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PlanetadeLibros > Conversaciones con Oscar Wilde
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 18/08/2016
280 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3607-0
Código: 10165169
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Austral
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Conversaciones con Oscar Wilde

Colección Austral
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 148.00
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Austral
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La sociedad victoriana vista por uno de sus miembros más ingeniosos e inconformistas.

Primer capítulo 

 

Capítulo I

Cómo conocí a Oscar Wilde

 

He notado repetidamente que, de vez en cuando, surge algo que da nuevo motivo a la prensa para ocuparse de Oscar Wilde, y que siempre que tal sucede los recuerdos de este autor se leen con avidez, aún por parte de aquellos que nunca leen las propias obras de Wilde y que no están de acuerdo con su... ¿vamos a llamarle «moral»?...

Algunos, pocos, de los que escriben esas memorias le conocieron y trataron mucho, y, por ser ya mayores en aquella época, sin duda mejor que yo. Pero existe la particularidad de que la mayoría de los que escriben sobre Wilde sólo tuvo con él relaciones de amistad más o menos superficiales, y el trato de muchos de ellos con él apenas pasó de unas palabras cruzadas al serles presentados de paso. No obstante, se presta oídos a cuanto dicen sobre él, y se les lee... hasta con interés.

Ello me ha animado a poner mi granito de arena en la biografía de aquel tipo fascinador; pues, si Wilde no hubiera sido un gran hombre de letras, siempre hubiera poseído esa atracción individual que la gente atribuye en particular a los escritores y que coloca con preferencia hasta sobre sus mismas dotes intelectuales. Es el caso de un Walton, un Addison, un Swift, un Lamb, un Stevenson y algún otro. Los recuerdos que yo conservo de él habría que catalogarlos en un término medio entre una y otra clase de esos archiveros de memorias de que hablo; pero, aun así, tal vez no dejen de tener valor a su manera. De todos modos, yo vi a Wilde desde un plano totalmente distinto del de ellos, debido a la serie de circunstancias completamente diferentes que me llevaron hasta él, circunstancias en que no ejerció influencia alguna el deseo por parte de ninguno de los dos de conocernos, sino que surgieron independientemente de nuestra voluntad. A diferencia de lo que le ocurrió con otros, conmigo nunca tuvo él la menor necesidad de adoptar pose alguna, por lo menos en relación con mis aficiones. Yo no me daba cuenta, cuando menos al principio, de que debía suponerme en presencia de un genio, y de ahí que yo no tuviese nunca que violentar mi natural manera de ser a fin de acortar en parte la distancia que nos separaba. En otras palabras: yo le conocí, simple y naturalmente, como visita de casa de mi abuela, siendo yo un sobrino, por más señas, de unas tías que le asediaban como «leonas».

Ahora bien: nuestro conocimiento se hizo íntimo y duradero, tornándose luego en verdadera amistad. Lo que no puedo precisar es el tiempo que tardé en acostumbrarme a ver a «aquel alto, hermoso y joven gigante irlandés», a «aquel moderno Antinóo», como se le llamaba con frecuencia, y que «tenía rostro de mujer», como solía añadir mi madre, a quien no gustaba Wilde, pues ella prefería el tipo de hombre bien varonil. Puedo asegurar, en cambio, que su melena larga y hermosa y su esteticismo en el vestir me impresionaron siempre, pues yo, de muchacho, odiaba tanto como ahora el modo de vestir moderno.

Y si no recuerdo, como otros biógrafos suyos, «la primera vez que hablé con Wilde», recuerdo perfectamente la primera vez que su presencia me causó impresión distinta a la que siempre me había producido. Puede que sirva de consuelo a algunos lectores el que yo fije la fecha en que esto sucedió: fue en 1887 o 1888, cuando Irving puso en escena Fausto, en el Lyceum.

Yo asistí a aquella memorable representación y salí del teatro tan impresionado que estuve un buen rato sin darme cuenta de nada. Al verla en su papel de Margarita me acometió, de pronto, una gran pasión amorosa por Ellen Terry —que entonces no era mucho más joven que mi abuela, que era extraordinariamente joven—; y desde aquel momento mi admiración por Mefistófeles fue tan grande que rompí a hacer versos componiendo un «poema» tremendamente largo, con el título «bufo-ódico» de «Discurso de Mefistófeles a los Búhos».

Me pasé varios días seguidos componiéndolo, y la tarde en que lo terminé y se lo leí, con ingénito orgullo de autor, a mis tías; Oscar Wilde se presentó, de repente, a tomar el té con ellas. Mis tías, para mejor divertirse a mi costa, le dijeron lo que yo acababa de hacer. No tardaron en darse cuenta de que la broma les iba a costar caro cuando Wilde insistió en que yo volviese a leer todo mi poema otra vez, y en voz alta, en el gabinete. Al terminar la lectura, me dijo que mi poema le recordaba a Byron, y ya mi corazón se esponjaba de esperanzado orgullo —pues Byron, como Shakespeare, era entonces mi gran ídolo— cuando Wilde añadió: «... a lo peor de Byron»... «Sin embargo —agregó en tono muy bondadoso—, lo has leído tan bien que debemos perdonarte que lo hayas escrito»...

Y en este momento entran en la estancia nada menos que Irving y Ellen Terry en persona, ambos amigos de casa.

—¡Irving —exclamó Wilde—: acabo de descubrir un elogio a su manera de interpretar cuya existencia usted mismo no hubiera sospechado!...

Irving sonrió, con aquella su pálida sonrisa desmayada, que, aunque cordial, asumía un gesto protector; y, junto con Miss Terry, vino a reunirse con nosotros. Entonces Wilde, con aquel su modo inimitable —y lamento no poder reproducir ahora las mismas palabras que empleara— les habló de mi «oda», como él la llamaba, añadiendo que, a excepción de lo de los búhos, no encerraba nada desagradable. Y recitó un verso de la misma: «Graznad, búhos, graznad, para que llegue a mis oídos...» y luego, en tono muy serio, le preguntó a Irving si ese verso figuraba en la versión del Fausto que él representaba. Años después, cuando leí esa versión, me di cuenta de la doble ironía que encerrara la pregunta de Wilde, y de que yo no había sido la única víctima de su sátira.

Luego, y con gran horror de mis tías, Wilde insistió en que yo repitiera la lectura «en honor de Mr. Irving y de miss Terry». Y como una de mis tías observara que el hacerlo supondría nuevo motivo de aburrimiento para él, contestó: —¡Oh!... ¿Por qué no?... ¡No será la primera vez que he sido víctima de un «poeta»!...

Así que hube cumplido debidamente como se me requería, tras haber visto apoyada mi lectura con comentarios muy amables de miss Terry, y de modo muy cortés, aunque entre melancólico y grave, por parte del gran trágico, aquella simpatiquísima actriz, siempre tan impulsiva, exclamó, dirigiéndose a mis tías:

—¡Tengan cuidado con este chico, pues de lo contrario ya verán ustedes cómo tratará de dedicarse al teatro!...

Años después, en más de un camerino de teatro y entre afeites, polvos y botes de pintura, refería yo este incidente a mis compañeros. Pero esto no viene a cuento, y el citarlo aquí sólo puede ser perdonable en gracia a la escena descrita.

Conforme fui creciendo traté más a Wilde, y no solamente en casa de mi abuela, donde volví a encontrarle con frecuencia, sino en la de su madre, que en su mocedad había sido gran amiga de mi abuela, pues ambas habían estudiado juntas en el mismo colegio. También concurrí a aquellas grandes fiestas que él daba en su piso particular, en cuyas habitaciones se empleaban las luces de tonos más raros para que se produjera ese efecto estético que tanto había de influir sobre las ideas y la conversación de los reunidos: Y, aparte la desventaja —si lo era— de que, a causa de lo amortiguado de las luces, uno no estaba siempre seguro de quién era la persona a quien se le estaba hablando, resultaba muy reparador para la vista y los nervios cansados. Muchos años después, siempre que me he hallado en esos salones refulgentes de los grandes transatlánticos, he echado muy de menos aquel ambiente estético.

Durante aquellas fiestas, la charla de Wilde adquiría su máxima brillantez, y por ello, precisamente, lamento aún más que me sea en extremo difícil recordar aquellas cosas geniales que se le ocurrían, y que todo Londres repetía al día siguiente. Pero para mí, el interés por su persona era el que en mí despertaba como amigo de casa, interés que acentuaban su bondad personal y sus simpatías por mis gustos intelectuales y aspiraciones, en irritante pugna entonces con los proyectos de mi familia acerca de la carrera que creían que era mi deber cursar. No obstante, sí recuerdo algunas de las cosas que él me dijo personalmente, la mayoría de las veces con motivo de las inesperadas visitas que yo le hacía durante el día, cuando yo, descorazonado por mis decepciones y, muy en particular, por la indiferencia o la hostilidad de aquellos de quienes yo esperaba que compartiesen mis anhelos, solía acudir a él en busca de consuelo.

Entonces sosteníamos charlas muy amenas sobre literatura, enfocando el tema desde el punto de vista del escritor. Recuerdo, sobre todo, que siempre insistía en que el estilo es lo más esencial en literatura. Una vez me dijo: «La literatura no tiene el monopolio del pensamiento, pero su especial misión es expresarlo por medio de la palabra escrita. Cualquier asno que pueda empuñar una pluma puede escribir tonterías, pero hasta las tonterías se pueden escribir de modo que resulten artísticas».

En cierta ocasión le hube de recordar aquella vez en que se dignara tolerarme que le leyese dos veces mis aleluyas infantiles sobre Mefistófeles y los búhos, precisamente a él, que, por lo general, se impacientaba cuando oía estupideces. Y entonces me dijo:

—Me fue simpática tu sinceridad de colegial bien educado que admiraba a Mefistófeles. En cuanto a expresión, tratábase de un caso deliciosamente inconsciente de esa manera ingobernable de pensar que tiene uno y a la que presta color nuestro propio punto de vista individual.

En otra ocasión me dijo: «El estilo es el color en la literatura». Y añadió: «No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. O, si prefieres expresarlo de modo más complicado tener una historia que contar, y contar la de uno mismo»...

Otra vez: «Una composición literaria es un paquete de ideas atadas juntas y con los ribetes recortados».

Un día llegó a casa, y al saber que yo me encontraba arriba en mi despacho escribiendo listas de fechas históricas, en seguida subió a verme. Y cuando yo le hube explicado lo que esas fechas, que para todo el mundo resultaban tan aburridas, significaban para mí al facilitarme una clara perspectiva del Pasado, Wilde observó: «Es cierto. Y además es infinitamente más difícil redactar un buen catálogo que escribir una mala novela».

A él le debo valiosos consejos sobre composición literaria, que desde entonces me han servido de mucho. A juzgar por lo que mucha gente piensa de Wilde, resultará extraño que  siempre estuviese insistiéndome acerca de «nunca escribas una línea en la que tú mismo no creas». Pero ahí, precisamente, estriba la enorme diferencia que existe entre el Oscar Wilde que yo mismo conocí y el Oscar Wilde tal como en general se le ha querido hacer ver al público. Por lo tanto, yo creo que tal vez se me perdone el que yo sostenga que el Wilde que conoce la gente no es el auténtico.

A ver si lo puedo expresar de este modo: Wilde parecía siempre insincero, especialmente cuando hablaba con la mayor sinceridad. Sobre esto, más adelante citaré ejemplos tales como yo los recuerdo a pesar del tiempo transcurrido. No voy tampoco a echarles la culpa a aquellos que se equivocaban con él, pues mi propia madre nunca se convenció en lo más mínimo de su sinceridad. Siempre me decía ella, con acento conminatorio: «Ese hombre se deleita en volver locos a los demás, pero él tiene demasiado sentido común para creer lo que dice». También había algo de verdad en esto, porque, por raro que les parezca a aquellos que le trataron menos íntimamente, lo cierto es que el temperamento de Wilde se había forjado en un sentido común, duro y real. Pero donde se equivocaban tanto mi madre como los que, a pesar de conocerle más íntimamente, participaban de su opinión —es decir, todos, a excepción tal vez de media docena de personas entre las que se encontraba la madre de Oscar; mi abuela sostenía, como mi madre, que se trataba de un habilísimo poseur completamente insincero— era al sostener que Wilde estaba forzosamente en un error y la gente en lo cierto. En realidad, Oscar era una paradoja viviente, pero sólo las paradojas son ciertas, como —y ya se verá más adelante— tanto él como yo creíamos a pies juntillas, y como yo todavía creo. Oscar mismo me decía con frecuencia: «¿Cómo es posible que la tontiloca multitud tenga una idea acertada alguna vez?... Y, si por casualidad tropezase con alguna,

¿no le convertiría al instante en algo absurdo?»...

«¿Qué es la Vida sino una paradoja?», recuerdo que me preguntaba muchas veces, mientras tomábamos el té en aquella casa que él hizo tan célebre. Diré, de paso, que Wilde era el hombre más aficionado al té que he conocido en mi vida. Y con motivo de la misma pregunta, yo hube de decirle que mi madre le tildaba de paradojista. Pero Oscar respetaba profundamente a mi madre, cosa en verdad rara en él, pues le admiraban demasiado las mujeres para que él las tuviese en gran estima. Claro es que le admiraban de ese modo ciego y adulador que, en realidad, constituye una ofensa. Tal vez el secreto de que él respetase la actitud mental de mi madre, opuesta por completo a todo lo que él preconizaba, estribase sencillamente en que él sabía que ella era una de las contadas mujeres que trabaron conocimiento con él sin que las deslumbrase, dicho sea esto en elogio o en contra de ella, según crea el lector.

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Sinopsis 

Oscar Wilde fue uno de los maestros indiscutibles de la literatura universal. Su única novela, El retrato de Dorian Gray, se convirtió en todo un manifiesto del Decadentismo, movimiento que pretendía liberar la literatura y el arte de las convenciones de la moral burguesa. Fue su producción dramática, compuesta por brillantes comedias de crítica social, la que nos dejó mayores muestras de su fascinante filosofía de vida. Figura irreverente para su época y clase social, fue amado y denostado a partes iguales por sus contemporáneos, aunque los más selectos anfitriones de las clases acomodadas siempre deseaban tenerlo en sus reuniones.

Bajo la apariencia de una de sus deliciosas comedias, estas conversaciones nos brindan la oportunidad de conocer al Wilde más auténtico; son las interesantes charlas que mantuvo con artistas de su época, como Whitman o Whistler, y con la flor y nata de la clase alta victoriana. A través de su propia voz sabremos lo que este lúcido escéptico opinaba sobre la política, el arte, la guerra o el clero, regalándonos reflexiones atemporales que, como su obra literaria, evidencian la dificultad de adecuar nuestras vidas a las exigencias de la sociedad.

El autor 

Jamaica, 1874

A. H. Cooper-Prichard (Jamaica, 1874) nació en el seno de una familia de la aristocracia inglesa que fue deportada a la isla por sus ideas republicanas. Conoció a Wilde de niño, y mantuvo con él una profunda amistad. Gran viajero, recorrió Europa, parte de América y de África. Sintió auténtica pasión por el teatro; además de convertirse en un reputado actor, fue dramaturgo y fundó su propia compañía.

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