vez más agitada—. ¡Sus lágrimas son agua pura! ¡Jamás me ha amado usted! ¡No sabe lo que es nobleza ni sentimiento!... Le veo a usted como a un extraño, sí, como a un extraño —dijo, repitiendo con cólera aquella palabra para ella tan terrible: un extraño.

Oblonsky la miró, asustado y asombrado de la ira que se retrataba en su rostro. No comprendía que lo que provocaba la ira de su mujer era la lástima que le manifestaba. Ella sólo veía en él compasión, pero no amor.

«Me aborrece, me odia y no me perdonará», pensó Oblonsky.

—¡Es terrible, terrible! —exclamó.

Se oyó en aquel momento gritar a un niño, que se había, seguramente, caído en alguna de las habitaciones. Daria Alejandrovna prestó oído y su rostro se dulcificó repentinamente. Permaneció un instante indecisa como si no supiera qué hacer y, al fin, se dirigió con rapidez hacia la puerta.

«Quiere a mi hijo», pensó el Príncipe. «Basta ver cómo ha cambiado de expresión al oírle gritar. Y si quiere a mi hijo, ¿cómo no ha de quererme a mí?».

—Espera, Dolly: una palabra más —dijo, siguiéndola.

—Si me sigue, llamaré a la gente, a mis hijos, para que todos sepan que es un villano. Yo me voy ahora mismo de casa. Continúe usted viviendo aquí con su amante. ¡Yo me voy ahora mismo de casa!

Y salió, dando un portazo.

Esteban Arkadievich suspiró, se secó el rostro y lentamente se dirigió hacia la puerta.

«Mateo dice que todo se arreglará», reflexionaba, «pero no sé cómo. No veo la manera. ¡Y qué modo de gritar! ¡Qué términos! Villano, amante... —se dijo, recordando las palabras de su mujer—.

¡Con tal que no la hayan oído las criadas! ¡Es terrible!», se repitió. Permaneció en pie unos segundos, se enjugó las lágrimas, suspiró, y, levantando el pecho, salió de la habitación.

Era viernes. En el comedor, el relojero alemán estaba dando cuerda a los relojes. Esteban Arkadievich recordó su broma acostumbrada, cuando, hablando de aquel alemán calvo, tan puntual, decía que se le había dado cuerda a él para toda la vida a fin de que él pudiera darle a su vez a los relojes, y sonrió. A Esteban Arkadievich le gustaban las bromas divertidas. «Acaso», volvió a pensar, «se arregle todo! ¡Qué hermosa palabra arreglar!», se dijo. «Habrá que contar también ese chiste».

Llamó a Mateo:

—Mateo, prepara la habitación para Ana Arkadievna. Di a María que te ayude.

—Está bien, señor.

Esteban Arkadievich se puso la pelliza y se encaminó hacia la escalera.

—¿No come el señor en casa? —preguntó Mateo, que iba a su lado.

—No sé; veremos. Toma, para el gasto —dijo Oblonsky, sacando diez rublos de la cartera—. ¿Te bastará?

—Baste o no, lo mismo nos tendremos que arreglar —dijo Mateo, cerrando la portezuela del coche y subiendo la escalera.

Entre tanto, calmado el niño y comprendiendo por el ruido del carruaje que su esposo se iba, Daria Alejandrovna volvió a su dormitorio. Aquél era su único lugar de refugio contra las preocupaciones domésticas que la rodeaban apenas salía de allí. Ya en aquel breve momento que pasara en el cuarto de los niños, la inglesa y Matrena la habían preguntado acerca de varias cosas urgentes que había que hacer y a las que sólo ella podía contestar. «¿Qué tenían que ponerse los niños para ir de paseo?». «¿Les daban leche?».

«¿Se buscaba otro cocinero o no?».

—¡Déjenme en paz! —había contestado Dolly, y, volviéndose a su dormitorio, se sentó en el mismo sitio donde antes había hablado con su marido, se retorció las manos cargadas de sortijas que se deslizaban de sus dedos huesudos, y comenzó a recordar la conversación tenida con él.

«Ya se ha ido», pensaba. «¿Cómo acabará el asunto de la institutriz? ¿Seguirá viéndola? Debí habérselo preguntado. No, no es posible reconciliarse... Aun si seguimos viviendo en la misma casa, hemos de vivir como extraños el uno para el otro. ¡Extraños para siempre!», repitió, recalcando aquellas terribles palabras. «¡Y cómo le quería! ¡Cómo le quería, Dios mío! ¡Cómo le he querido! Y ahora mismo: ¿no le quiero, y acaso más que antes? Lo horrible es que...».

No pudo concluir su pensamiento porque Matrena Filimonovna se presentó en la puerta.

—Si me lo permite, mandaré a buscar a mi hermano, señora

—dijo—. Si no, tendré que preparar yo la comida, no sea que los niños se queden sin comer hasta las seis de la tarde, como ayer.

—Ahora salgo y miraré lo que se haya de hacer. ¿Habéis enviado por leche fresca?

Y Daria Alejandrovna, sumiéndose en las preocupaciones cotidianas, ahogó en ellas momentáneamente su dolor.

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Sinopsis 

El amor es una pasión que no se puede contener, y Ana Karenina será capaz de romper todo lo establecido por la sociedad que la rodea por ir tras él. Sin embargo, la desolación le impedirá abrazar la felicidad que tenía a su alcance.

El realismo plasmado en esta magistral obra dibuja con elegancia y precisión un imperio en decadencia.

El autor 

Yásnaia Polaina, 1828 | Astapovo, 1910

Liev Nikoláievich Tolstói está considerado, junto con Dostoievski, el escritor ruso más importante de la segunda mitad del siglo XIX. Miembro de una familia de la antigua nobleza, su infancia y adolescencia transcurrieron entre Moscú, la gran hacienda familiar de Yásnaia Poliana y Kazán, en cuya universidad se matriculó en 1844. Participó en la guerrra del Cáucaso y fue oficial de artillería.

Entre sus obras destacan Infancia, adolescencia y juventud, Los cosacos o Resurrección. Con Guerra y paz y Anna Karenina se ganó el respeto de sus contemporáneos y un lugar preeminente en la historia de la literatura universal.

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portada_ana-karenina_leon-tolstoi_201702281712.jpg

La estremecedora historia de un adulterio en el ámbito de la alta sociedad rusa del siglo XIX

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