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PlanetadeLibros > El conocimiento silencioso
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/05/2017
360 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3852-4
Código: 10177303
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
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El conocimiento silencioso

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 198.00
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La brujería -dice don Juan, sabio maestro de Carlos Castañeda- es un estado de conciencia...existe un poder escondido dentro de nuestro ser que se puede alcanzar... Una vez que lo alcanzamos, empezamos a ver, es decir, a percibir algo más.

Primer capítulo 

 

En varias ocasiones, a fin de ayudarme, don Juan trató de poner nombre a su conocimiento. Él creía que el nombre más apropiado era nagualismo, pero que el término era demasiado oscuro. Llamarlo simplemente “conocimiento” lo encontraba muy vago, y llamarlo “hechicería”, sumamente erróneo. “La maestría del intento” y “la búsqueda de la libertad total” tampoco le gustaron por ser términos abstractos en exceso, demasiado largos y metafóricos. Incapaz de encontrar un término adecuado optó por llamarlo “brujería”, aunque admitiendo lo inexacto que era.

En el transcurso de los años, don Juan me dio diversas definiciones de lo que es la brujería, sosteniendo siempre que las definiciones cambian en la medida que el conocimiento aumenta. Hacia el final de mi aprendizaje, me pareció que estaba yo en condiciones de apreciar una definición tal vez más compleja o más clara que las que ya había recibido.

―La brujería es el uso especializado de la energía ―dijo, y como yo no respondí, siguió explicando―. Ver la brujería desde el punto de vista del hombre común y corriente es ver o bien una idiotez o un insondable misterio, que está fuera de nuestro alcance. Y, desde el punto de vista del hombre común y corriente, esto es lo cierto, no porque sea un hecho absoluto, sino porque el hombre común y corriente carece de la energía necesaria para tratar con la brujería.

Dejó de hablar por un momento y luego continuó:

―Los seres humanos nacen con una cantidad limitada de energía ―prosiguió don Juan―, una energía que a partir del momento de nacer es sistemáticamente desplegada y utilizada por la modalidad de la época, de la manera más ventajosa.

―¿Qué quiere usted decir con la modalidad de la época? ―pregunté.

―La modalidad de la época es el determinado conjunto de campos de energía que los seres humanos perciben ―contestó―. Yo creo que la percepción humana ha cambiado a través de los siglos. La época determina el modo de percibir; determina cuál conjunto de campos de energía, en particular, de entre un número incalculable de ellos, será percibido. Manejar la modalidad de la época, ese selecto conjunto de campos de energía, absorbe toda nuestra fuerza, dejándonos sin nada que pueda ayudarnos a percibir otros campos de energía, otros mundos.

Con un sutil movimiento de cejas, me instó a considerar todo lo dicho.

―A esto me refiero cuando digo que el hombre común y corriente carece de energía para tratar con la brujería ―prosiguió―. Utilizando solamente la energía que dispone, no puede percibir los mundos que los brujos perciben. A fin de percibirlos, los brujos necesitan utilizar un conjunto de campos de energía que habitualmente no se usan. Naturalmente, para que el hombre común y corriente perciba esos mundos y entienda la percepción de los brujos, necesita utilizar el mismo conjunto que los brujos usaron. Y esto desgraciadamente no es posible porque toda su energía ya ha sido desplegada.

Hizo una pausa, como si buscara palabras más adecuadas para reafirmar este punto.

―Piénsalo bien ―continuó― no es que estés aprendiendo brujería a medida que pasa el tiempo; lo que estás haciendo es aprender a ahorrar energía. Y esta energía ahorrada te dará la habilidad de manejar los campos de energía que por ahora te son inaccesibles. Eso es la brujería: la habilidad de usar otros campos de energía que no son necesarios para percibir el mundo que conocemos. La brujería es un estado de conciencia. La brujería es la habilidad de percibir lo que la percepción común no puede captar.

―Todo por lo que te he hecho pasar ―prosiguió don Juan―, cada una de las cosas que te he mostrado, fueron simples ardides para convencerte de que en los seres humanos hay algo más de lo que parece a simple vista. Nosotros no necesitamos que nadie nos enseñe brujería, porque en realidad no hay nada que enseñar. Lo que necesitamos es un maestro que nos convenza de que existe un poder incalculable al alcance de la mano. ¡Una verdadera paradoja! Cada guerrero que emprende el camino del conocimiento cree, tarde o temprano, que está aprendiendo brujería, y lo que está haciendo es dejarse convencer de que existe un poder escondido dentro de su ser y que puede alcanzarlo.

―¿Es eso lo que usted está haciendo conmigo, don Juan? ¿Está convenciéndome? ―Exactamente. Estoy tratando de convencerte de que puedes alcanzar ese poder. Yo pasé por lo mismo. Y fui tan difícil de convencer como tú.

―¿Y una vez que lo alcanzamos, qué hacemos exactamente con ese poder, don Juan?

―Nada. Una vez que lo alcanzamos, el poder mismo hará uso de esos inaccesibles campos de energía. Y eso, como ya te dije, es la brujería. Empezamos entonces a ver, es decir, a percibir algo más, no como una cosa de la imaginación sino como algo real y concreto. Y después comenzamos a saber de manera directa, sin tener que usar palabras. Y lo que cada uno de nosotros haga con esa percepción acrecentada, con ese conocimiento silencioso, dependerá de nuestro propio temperamento.

En otra ocasión don Juan me dio otro tipo de definición. Estábamos entonces discutiendo un tema enteramente ajeno cuando de repente empezó a contarme un chiste. Se rió y, con mucho cuidado, como si fuera demasiado tímido y le pareciera muy atrevido de su parte el tocarme, me dio palmaditas en la espalda, entre los omóplatos. Al ver mi reacción nerviosa soltó una carcajada.

―Tienes los nervios de punta ―me dijo en tono juguetón, y golpeó mi espalda con mayor fuerza.

De inmediato me zumbaron los oídos. Perdí el aliento. Por un instante, sentí que me había hecho daño en los pulmones. Cada respiración me provocaba una gran molestia. No obstante, después de toser y sofocarme varias veces, mis conductos nasales se abrieron y me encontré respirando profunda y agradablemente. Sentía tanto bienestar, que ni siquiera me enojé con él por ese golpe tan fuerte y tan inesperado.

Don Juan empezó entonces una maravillosa explicación. En forma clara y concisa, me dio una diferente, y más precisa, descripción de lo que era la brujería.

Yo había entrado en un estupendo estado consciente. Gozaba de tal claridad mental, que era capaz de comprender y asimilar todo lo que don Juan me decía.

Dijo que en el universo hay una fuerza inmensurable e indescriptible que los brujos llaman intento y que absolutamente todo cuanto existe en el cosmos está enlazado, ligado a esa fuerza por un vínculo de conexión. Por ello, el total interés de los brujos es delinear, entender y utilizar tal vínculo, especialmente limpiarlo de los efectos nocivos de las preocupaciones de la vida cotidiana. Dijo que a este nivel, la brujería podía definirse como el proceso de limpiar nuestro vínculo con el intento. Afirmó que este proceso de limpieza es sumamente difícil de comprender y llevar a cabo. Y que por lo tanto, los brujos dividían sus enseñanzas en dos categorías. Una es la enseñanza dada en el estado de conciencia cotidiano, en el cual el proceso de limpieza es revelado en forma velada y artificiosa; la otra es la enseñanza dada en estados de conciencia acrecentada, tal como el que yo estaba experimentando en ese momento. En tales estados los brujos obtenían el conocimiento directamente del intento, sin la intervención del lenguaje hablado.

Don Juan explicó que, empleando la conciencia acrecentada y a través de miles de años de tremendos esfuerzos, los brujos obtuvieron un conocimiento específico y al mismo tiempo incomprensible acerca del intento; y que habían pasado ese conocimiento de generación en generación hasta nuestros días. Dijo que la tarea principal de la brujería consiste en tomar ese incomprensible conocimiento y hacerlo comprensible al nivel de la conciencia cotidiana.

A continuación me explicó el papel que desempeña el guía en la vida de los brujos. Dijo que a un guía se le llama “nagual” y que el nagual es un hombre o una mujer dotados de extraordinaria energía; un maestro dotado de sensatez, paciencia e increíble estabilidad emocional; un brujo, al cual los videntes ven como una esfera luminosa con cuatro compartimientos, como si cuatro esferas luminosas estuvieran comprimidas unas contra las otras. Su extraordinaria energía les permite a los naguales intermediar; les permite ser un viaducto que canaliza y transmite, a quien fuera, la paz, la armonía, la risa, el conocimiento, directamente de la fuente, del intento. Son los naguales quienes tienen la responsabilidad de suministrar lo que los brujos llaman la “oportunidad mínima”: el estar consciente de nuestra propia conexión con el intento.

Le manifesté que mi mente estaba asimilando todo lo que él decía, y que la única parte de su explicación que me confundía era el por qué se requerían dos tipos de enseñanza. Yo podía ciertamente entender cuanto me decía acerca del mundo de los brujos, aunque él había calificado como muy difícil el proceso de entender ese mundo.

―A fin de recordar lo que estás percibiendo y entendiendo en estos momentos, necesitarás una vida entera ―dijo― porque todo esto forma parte del conocimiento silencioso. En unos breves instantes habrás olvidado todo. Ése es uno de los insondables misterios de la conciencia de ser.

De inmediato, don Juan me hizo cambiar niveles de conciencia con una fuerte palmada en mi costado izquierdo, en el borde de las costillas. Al instante mi mente volvió a su estado normal. Perdí a tal extremo mi extraordinaria claridad mental que ni siquiera pude recordar el haberla tenido.

 

 

El mismo don Juan me asignó la tarea de escribir sobre las premisas de la brujería. Al poco tiempo de haber empezado mi aprendizaje, me sugirió una vez que escribiera un libro, a fin de aprovechar la cantidad de notas que yo había acumulado sin noción alguna de qué hacer con ellas.

Argüí que la sugerencia era absurda porque yo no era escritor.

―Claro que no eres escritor ―dijo―. Para escribir libros tendrás que usar la brujería. Primeramente tendrás que hacer una imagen mental de tus vaivenes en la brujería, como si estuvieras reviviéndolos; después tendrás que ensoñarlos: verlos en tus sueños; y luego tendrás que ensoñar el texto del libro que quieres escribir; tendrás que verlo en tus sueños. Para ti el escribir un libro no puede ser un ejercicio literario sino, más bien, un ejercicio de brujería.

Yo he escrito de este modo acerca de las premisas de la brujería, tal como don Juan me las explicó, dentro del contexto de sus enseñanzas.

En sus enseñanzas, desarrolladas por brujos de la antigüedad, existen dos categorías de instrucción. A una de ellas se la denomina “enseñanza para el lado derecho” y se la lleva a cabo en estados de conciencia cotidianos. A la otra se la llama “enseñanza para el lado izquierdo” y se la practica solamente en los estados de conciencia acrecentada.

Las dos categorías de instrucción permiten a los maestros adiestrar a sus aprendices en tres áreas: la maestría del estar consciente de ser, el arte del acecho y la maestría del intento. Estas tres áreas también se conocen como los tres enigmas que los brujos encuentran al buscar el conocimiento.

La maestría del estar consciente de ser es el enigma de la mente; la perplejidad que los brujos experimentan al darse cabal cuenta del asombroso misterio y alcance de la conciencia de ser y la percepción.

El arte del acecho es el enigma del corazón; el desconcierto que sienten los brujos al descubrir dos cosas: una, que el mundo parece ser inalterablemente objetivo y real debido a ciertas peculiaridades de nuestra percepción; y la otra, que si se ponen en juego diferentes peculiaridades de nuestra percepción, ese mundo que parece ser inalterablemente objetivo y real, cambia.

La maestría del intento es el enigma del espíritu, el enigma de lo abstracto.

La instrucción proporcionada por don Juan en el arte del acecho y la maestría del intento se basaron en la instrucción del estar consciente de ser: una piedra angular que consiste de las siguientes premisas básicas:

1. El universo es una infinita aglomeración de campos de energía, semejantes a filamentos de luz que se extienden infinitamente en todas direcciones.

2. Estos campos de energía, llamados las emanaciones del Águila, irradian de una fuente de inconcebibles proporciones, metafóricamente llamada el Águila.

3. Los seres humanos están compuestos de esos mismos campos de energía filiforme. A los brujos, los seres humanos se les aparecen como unos gigantescos huevos luminosos, que son recipientes a través de los cuales pasan esos filamentos luminosos de infinita extensión; bolas de luz del tamaño del cuerpo de una persona con los brazos extendidos hacia los lados y hacia arriba.

4. Del número total de campos de energía filiformes que pasan a través de esas bolas luminosas, sólo un pequeño grupo, dentro de esa concha de luminosidad, está encendido por un punto de intensa brillantez localizado en la superficie de la bola.

5. La percepción ocurre cuando los campos de energía en ese pequeño grupo, encendido por ese punto de brillantez, extienden su luz hasta resplandecer aun fuera de la bola. Como los únicos campos de energía perceptibles son aquellos iluminados por el punto de brillantez, a este punto se le llama el “punto donde encaja la percepción” o, simplemente, “punto de encaje”.

6. Es posible lograr que el punto de encaje se desplace de su posición habitual en la superficie de la bola luminosa, ya sea hacia su interior o hacia otra posición en su superficie o hacia fuera de ella. Dado que la brillantez del punto de encaje es suficiente, en sí misma, para iluminar cualquier campo de energía con el cual entra en contacto, el punto, al moverse hacia una nueva posición, de inmediato hace resplandecer diferentes campos de energía, haciéndolos de este modo percibibles. Al acto de percibir de esa manera se le llama ver.

7. La nueva posición del punto de encaje permite la percepción de un mundo completamente diferente al mundo cotidiano; un mundo tan objetivo y real como el que percibimos normalmente. Los brujos entran a ese otro mundo con el fin de obtener energía, poder, soluciones a problemas generales o particulares, o para enfrentarse con lo inimaginable.

8. El intento es la fuerza omnipresente que nos hace percibir. No nos tornamos conscientes porque percibimos, sino que percibimos como resultado de la presión y la intromisión del intento.

9. El objetivo final de los brujos es alcanzar un estado de conciencia total y ser capaces de experimentar todas las posibilidades perceptuales que están a disposición del hombre. Este estado de conciencia implica, asimismo, una forma alternativa de morir.

 

 

La maestría del estar consciente de ser requería un nivel de conocimiento práctico. En ese nivel don Juan me enseñó los procedimientos para mover el punto de encaje. Los dos grandes sistemas ideados por los brujos videntes de la antigüedad eran: el ensueño, es decir, el control y utilización de los sueños, y el acecho, o el control de la conducta.

Puesto que mover el punto de encaje es una maniobra esencial, todo brujo tiene que aprenderlo. Algunos de ellos, los naguales, llegan a hacerlo en otros; son capaces de desplazar el punto de encaje de su posición habitual mediante una fuerte palmada asestada directamente al punto de encaje. Este golpe que se siente como una manotada propinada en el omóplato derecho ―aun cuando nunca se toca el cuerpo― produce un estado de conciencia acrecentada.

De acuerdo con su tradición, era exclusivamente en esos estados de conciencia acrecentada que don Juan impartió la parte más dramática e importante de sus enseñanzas: la instrucción para el lado izquierdo. Debido a las extraordinarias características de esos estados, don Juan me ordenó que no los discutiera con nadie hasta no haber concluido con todo su plan de enseñanzas. Esta exigencia no me fue difícil de aceptar. En esos estados únicos de conciencia, mi capacidad para entender las enseñanzas aumentó en forma increíble pero, al mismo tiempo, mi capacidad para describir o recordar las dichas enseñanzas se vio disminuida en extremo. Podía funcionar yo en esos estados con destreza y firmeza, pero una vez que regresaba a mi estado de conciencia normal, no podía recordar nada acerca de ellos.

Me llevó años el poder hacer la conversión crucial de mi memoria de la conciencia acrecentada a la memoria normal. Mi razón y mi sentido común retrasaron esta conversión al estrellarse contra la realidad absurda e inimaginable de la conciencia acrecentada y del conocimiento directo. Por años enteros, el tremendo desajuste cognoscitivo resultante me forzó a buscar desahogo en el no pensar al respecto.

Todo lo que he escrito hasta ahora acerca de mi aprendizaje de la brujería ha sido un relato de cómo me educó don Juan en la maestría del estar consciente de ser. Todavía no he descripto el arte del acecho ni la maestría del intento.

Don Juan me enseñó los principios y aplicaciones de estas dos maestrías con ayuda de dos de sus compañeros: un brujo llamado Vicente Medrano y otro llamado Silvio Manuel. Desafortunadamente, todo lo que aprendí acerca de estas dos maestrías aún permanece oculto en lo que don Juan denominó las complejidades de la conciencia acrecentada. Hasta hoy, me ha sido imposible describir o inclusive pensar de manera coherente acerca del arte del acecho y maestría del intento. Mi error ha sido el creer que es posible incluirlos en la memoria normal. Es posible, pero al mismo tiempo no lo es. Con el propósito de resolver esta contradicción, los he encarado indirectamente, a través del tópico final de las enseñanzas de don Juan: las historias de los brujos del pasado.

Don Juan me relató estas historias para hacer evidente lo que él llamaba los centros abstractos de sus lecciones. Pero yo fui incapaz de captar la naturaleza de esos centros abstractos, pese a sus amplias explicaciones, las cuales, ahora lo sé, estaban diseñadas para abrirme la mente más que para explicar su conocimiento de manera racional. Su modo de hablar me hizo creer, por muchos años, que sus explicaciones de los centros abstractos eran como disertaciones académicas; todo lo que yo fui capaz de hacer bajo tales circunstancias era aceptar de manera incondicional tales explicaciones. Y así, el significado de los centros abstractos pasó a formar parte de mi aceptación tácita de las enseñanzas de don Juan, pero sin la meticulosa valoración que es esencial para entender tal significado.

Don Juan me dio a conocer dieciocho centros abstractos. He tratado aquí con la primera serie compuesta de los seis siguientes: las manifestaciones del espíritu, el toque del espíritu, los trucos del espíritu, el descenso del espíritu, los requisitos del intento y el manejo del intento.

 

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Sinopsis 

¿La brujería? dice don Juan, sabio maestro de Carlos Castaneda, es un estado de conciencia... Existe un poder escondido dentro de nuestro ser que se puede alcanzar... Una vez que lo alcanzamos, empezamos a ver, es decir, a percibir algo más. Y después comenzamos a saber de una manera directa, sin tener que usar palabras... Es una percepción acrecentada, un conocimiento silencioso. Este brillante destello de conocimiento ilumina los recónditos parajes de la mente humana. La brujería y la magia se revelan así como metáforas de la necesidad del hombre de comprenderse a sí mismo.

El autor 

Ha ganado millones de lectores en el mundo entero desde la aparición de Las enseñanzas de don Juan. Toda su obra, de notable valor antropológico —entre la que cabe mencionar El segundo anillo del poder, El don del águila, El fuego interior y El conocimiento silencioso—, relata su largo aprendizaje con el indio yaqui don Juan Matus.

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