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PlanetadeLibros > El abogánster
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/11/2016
432 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3738-1
Código: 10172400
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket - Novela Histórica
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El abogánster

Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 198.00
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El personaje real que inspiró el popular apodo que distingue a las leyendas siniestras de la abogacía mexicana.

Primer capítulo 

I

 

 

La vida está llena de sorpresas. Nunca deja de asombrarnos, con independencia de la máscara que, en cada circunstancia, llevemos puesta; bastó con un simple bofetón que dejó mi rostro cubierto de sangre para que la mía se me desprendiese del semblante y, en un santiamén, quedase despojado de la impostura que en ese momento estrenaba, lo que me distinguiría durante el resto de mi existencia. La careta de valiente cayó en el vacío de la indefensión y estalló en mil fragmentos que, mudos, quisieron imitar el silencio del polvo que acostumbra subyacer en los escombros. Quedé así, y sin poder oponer resistencia, expuesto a los zarpazos de un destino fortuito, impuesto por el capricho de un bandolero salvaje cuya codicia carecía de límites.

Ese día que en el calendario de mi memoria, o mejor, de mis desmemorias, puede ser el 27 de julio de 1916, yo llevaba puesto el antifaz de niño consentido con el que mis padres, Miguel Jurado Aizpuru y doña Guadalupe Ángel, me habían disfrazado durante mi primera infancia para dotarme con los atributos de un pequeño bribón malcriado y envalentonado, ajeno a las tribulaciones que galopaban sobre las ancas de una revolución terrible, en el momento en que me vi obligado a enfrentar la furia del caudillo Francisco Villa, quien hacía unos meses, el 9 de marzo para ser preciso, había atacado a la población de Columbus, al otro lado del río Bravo, asalto en el que recibió un balazo en la pierna y se convirtió en un ser mítico al que la gente ya daba en llamar el Centauro del Norte.

Una mueca de sus cejas, un chasquido de sus labios rojos cubiertos por un espeso bigote que denotaba su ferocidad, fueron suficientes para despedazar la careta de valiente con la que quise enfrentarlo, y dejarme paralizado, mudo de horror, aletargado para escuchar la amenaza brutal que, al cumplirse, desmadraría el tinglado que sustentaba mi vida:

—¡Mire bien, chamaquillo de mierda! —rugió para captar mi atención—. Sus familiares deberán entregarme quinientos mil pesos oro, a manera de rescate, para que ponga en libertad a su padre.

¡Además, y que esto le quede muy claro, deberán escriturar a mi nombre la hacienda de Canutillo...! ¿Sabe?, me gusta rete harto y le tengo querencia... Así que por las buenas o por las malas, me voy a quedar con ella.

Quise rezongar, decirle que fuera a tiznar a su madre; que por más que él fuera Pancho Villa y yo un niño de ocho años, a mí me la persignaba... Mas el eco de su voz y el miedo paralizaron mi lengua; solo las lágrimas que brotaron de mis ojos pudieron expresar la indignación que sentí ante tan tremenda injusticia.

La mano fuerte, garra de picapedrero, del dizque general José Nicolás Fernández o Hernández, a quien luego supe apodaban el Bandido, atenazó uno de mis brazos, me zarandeó con fuerza y me arrastró hasta un corredor que rodeaba el patio principal de la hacienda de Torreón de Cañas, incautada por las tropas del forajido a la familia Gurza, donde mantenían en cautiverio a mi padre.

—Ya te quemaste el pellejo con la lumbre de mi general Villa, no acabes de tatemarte las tripas, muchacho —dijo mientras me sujetaba en el suelo con una de sus botas colocada en mi estómago—. ¡Pélale con tu amá y dile que consiga los fierros! ¡Pero rápido, pues si no a tu papá se lo van a cargar las balas del general Rodolfo Fierro, el mismísimo demonio!

Encontré a mi madre desvencijada: parecía una gallina de plumaje gris, descolorido, que empollaba unas cáscaras hueras. En sus pupilas aún flotaban las imágenes de nuestra hacienda saqueada brutalmente; de los villistas que se habían llevado los caballos, los coches y las carrozas, los aperos de las trojes y los muebles de la casa grande, el maíz, el trigo y todos los comestibles almacenados para su mantenimiento...

—No nos dejaron nada, Bernabé —balbuceó tan pronto llegué a su lado—. Doroteo Arango, quién lo iba a decir, duranguense como nosotros, se portó igual que un chacal... y sus famosos dorados como buitres carroñeros, hijo.

—¡Quiere los pesos, mamá! ¡Si no se los damos rápido, va a fusilar a papá!

—El dinero ya le fue entregado, Bernabé —respondió mi madre compungida—. Lo único que nos falta es hacerle entrega de las escrituras de la hacienda. Solo que...

Ya lo sabía. Papá Miguel se había enfrentado al Caudillo. Con la dureza y sangre fría desarrolladas durante los años en que tuvo que padecer las incursiones de las tribus salvajes que los gringos nos aventaban encima para amedrentarnos y quitarnos la tierra, mi padre se había opuesto a entregarle lo que, por derecho y trabajo, le correspondía. Desde su estatura de un metro con noventa y tres centímetros, papá se negó a traspasar la propiedad de su hacienda... ¡Y cómo no, si había regado los surcos con el sudor de su frente y arriesgado, muchas veces, su peculio para salvar las cosechas, mantener el ganado y hacerse de un patrimonio que aseguraría el bienestar de su descendencia!

Villa, faltaba más, aguzó los ojos e hizo sonar el crótalo de su rapacidad. Papá supo, todos supimos, hasta la cal embarrada en las paredes, que muy pronto estaría muerto.

—¡Es usted un cerdo! —le gritó a la cara y escupió en el suelo.

—¡Miren nada más, muchachillos —explotó el general, implicando a sus guardias—, el torete se me puso bravo! ¡Vamos a bajarle los humos, no sea que nos dé una cornada!

Los fuetazos y los golpes llovieron sobre el cuerpo de mi padre.

¿Yo lo vi o me lo contaron?; la verdad, no importa. Cuando el Bandido me permitió verlo en el cuartucho donde estaba confinado, lo encontré molido; la cara y el pecho deformados, hechos jirones.

—¡Cuida de tu madre, Bernabé! —susurró mientras lo limpiaba con un paliacate y le colocaba unos mendrugos en la boca; hacía días que no probaba alimento. Luego, después de beber un trago de agua, me dijo—: ¡Pelea por lo que es tuyo, y si no puedes obtenerlo en justicia, arrebátalo, hijo! ¡Jamás te dejes de nadie!

No conté con mucho tiempo y me sacaron a patadas; me arrebujé tras un macetón que estaba a un lado de la puerta. Al poco rato vi entrar a unos soldados ataviados a usanza de los peones y escuché cómo le proponían que se fugara, que ellos le facilitarían la huida.

—¡Yo no tengo motivos para huir, señores! ¡Yo no me escapo de nadie! —dijo, con aplomo, mi padre—. ¡Si el bandido Pancho Villa quiere asesinarme, que lo haga! ¡Aquí nadie podrá impedírselo!

Se retiraron con cajas destempladas.

—¡Hijo de la chingada! —masculló uno de ellos—. ¡Este Jurado tiene demasiados güevos y es un hueso duro de roer!

—¡No se preocupe, compadre —rezongó otro—; no tardamos en quebrarlo!

Mamá Guadalupe aprisionó mi mano entre los dedos de la suya, y avanzamos por un terregal para que no nos vieran los soldados que escoltaban a mi padre y al pobre de Dolores Arango, nuestro caporal, que no había logrado huir y estaba prisionero. Los metieron en un camposanto y los colocaron frente a una pared descascarada. Solo las tumbas, las lápidas y las urracas que revoloteaban encima del campo o picoteaban las mazorcas secas tuvieron ojos para mirar cómo los asesinaban. Me trepé encima de una barda. Sonaron unos disparos. La descarga fue certera, fulminante; cayeron los ajusticiados y no faltó quien les diera el tiro de gracia. Mamá se desmayó antes de que pudiera informarle. Una llamarada de odio se me metió en las verijas y ahí se me quedó pegada; eso y un sabor a pólvora que desde entonces llevo impregnado en la boca.

Velamos a mi padre en una mesa de pino, carente de cualquier adorno. Toda la noche estuve despierto y ayudé a la gente para lavar su cuerpo y tirar la sangre con que se llenaron unas palanganas. Enterramos su cadáver en una caja que ahí mismo fabricó un carpintero del pueblo... en el panteón del poblado de Torreón de Cañas, donde nunca vi que el horizonte comulgara con el cielo.

 

 

 

 

 

 

II

 

Ahora pienso que no debo hacer tanta alharaca con lo que sucedió después de la muerte de mi padre; no fue para tanto. Los padecimientos que tuve que sortear fueron el pan de cada día de muchísimos niños y jóvenes mexicanos que habían quedado huérfanos o abandonados a causa de las batallas que se libraban a lo largo y ancho del territorio nacional para, una vez derrotado y expulsado del país el traidor Victoriano Huerta, determinar qué bando se quedaba con las riendas del gobierno e imponía su voluntad sobre los que habían hecho bola y aquellos que, como yo, andábamos pasmados, con los ojos cubiertos de hojarasca.

Villa, eso dijeron algunos deslenguados, había dispuesto que a la viuda, a mi hermana Chelo y a mí nos pasaran por las armas:

—¡Pa que luego no anden por ahí contando mentiras y digan que les robé su pinche hacienda! ¡No vaya a ser la de malas y don Venustiano Carranza les preste orejas y luego la agarre conmigo! ¡Uh, con la fama que me han hecho, no estoy para darle pretextos!

Claro que huimos y escurrimos el bulto entre los huizaches hasta encontrar abrigo en Allende: un mesón, nos dijeron, para pasar la noche, posada que resultó ser el congal del pueblo, donde unas putas esmirriadas y más cochinas que las mulas de los arrieros ofrecían sus favores por unos cuantos tlacos.

—No mires a las señoritas, Bernabé —alertó mamá—. No te metas con las furcias y menos con los soldados que bailan con ellas: todos andan bien jalados, hijo, y algunos más grifos que las iguanas.

La advertencia de mi madre, contra lo que ella se proponía, me sirvió de acicate. Con el pretexto de intercambiar unas alhajas que ella había salvado de las uñas de los barbajanes por unos mendrugos de pan, una olla con frijoles y unos elotes chamuscados, me adentré en las callejuelas del pueblo hasta ir a parar a un corral donde los villistas daban pienso a sus caballos y, al mismo tiempo, se metían debajo de las enaguas de las mujerzuelas; donde, a gritos, proferían melindres inentendibles y unas risotadas que me paraban los pelos de punta.

Mucho trabajo me costó entender lo que decían porque usaban unas palabras que yo jamás había escuchado: «¡Pero qué buenas chiches tienes, mamacita! ¡Mueve las nalgas, Petronia, pa que me alegres el chilorio!», y otras más que semejaban el ronzar de los cerdos o los mugidos de las vacas, entremezclados con los acordes de unas guitarras que pellizcaban corridos y otros sones cacarizos que se escurrían por entre los intersticios de los tablones del «salón de baile»: «Si Adelita se fuera con otro...»

Estuve embebido más de media hora hasta que me aburrí de mirar aquel espectáculo degradado que, quién iba a decírmelo, más adelante me proporcionaría tremendos placeres. Concentré, entonces, mi atención en los caballos, algunos eran verdaderamente hermosos; advertí que uno de ellos, negro como el azabache y con una crin plateada, estaba ensillado y me decidí a probar suerte. ¿Quién quita y me lo puedo robar?, pensé en un alarde de valor ingenuo. El animal mascaba un enorme bodoque de paja y no demostró sentir mi presencia. Puse un pie en el estribo y me encaramé en la silla, cuya cabeza era de plata maciza, pero las riendas estaban sueltas a un lado de su cuello y mis brazos eran demasiado cortos para poder atraparlas. La culata de un rifle Mauser que sobresalía de su funda, colocada entre las cinchas, atrajo mi atención: lo saqué con cuidado y lo coloqué encima de mis piernas. Comencé a palpar su cañón pavonado y las muescas que tenía grabadas; el cilindro adosado por arriba del percutor contenía seis balas aceradas, lo levanté con esfuerzo y accioné el gatillo. Dos tiros salieron en ráfaga y la patada del fusil me lanzó de nalgas sobre un montón de estiércol: la detonación fue ensordecedora y provocó una estampida de los caballos que pastaban. Mi estupidez estuvo a punto de costarme la vida. Los soldados salieron de la troje con una rapidez que nunca imaginé, algunos sujetándose los pantalones con ambas manos y otros de plano en calzones, y corrieron a fin de dar alcance a sus corceles. Uno de los juanes, que salió al último dando trompicones, se dirigió hacia donde yo estaba, me miró con furia y me arrebató el rifle. Creí que iba a matarme, pero no lo hizo; se conformó con gritar una maldición y se largó de inmediato.

Así, batido de excrementos hasta la coronilla, regresé a la habitación donde mamá y Chelo me esperaban muy quitadas de la pena, les entregué los alimentos que había conseguido y, sin dar explicación alguna, me refugié en un rincón del cuartucho. El incidente no pasó a mayores y lo único que dijo Chelo fue: —Oye, mamá, ¿no te parece que Bernabé huele a mierda? —a lo que ella contestó:

—¡Sí, hijita, todos necesitamos un baño!

Partimos rumbo a Parral, Chihuahua, al filo de la madrugada; alguien, no recuerdo quién, nos prestó un penco y una carretela para hacer el viaje. Cuatro días más tarde cruzamos el zaguán de la casa de mi hermana Carmela, que recién se había casado con un minero apellidado Montemayor.

Las noticias fueron un fardo luctuoso para mi querida hermana: lloró y se desgañitó igual que las plañideras. De nada sirvieron las palabras de consuelo de don Carlos, su marido; sus gemidos, amén de lastimeros, estaban preñados de un encono en contra de los villistas que llamaron la atención de los vecinos y no faltó alguno que se arrimara para pedirle que bajase el tono, «porque nos pones en peligro a todos, Carmelita. Si sus oficiales se enteran de lo que estás gritando, arrasarán con Parral y no dejarán títere con cabeza».

Carmela acató la súplica, abrazó a mamá y le vertió su llanto en el hueco de la clavícula hasta que este se agotó de plano. Todavía hipando, atrajo hacia sí a Chelo, la besó en la frente y dijo:

—¡Ay, hermanita, qué tragedia! ¡Nos quedamos huérfanas!

Chelo la miró con tristeza y le devolvió el beso en una mejilla. Luego, Carmela quiso hacer lo mismo conmigo; sin embargo, al verme cubierto de miasmas y con los ojos enrojecidos, se detuvo en seco y lanzó un alarido que consternó a quienes la rodeaban.

—¡El chamuco, mamá! ¿Qué le pasó a Bernabé, que parece recién salido de una letrina inmunda? ¿No me digan que también lo mataron y su espíritu se vino de polizón con ustedes?

En seguida, levantó el brazo con la intención de propinarme una trompada.

—¡Carmela! —tuve que gritar varias veces mientras reculaba y me protegía detrás de don Carlos, para que ella recobrara la cordura y pudiese reconocerme. Una vez en calma, ordenó que fuera a lavarme, alegando que no estaba dispuesta a besar una boñiga y menos darle albergue en su casa.

—Ven conmigo, Bernabé —dijo mi cuñado y me encaminó hasta donde había un estanque—. Límpiate como puedas, mientras te consigo unos trapos con los que puedas vestirte. Tu hermana, ¿sabes?, no soporta la suciedad. Se pone como loca...

Una vez que estuve encuerado, me zambullí en el agua helada sin pensarlo dos veces. Abrí los ojos y me vi rodeado de pasto y varas de junco; unos ajolotes se escabulleron de prisa. Un rostro deforme hizo visajes a unos centímetros de mi cara: era de color rosado y sus mofletes estaban surcados por unas estrías verdes que brillaban cuando los inflaba. Sentí pánico y estiré los brazos para defenderme; el rostro se diluyó y conformó una masa gelatinosa pringada con puntitos negros. Era hueva de mosquitos, y yo un pendejo al que su imaginación le hacía ver visiones. Saqué la cabeza a la superficie e hice una respiración profunda. Tomé una piedra pómez que estaba en la orilla y restregué mis pellejos con una furia inusitada; no solo quería quitarme la mugre sino todos los recuerdos de encima. La ropa que me trajo Carlos me quedó enorme, tuve que arremangar las mangas de la camisa y las valencianas del pantalón para no parecer chango de organillero.

El puchero que prepararon entre mamá y Carmela para que cenáramos algo caliente, aunque estaba salado por las lágrimas vertidas, me supo delicioso: devoré un par de platos sin prestar atención a los demás comensales. Revueltos con el salpicón de carne de res deshebrada vi unos dedos que me hacían señas obscenas; volteé a ver a los demás y constaté que masticaban sus respectivas porciones sin mostrar sobresalto alguno. Aplasté las falanges con el tenedor y, ya machacadas, las metí en mi boca y las engullí con un trago de agua. Entendí que para digerir la muerte de papá Miguel debía comerme su presencia como si fuese una calavera de azúcar.

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Sinopsis 

Entre los hijos de la Revolución solo uno permanece personificando el lado oscuro de la primera generación del «México moderno»: Bernabé Jurado, auténtico Abogado del Diablo, corrupto y rapaz hasta el exceso, depravado y vicioso. Fue capaz, sin embargo, de cobijarse entre los «pechos privilegiados» de la política y la sociedad en ascenso a lo largo del siglo xx.

Protagonizó los mejores eventos de las páginas de Sociales, pero también los mayores escándalos que llenaron la Nota Roja: la exoneración de William S. Burroughs por el homicidio de su esposa; la sospecha de que era el asesino de Mercedes Cassola; ser el presunto organizador de «la fuga del siglo» al sustraer en helicóptero a un preso de la penitenciaría de Santa Martha Acatitla; engullir cínicamente, frente a las autoridades, las pruebas que inculpaban a sus clientes…

Transa, marrullero y rey del soborno, la historia del Abogánster es una mirada a los entretelones del México posrevolucionario, que mucho tuvo de farsa y más de tragedia.

El autor 

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Ciudad de México, 1944

(Cd. de México, 1944). Novelista, cuentista y ensayista. Ha sido maestro de la escuela para escritores de la Sogem durante más de quince años. Coordinó la publicación de algunas de las colecciones literarias más destacadas en el ámbito cultural nacional, tales como Lecturas mexicanas (primera y segunda serie) y ¿Ya leISSSTE? Es autor de 52 títulos, entre los que destacan El rumor que llegó del mar, Los niños de colores, Lotería del deseo, Gonzalo Guerrero (Gran Medalla de Plata de la Academia Internacional de Lutèce en 1981), Pasos de sangre (Premio de Literatura José Fuentes Mares en 1986), Victoria, La cruz maya, Isabel Moctezuma, Hidalgo, Leona Vicario, Pecar como Dios manda, La gran t...

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