Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.
Cerrar
portada_de-paso_paco-ignacio-taibo-ii_201702280216.jpg
Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/03/2017
192 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3946-0
Código: 10178934
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
Facebook
Twitter

De paso

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 128.00
Comprar
Booket
Vota
  • Valoración media: 0
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
 

Novela breve, sobre un personaje real, un anarquista español trasladado a México

Primer capítulo 

I

 

Conf. Greene a Hoover. SICT 23011. Ref 1023. San Antonio. Retrans Nueva Orleans. Rept conf. Agosto 18, 1920.

Noticias San Vicente envuelto invest atentado presidente Wilson. Visto N. Orleans 16 julio prox. pasado compañía José Rubio (ref 1027). Ambos conexión anarquistas grupo sede Tampa-Florida. Obreros tabaqueros origen cubano. Particularmente contacto Mateo Vega o Vegas o Vigas (ref 1927/11). San Vicente probablemente salió país, intenta salir, saldrá pronto. Exp ref actividades IWW Costa Este. Investigación en curso. San Vicente condenado deportación, pero pendiente juicio paralelo tribunal federal atentado. Sigue ampliación. Dolly.

 

Conf. Hoover a Greene a Dolly. Copia urgente Chester y Wilcox. Washington. Conf. rept. SICT 23118. Ref 1023 y 1027. Agosto 20, 1920.

Liberen prioridad capturas San Vicente-Rubio. Impídase salida del país. Seguimiento caso contrario. Autorización límite México, Cuba, Canadá. Máximo seis agentes base a cargo misma. Hoover.

Conf. Baxter a Dolly. Retrans Dolly a Hoover, SICT 24911. Ref 1023 y 1027. Septiembre 2, 1920.

Localizados San Vicente, Rubio. Rumores situábanlos N. Orleans. Pista falsa generada ellos mismos. Intentan pasar frontera México por Del Río, Texas. Agente en seguimiento con cobertura. Baxter.

 

Conf. Lyman a Hoover, SICT 25013. Ref. 1023 y 1027. Septiembre 6, 1920.

En Nueva York rumores medios anarquistas ubican en ésta disponiéndose salida al extranjero Rubio, San Vicente. Imposible confirmación. Extrémese vigilancia portuaria. Lyman.

 

Conf. Dooly a Hoover, San Antonio retrans, SICT 25819. Ref 1023. Septiembre 7, 1920.

Calvert herido pie contrabandistas Del Río, Texas. Pista San Vicente falsa. Se abandona investigación esta base. Disculpas. Baxter.

 

Conf. Hoover a Greene, Boletín General. Ref 1023 y 1027. SICT 25910. Septiembre 9, 1920.

Investigación generada Nueva York prueba no intervención San Vicente-Rubio asunto Wilson. Persiste sin embargo interés captura para ejercer deportación vía Cuba donde tienen proceso pendiente asesinato policía La Habana. Sostener prioridad. Posibilidades máximas costa sudeste. Hoover.

 

Conf. Chester a Dolly. Natural. Ref 1023 y 1027. Septiembre 12, 1920.

Lyman sacado por remolcador bahía. Asegura arrojado al mar buque alemán mercante por San Vicente al que localizó entre el pasaje. Lyman pulmonía grave causa once horas en el agua. Buque San Vicente escalas México, Habana, Panamá. Estado Lyman impide ampliar información. A veces dice San Vicente autor, a veces culpa Leo Bruce, primo suyo. Sugiero esta información sea manejada cautela. Chester.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

―¿A México? ―le pregunté a Sebastián San Vicente sesenta y cinco años después.

―¿Por qué cojones no?

―No va a encontrar la revolución allí, San Vicente. El país en 1920 estaba gastado de tanta lucha armada, tantos muertos, tantas promesas incumplidas. Ni siquiera había una organización sindical anarquista, aunque habría de nacer la CGT en unos cuantos meses.

―No necesito ninguna revolución esperándome. La revolución la trae uno adentro, y la va llevando de un lado a otro. Es como el equipaje.

―Eso suena como un cuplé.

―Eso es, ni más ni menos ―dijo sonriendo, y desapareció por el puente del Seawolf cubierto por el fino rocío del agua que producía la marejada al estrellarse contra cubierta. Desapareció iniciando esta historia. Yo me quedé en mi casa de la Ciudad de México, sesenta y cinco años más tarde, contemplando los brillos de la noche en la ventana. Lo único que me molesta es que en 1920 faltaban veintinueve años para que yo naciera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

Me había dicho que si cumplía dieciséis años, ya tenía la edad de un hombre. No le hice maldito caso. Me fui al muelle para ver a las personas bajar de los barcos. Todo el camino fui sabiendo que iba al puerto y no importaba que cerrara los ojos, porque nunca me perdería, porque con la pura nariz yo iba a llegar siguiendo el olor de la grasa rancia, de los desperdicios, del sudor, de las fritangas. Y si no podía oler, podía oír, porque aquella brisa también traía ruidos: de motores de las grúas, los engranes chillando, la música tristona de El Tropical, un bar de putas. La brisa traía muchas cosas ese día, porque no todas las veces uno cumple dieciséis años y es grande, incontenible dentro del overol de trabajo gris y bajo el sombrero de palma que un viejo me había regalado, porque otro viejo se lo regaló cuando era joven. La brisa olía a dólares, billetes de tinta verde y fresca, billetes relucientes, de los que yo no tenía; y la brisa olía a petróleo, porque todo Tampico huele a petróleo, y la brisa sonaba a un bolero romántico.

De esos sonidos, de esos olores que recuerdo, pienso que yo entonces sabía que iba al puerto a ver barcos en los que no habría de irme. Esos olores me hacen pensar que Tampico ha cambiado, que ya no huele a dólar. Pero entonces no pensaba así, ni siquiera podía llegar a imaginar que los sombreros de palma serían mucho mejores que los que hacen ahora.

Pero ese día el olor estaba ahí y yo estaba con él; y el olor a brisa de mar, a grasa rancia, a petróleo y a dólares se descolgaba de las palmeras, bajaba por los muros de las casas blancas y parecía un poco manchado de sol.

Estaban desembarcando del Morro Castle, un vaporcito coquetón de la Ward Line, y del Seawolf que hacía ruta desde Nueva York a Tampico antes de seguir viaje a Veracruz y luego hasta Panamá, para volver por La Habana y Nueva Orleans. La pasarela estaba tendida, y ya al pie, en un escritorio plegable, los agentes de la policía sellaban pasaportes y recogían hábiles (magos, prestidigitadores) los billetes de las pequeñas mordidas, tributo al dios que gobierna aquí. Los curas de la iglesia del señor de las mordidas me miraron de reojo, porque no gustan los intrusos en el ritual de sacarles plata a los extranjeros; era un trato privado entre ellos y los extranjeros, como de puta y cliente, sin mirones. Yo me reía con esa cara de «hay pa’ todos», que también y tan rápido se entiende entre gitanos, e hice el gesto de que venía a cargar maletas gordas por propinas chicas si Dios me ayudaba; y si no, también; porque de Dios, yo entonces muy poco, y ahora nada.

Pero yo no iba a cargar maletas por centavos; esas cosas no se hacen el día que uno cumple dieciséis años. Yo iba a ver hombres que venían de otros países y a contemplar los vestidos floreados de las mujeres y las sombrillas; y con un poco de suerte los uniformes de un marinero alemán, o un chaleco de tahúr blanco gringo, que venía a darles ánimos a las casas de juego que los chinos habían montado en Tampico ese año; o venía a ver a un negro, porque hacía mucho que no veía negros, o a lo mejor a un grupo musical cubano que tocaría en el Hotel Inglés. Yo pensaba que no venía por limosna.

Ahora sé que sí venía por limosna; limosna de ojos, de sensaciones, limosnear de sueños, que es algo que hacía entonces y sigo haciendo tantos años después. Nomás que las cosas no se presentaron así. Porque el tercer hombre en bajar la pasarela se me quedó mirando fijamente y me dijo:

―¿Se puede confiar en ti?

―No ―le respondí.

―Vaya ―dijo, y se echó a caminar.

Supongo que lo que me ganó es que no intentó convencerme, que no trató de comprarme; que a lo mejor adivinó que yo tenía dieciséis años y no estaba pidiendo permiso para vivir... Eso, y el chaleco blanco. Lo dejé caminar una docena de pasos y lo alcancé. Él me estaba esperando. ¿Cómo lo sabía?

―La solidaridad, amigo, la solidaridad no se compra. Yo apelé a ti y tu respondiste, eso es todo ―me dijo un año después, cuando estábamos al pie de otro barco.

Nos quedamos mirando un instante. Luego preguntó:

―¿Me puedes llevar con los compañeros? ¿Hay organización anarquista en Tampico?

―¿Va a ir vestido de currutaco?

―No tengo otro traje, amigo. ―Y era cierto, traía la ropa puesta y una pequeña bolsa de mano, a la que daba forma algún instrumento de metal, «una pistola», me dije. Luego habría de conocer el contenido de la bolsa y descubriría un prosaico juego de llaves de tuercas y otras herramientas de mecánico.

Yo eché a caminar por las calles sin esperarlo. Yo tenía dieciséis años, y era un guía, no un acompañante. El hombre caminó rápido y me pasó danzarín. Torcimos por el puente y nos fuimos a la Casa del Obrero Mundial. Todos en Tampico conocíamos la Casa, yo también, como el que más. Como muchos, había aprendido a leer en El Pequeño Grande, y muchas veces repartí periódicos para el viejo Gudiño, o con los de la Federación Local. Sabía de memoria Grito Rojo y lo recitaba en los festivales; conocía la marsellesa anarquista, y a veces les escribía manifiestos a los carpinteros (siempre y cuando ellos los dictaran, claro). Yo era el hijo de Rojo, y raro para aquellos tiempos, de madre desconocida. Ahora pienso que lo común es ser de padre desconocido, pero no era mi caso. Yo era hijo de Rojo, y madre nunca supe, y además nunca pregunté. Al Rojo le decían el Rojo por tener el pelo rojo y no por anarquista, pero yo iba juntando una fama con otra.

―¿Cómo te llamas, muchacho? ―preguntó el recién llegado.

―Pablo el Rojito me llamaba. Porque ahora que cumplo dieciséis años, me llamo Pablo a secas.

―Ta’ bueno ―dijo y se me quedó mirando. Luego me tendió la mano―. Sebastián San Vicente es mi nombre. Ése vuelve a ser mi nombre aquí ―me dijo.

La estreché con fuerza y si ahora digo que salieron chispitas, es porque ahora el tiempo ya pasó y no quiero que esas cosas se olviden, que nunca se olviden, que se queden en el cajón de los recuerdos marcadas para siempre. Porque el cajón de los recuerdos se llena de mierdecitas al paso del tiempo y hay cosas que hay que señalar con un lápiz rojo para que no se borren.

Ésa fue la primera vez que estreché la mano del mejor amigo que he tenido en la vida. Tampico olía a petróleo, brillaba el sol, la brisa empujaba olor de dólares verdes por las calles y yo había conocido a Sebastián San Vicente.

En el local no había nadie y nos sentamos en la banqueta a esperar. Dos borrachos se sentaron con nosotros para hacer multitud y cantaban: Tampico hermoso / puerto tropical / tú eres la gloria de todo nuestro país / y por doquiera yo de ti me he de acordar...

Y repetían: ¡meee heee de acordar!

 

 

San Vicente era pulcro y muy maniático en cuestiones de higiene; se lavaba las manos dos, tres, seis, ocho o diez veces diarias; decía que era para esconder la grasa y las manchas de carbón que había adquirido cuando trabajaba como mecánico en los barcos. Ése fue uno de los muchos datos sueltos que poco a poco fui adquiriendo sobre su vida.

Las cosas cambiaron cuando conocí a San Vicente. Yo solía trabajar en muchos sitios, por dinero suelto aquí y allá. Repartía ropa de lavanderías, oficiaba de alcahuete de un par de putas jarochas que me dejaban dormir en el porche de su casa en el verano; ayudaba a Cosme, un tendedero gachupín a engordar botellas de habanero (dos por una y no le digas a nadie, la mitad de habanero auténtico, la mitad de una mezcla de alcohol y caña quemada), con lo que podía dormir sobre el mostrador de La Vencedora en invierno, escapando de las ratas y leyendo el periódico por las noches antes de que Cosme lo usara para envolver. Trabajaba de ayudante de tipógrafo, movía las masas de plomo compuestas a la mesa de formación, llenaba las columnas y prensaba a mano el papel, barría el piso. Bueno, para decirlo de una vez, desde hacía dos años, cuando Rojo se murió en el accidente de caldera número tres, había perdido mi oficio de hijo y no tenía uno nuevo.

San Vicente me dio un oficio. Él sabía que no se puede vivir como hombre si no se tiene un oficio. Y él me dio dos: de mecánico y de incendiario. Como mecánico era hábil, les hablaba a los motores en su idioma mientras los arreglaba, les susurraba cosas. Luego descubriría que les recitaba fragmentos de las obras de Malatesta y Bakunin mientras los iba afinando, precisando, ajustando, hasta lograr el ronroneo indicado, perfecto, en el que la máquina funcionaba sin desajuste. Él me enseñó ese oficio. Y mientras hablaba de motores, cuando no hablaba con los motores, me contaba la historia de la humanidad según Reclús. Me iba describiendo los feudos y las tribus, los reyes y el surgimiento del capital. Me contaba la historia de la Comuna de París, como si hubiera estado allí. Me hablaba de Barcelona la Roja, y de los mártires del primero de mayo en Chicago. De Louis Lingg que se voló el rostro con un cigarrillo que tenía explosivos antes de permitir que lo llevaran a la horca; de Osear Neebe, que cuando supo que tan sólo lo condenaban a quince años y no compartiría la suerte de sus compañeros, le gritó al juez: «¡Ahorcadme con ellos!»

Y acompañados por su voz, desfilaban países, hombres, y todo lo que me rodeaba se completaba con la visión de otros ojos, que apenas acababa de comprender como míos.

Yo había oído antes esa voz gruesa, de obra teatral que sale ronca del pulmón: la voz de la rebelión. Había voceado sus periódicos, había estado en alguna asamblea, había visto a los obreros del petróleo, había rechinado por la injusticia descarada de las compañías inglesas, gringas y holandesas; había visto la miseria de nuestros barrios. Había escuchado la voz, pero no había recibido en el rostro, como una bofetada, el llamado de la rebelión. Esa idea que va creciendo dentro de uno y abriendo surcos en la piel, proponiendo la aventura suprema, platicando suavecito en el oído en nombre del destino.

No era un buen orador. En las asambleas públicas no hacía un buen papel. No calentaba la sangre de los trabajadores que se reunían en los salones de la Casa del Obrero Mundial. Era de otro estilo. Cuando llevaba menos de mes y medio en Tampico, se había organizado con algunos trabajadores de la Local Comunista. Con los más duros, con los más escépticos, los más aventureros, los más cueros-correosos ante la patronal: los intransigentes. No más de una docena. Todos ellos con mirada afiebrada, reluciente.

Nos fuimos a vivir juntos en una casa sobre el río Pánuco, que estaba abandonada. Hicimos un poco de carpintería y dormíamos en el suelo, lado a lado, mirando el cielo a través de los agujeros en el techo.

Un día, llegó con Greta. Era una puta alemana que había visto en los Salones Imperial, bebiendo con capataces gringos de las campañas; fina ella, distante de la plebe, siempre vestida de gasas y tules de color pastel.

San Vicente la trajo a nuestra casa y ella sonrió. No hablaba más que unas palabras de español. Ellos hablaban en francés entre sí. Supongo que ella le contaba su historia, cosa que hasta donde mi experiencia da, siempre hacen las putas durante los dos o tres primeros meses de conocerte. Él le hablaría de otras cosas.

Hacíamos gimnasia juntos. Corríamos por la playa, sorteando las manchas de petróleo crudo que llegaban hasta la arena y no se iban nunca. Cocinábamos por rigurosos turnos, hacíamos buñuelos. Yo les enseñé dos canciones; ella nos enseñó una, cuya letra nunca he podido entender ―¿Qué es eso que a veces canto?, ¿qué quiere decir?, ¿estoy hablando de un bosque encantado, de una fiesta, de la Virgen María?―, y él nos enseñó otra, una habanera que aprendió en un lugar llamado Gijón.

Greta alternaba la vitalidad, los arranques de histeria y una melancolía densa que nos ponía a todos de mal humor. San Vicente y yo nos íbamos a veces por los campos petroleros, haciendo trabajos con los motores, hablando con la gente, caminando jornadas interminables por la costa.

Un día San Vicente no llegó a dormir. Greta y yo, tras remolonear por el cuartito, nos dejamos caer sobre las colchonetas con que habíamos sustituido el suelo original. Yo le tenía miedo, porque la había oído gimiendo en las noches, en medio sueño; porque había escuchado los susurros del tul cuando San Vicente la despojaba cariñosamente de la ropa para desvestirla. Arrastré mi colchoneta hasta la terraza y ahí traté de dormir. Ella llegó desnuda con la noche, me acarició el pelo y se tendió a mi lado. Los senos palpitaban, yo cerré los ojos y puse mi mano entre sus piernas.

Su piel blanca relucía con la luna y a mí se me salió una lágrima cuando terminamos de hacer el amor y quedamos jadeando abrazados. Yo pensaba que había traicionado a mi amigo, que había tomado algo que le pertenecía sin pedirle permiso, que le había robado una cosa. Luego me quedé dormido.

San Vicente nos despertó por la mañana con el olor del café recién hecho. Yo traté de esconderme y él me sonrió. Ella le preguntó algo. Lucía su desnudez como la noche pasada, pero el día había amanecido turbio y no había sol que hiciera brillar su piel. Él le contestó primero en francés y luego volteó hacia mí para traducir.

―En la cárcel. Pasé la noche en la cárcel. La policía detuvo a todo el grupo por un manifiesto que pegamos anoche.

Dos o tres horas después, mientras yo rascaba la arena con los pies, vino a buscarme para ir a un trabajo, a reparar una caldera que daba calefacción y agua caliente a un hotel.

―Ella no es una propiedad, amigo. Tú no eres una propiedad. Yo no tengo propiedades, tengo compañeros. Tranquilo ―me dijo. Fue lo único que me dijo.

Algún tiempo después Greta se mató bebiendo arsénico, que había pacientemente destilado de papel matamoscas. Lo hizo en un cuarto de hotel, en la ciudad, supongo que para no comprometernos. Nunca supe por qué. Si dejó una nota, no fue para mí. San Vicente nunca habló de ello.

Un mes más tarde, San Vicente se fue de Tampico. Iba a la Ciudad de México para representar a la Local Comunista en un congreso que los obreros rojos celebrarían. Yo pensé que no lo iba a ver nunca más. Lo despedí en el muelle porque salía primero a Veracruz, para de ahí seguir por tren a la Ciudad de México. Llevaba un traje blanco y su bolsa de herramientas. Yo me quedé en el muelle. Solo, con dos nuevos oficios y un poco más de dieciséis años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

No hay fotografías de San Vicente. Ni una sola. Tengo la impresión ―¿sacada de dónde?― de que era un tanto envarado, tieso. Hay un dibujo de él publicado en El Demócrata (febrero 1921, Ciudad de México) que tengo en mis manos. Ceja junta, nariz ganchuda, traje un poco raído y chaleco; el pelo peinado hacia atrás. Aparenta unos cuarenta años. Erróneo, porque no tenía más de treinta. La impresión es que... No sé qué mierda puede ser la impresión. Probablemente lo que me pasa es que el dibujo no concuerda con la imagen que me he formado en la cabeza. Me molesta de este recorte de periódico que no parezca un hombre alegre; esa cierta rigidez externa, que viene de una rigidez interior. Quizá la solución sea imaginarlo con una media sonrisa. Una de esas sonrisas que garantizan, para el poseedor, una doble burla ―del mundo y de sí mismo, como personaje de una tragedia un poco absurda―. Necesita bigote. Debe de ser eso, necesita bigote.

No te pierdas...
Llévate este libro a tu web / blog
Compartir:
Facebook Twitter Delicious Digg Google Meneame
Llévate este enlace:

Sinopsis 

Anarquista, Sebastián San Vicente va de paso por México generando conciencia entre los obreros, organizando huelgas, poniendo en jaque a patronos y huyendo de la policía, pero sobre todo ayudando aquí y allá a quienes lo necesitan. Sin nada que perder, enfrenta la vida con la temeridad característica de los héroes y la nobleza de espíritu de los santos.

Los testimonios de quienes lo conocieron cuentan la historia, datada entre 1920 y 1923, de un hombre volátil que deja un pedazo de alma en cada persona que tuvo la suerte de topárselo en su camino.

El autor 

000017404_1_PACO_IGNACIO_TAIBO_II.jpg

Gijón, España, 11 de Enero de 1949

Incansable activista social, historiador y autor de las biografías de Pancho Villa, Tony Guiteras y de la más leída sobre el Che, así como de más de 70 obras en distintos géneros literarios publicadas en 28 países. Algunos de sus libros han sido mencionados entre los «libros del año» por The New York Times, Le Monde y Los Angeles Times. Ha merecido tres veces el Premio Internacional Dashiell Hammett a la mejor novela policiaca, el premio francés 813 a la mejor novela negra extanjera publicada en Francia, el premio Bancarella en Italia al libro del año y el Premio Nacional de Historia INAH. Es el creador de la nueva novela negra en español con la serie protagonizada por Héctor Belascoarán....

Otros títulos del autor 

Llévate este libro a tu web / blog 

portada_de-paso_paco-ignacio-taibo-ii_201702280216.jpg

Novela breve, sobre un personaje real, un anarquista español trasladado a México

Incrusta este gadget en tu propio espacio virtual. Sólo tienes que incrustar el código haciendo copiar y pegar.

DÉJATE SORPRENDER 

FACEBOOK