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PlanetadeLibros > El penúltimo sueño
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/03/2017
496 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3815-9
Código: 10173539
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
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El penúltimo sueño

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 228.00
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Una historia de amor que vence todos los obstáculos.

Primer capítulo 

 

 

Yacían en el suelo con la inequívoca sonrisa del amor en sus labios; entrelazados en un abrazo solemne y silencioso; con sus trajes inmaculados de novios primerizos, de blanco hasta los pies vestidos.

Tuvieron que derribar la puerta a golpes, alertados por las voces que dieron los vecinos al extrañarse del silencio y la inactividad del recinto. Hacía algunos días que Joan Dolgut no bajaba a comprar el pan, ni se escuchaban las notas de su lánguido piano, a las que ya todos vivían acostumbrados. Debían llevar tendidos en el suelo de la oscura cocina dos o tres días, pero sus cuerpos aún conservaban el calor frío del amor perdido.

Con el enarbolado atardecer que se filtraba por las persianas del pequeño apartamento, toda la atmósfera era un manto rojo ahumado.

El inspector Ullada y su ayudante empezaron a hacer las fotos de rigor, y la paz de los muertos fue perturbada por los flashes que a diestra y siniestra los fueron invadiendo; para el fotógrafo ocasional de homicidios eran sus primeras fotos de novios. Una marcha nupcial se repetía ad infinítum en un viejísimo tocadiscos. Conchita Marededeu, que había sido la vecina de toda la vida, fue la única que habló desde la puerta, pues la policía ya había sellado el paso con cintas adhesivas mientras avisaban a los familiares.

La mano pétrea de la novia aún sostenía el ramo marchito de rosas virginias que Joan había encargado para ella, en riguroso secreto, a su amigo florista de las Ramblas. Todavía se podía sentir el olor inconfundible a gas que había emanado a chorros del horno abierto. Lo único que tocó Ullada fueron las ventanas, cerradas a cal y canto con todos los pestillos; al abrirlas, una ráfaga de viento liberador limpió el lugar de vahos de muerte, despeinando la melena blanca de la novia, desteñida por la vejez y la tristeza de tantos años perdidos.

Conchita afirmaba contundente no haber visto nunca a nadie visitando a Joan Dolgut, y eso que el ojo de su puerta estaba gastado de tanta chafardería, pues si de algo se vanagloriaba era de saberlo todo de todos; era conocida como la Sherlock del barrio.

Nunca había visto a la muerta ni sabía de su existencia. No pertenecía al barrio, ni a la parroquia, ni a ninguna cercanía del Born.

Una vez que terminó de repetir el mismo cuento, el inspector, cansado de tratar de contener su desaforada curiosidad, la mandó a su casa entregándole una tarjeta para que lo llamara si recordaba algo.

Cuando estaba a punto de emprender la gran pesquisa por el apartamento, un Mercedes gris plomo conducido por un chofer con gorra y guantes se detuvo enfrente del edificio, dejando a un hombre elegantísimo que bajó con cara contrariada mirando el reloj; el percance lo había hecho suspender la asamblea de accionistas. Ullada alcanzó a verlo desde la ventana y entendió que en pocos segundos lo tendría delante. «Éste debe de ser el hijo del finado —pensó—. Vaya si tiene pasta... y de la dura.»

La opulencia ostentosa del hijo no le cuadraba con el humilde piso que se disponía a investigar.

El inspector recibió a Andreu Dolgut, y antes de llevarlo a la cocina, lo preparó para lo que iba a ver.

El largo velo de la novia salía de la cocina y se extendía por la sala, cubriendo íntegramente el piso. Metros y metros de tul finísimo, bordado con maestría, parecían cascadas de ilusiones derramadas sobre el parquet. Había sido la misma Soledad Urdaneta quien había decidido bordarse su propio velo en las largas noches de insomnio, desempolvando sentires mientras hilvanaba agujas que luego florecían en margaritas.

La estancia estaba impecable; todo en su sitio y preparado para un pequeño agasajo. Sobre la mesa del comedor encontró una bandeja con copas de champán aún por llenar; en la cubitera, flotando en agua, una botella sin descorchar de Codorníu; y una tarta de tres pisos vestida en pastillaje blanco, tal como quería Soledad, con sus novios de azúcar coronando la cúspide.

Era la primera vez, en muchos años, que Andreu Dolgut ponía los pies en aquel piso y se dignaba ver el solitario refugio de su anciano padre. Tanto había repudiado la pobreza que había soportado en su niñez, que cuando empezó  a ganarse bien  la vida abandonó todo  lo que  le recordaba a aquello, incluso a su propio padre. Sentía vergüenza hasta de su apellido; había llegado a fantasear con un ilustre Bertran i Montoliu, pero terminó por entender a regañadientes que el apellido no tenía nada que ver con la dignidad y, sin hacer nada, acabó convertido en Andreu a secas.

Ahora, volvía a encontrarse con su pasado. De la pared colgaba aquel viejo reloj de cuco que en su infancia le marcaba las horas de la cena, el recreo y el sueño. A pesar de haber estado hasta los catorce años con su padre, lo desconocía todo de él. Habían vivido en un respetuoso silencio que nunca les había permitido comunicarse con sinceridad. Cuando su madre murió, al dar a luz a una hermanita que duró lo que el parto, la casa dejó de estar viva; era ella quien de vez en cuando cantaba y lo hacía reír; quien lo hacía soñar con ser un gran empresario de coche fino, modales pausados y hoteles de lujo. Lo llevaba al Liceu, a escondidas del padre, sólo para que observara los abrigos de visón, las pajaritas y la parafernalia de la aristocracia, aupándole aún más sus desmesurados sueños. Al morir ella, su obsesión lo convirtió en botones del hotel Ritz y en estudiante nocturno de cuanto curso había; se hizo lector insaciable y autodidacta brillante. Allí fue conociendo los tejemanejes de las altas esferas, y con maestría fue colándose en los sentimientos de los solitarios magnates hasta introducirse en el mundo de los negocios, primero como aprendiz y luego como mandamás. Ahora era presidente de una gran multinacional de perfumería, y aunque lo tenía todo, su expresión agria y ceñuda lo delataba.

 

 

 

Fue apartando el velo, cuidando de no pisarlo, y recorrió el largo pasillo hasta llegar a la cocina. Una vez allí, se le revolvieron las entrañas; ver a su padre tendido en el suelo, vestido con chaqué impecablemente blanco, flor en el ojal y zapatos de charol inmaculado era lo de menos. Lo que hizo que se le saltaran las lágrimas era que nunca en su vida le había visto aquella expresión de felicidad plena, de amor entregado, de juvenil lozanía. Por primera y única vez, lo había visto como él había soñado verlo en su infancia: feliz. La mujer que descansaba abrazada a él era una viejecita de facciones delicadas y arrugas marcadas de sinsabores, que revelaban sufrimientos ahora imposibles de descubrir. Su tenue sonrisa había sellado de amor la comisura de sus labios. Sí, también aquella desconocida anciana irradiaba eso: felicidad. Por primera vez, Andreu Dolgut se dio cuenta de que su padre había tenido sentimientos. Se quedó mudo, desnudo frente a los cadáveres, sin modular más que lágrimas.  El inspector Ullada,  respetando el amargo trago por el que pasaba el hombre, se alejó algunos pasos dejando claro con un gesto que no tenía prisa, que se tomara su tiempo. A fin de cuentas, pensó, no todos los días encuentran al padre de uno, muerto en ese estado tan lamentable.

—Estaban como una regadera —le dijo el inspector a su ayudante para matar el tiempo.

—El amor, hasta a los viejos enloquece —le contestó Bonifasi.

 

 

 

Pero Andreu no lloraba de dolor, sino de rabia; cólera contenida de ver felicidad en el rostro de su padre, algo que él aún no había experimentado, ni siquiera cuando en su juventud empezó a ganar los primeros dineros.

Aunque había llegado a ser el soltero más cotizado de los clubes de Barcelona y se había casado tardíamente, casi rozando los cuarenta, el amor no le llegó de golpe. Se lo buscó a la medida de sus intereses, planificando hasta el último detalle, seleccionando de entre lo más distinguido de la aristocracia barcelonesa a la hija menor de un gran banquero; la pieza más valiosa y apetecible para sus fines, que no eran otros que rodearse por fuera de lo que en su niñez había carecido: el respeto del tener.

Hubo boda por todo lo alto. El Círculo del Liceu, el Ecuestre, la realeza, la banca y hasta el obispo de la Seu d’Urgell acabó por oficiar la misa a coros en la catedral de Barcelona.

Vivía en una espléndida torre de principios de siglo, magníficamente restaurada por Cinnamond, el mejor arquitecto del momento, en plena avenida Pearson. Tenía un hijo adolescente, tres perros dálmatas, cuatro sirvientes y una mujer que gastaba todas las horas en el gimnasio, la peluquería y en la rue de Saint-Honoré de París, de donde se traía el vestuario de toda la familia.

A Andreu, la muerte de su padre, casi inexistente para el resto de la sociedad, lo ponía en un incómodo trance.

Pasado un buen rato, y viendo que no pronunciaba sílaba, el inspector Ullada lo interrumpió.

—Usted dirá qué hago con los difuntos...

La música continuaba sonando. Andreu, acostumbrado a mandar, le señaló el tocadiscos.

—Apague ese esperpento. No me deja pensar. ¿Ha indagado quién es... ella? —preguntó, señalando a la novia.

—Si no lo sabe usted, que es el hijo del novio... —le contestó Ullada con un punto de sarcasmo; empezaban a caerle gordas las ínfulas de aquel hombre.

El inspector ya había localizado, en el pequeño bolso de cocodrilo que había descubierto en la mesita de noche de la sombría habitación, la cartera con el carnet de identidad de la muerta, y había llamado insistentemente a un teléfono que encontró garabateado, sin obtener respuesta. Finalmente había dejado un mensaje con su número de móvil y la urgencia de ponerse en contacto con él, pero no le dio la gana de decírselo a Andreu. «Que se joda», pensó.

 

 

 

Soledad Urdaneta vivía sola en su piso del paseo de Colom, en un magnífico ático que había sido una lujosa vivienda cuando ella llegó de Colombia, en los años cincuenta, con olor a recién casada y con marido. Se había ido deteriorando con los años, y la falta de dinero había oscurecido los cobres imponentes de la puerta, las manijas modernistas y el finísimo trabajo de carpintería de caoba. Había ido vendiendo a anticuarios todos los muebles de valor, y ahora sólo le quedaban unas lámparas déco que conservaba como reliquias y una cabeza de niña en mármol, el rostro de ella esculpido por Maillol, que su padre encargó desde Bogotá como regalo de primera comunión, y del que le dolía demasiado desprenderse.

Toda su vida habían sido mieles y hieles. Las amarguras del destierro forzoso, la lejanía de su patria y el acomodarse a una tierra  de estaciones, a fríos y a soledades, y a un idioma que no era el suyo, no hacían más que vaciarle el alma, aún más de lo que se la habían vaciado los amores. A pesar de tener aquel Mediterráneo encrespado de muselina azul frente a sus inmensos ventanales, Soledad Urdaneta no podía alegrarse, pues éste sólo le traía, con las olas, los murmullos de la negación de toda su vida.

Al casarse su hija, quiso llevársela consigo, rogándole que vendiera el piso y fuera a vivir con ellos, pero sabía que sería un incordio para una pareja con ganas de arrumacos; ella no era más que una vieja con los ojos idos y muertos de tristeza. Así que decidió permanecer en su silla, meciéndose y bordando, mirando al mar día y noche... Soñando.

 

 

 

La voz estridente de Conchita Marededeu interrumpió el silencio del piso de Dolgut; volvía a husmear desde la puerta tratando de pescar algún chisme gordo para el vecindario. Con la disculpa de haber recordado un dato de importancia, logró captar la atención de los policías.

—Hace algo más de un mes vi al señor Joan hablando con el butanero —mientras lo decía, desvistió de un tirón con la mirada a Andreu, que se encontraba al final del pasillo. Por aquellos barrios no se veía gente tan acicalada y de tan buen porte.

—¿Algo más? —la increpó Ullada.

—Ah... Montsita, la panadera, lo vio hablando muy animado con una mujer, y eso que él era de pocas palabras, porque ni los buenos días daba. Hay que ver qué poca urbanidad. Se subía al ascensor sin mirar, y una no es de las que necesita del saludo, pero un «hola» se agradece, sobre todo cuando se está tan sola... —Con la última palabra miró a Andreu, entornando los ojos.

A Ullada le dieron ganas de cerrarle la puerta en las narices, pero se detuvo al ver que se abría la vieja reja del ascensor.

Vistiendo falda gris y camisa de popelina blanca, arrugada por el intenso bochorno de ese 24 de julio, una hermosa mujer de rasgos serenos y profundos preguntó a Conchita Marededeu por el inspector Ullada. Apretaba contra su pecho unos viejos libros descuajaringados.

—Yo mismo, señora, pase —con la mano, Ullada la invitó a seguirlo, mientras con los ojos ordenaba a la vecina metiche que se esfumara.

Aun cuando la austeridad de la mujer era evidente, su porte tenía una gracia y una elegancia innatas. Sus ademanes suavísimos, su delicadeza al andar, al ofrecer la mano, la manera como se acomodó el mechón de pelo detrás de la oreja, todo la hacía parecer liviana; una mujer hecha de viento y brisa.

Andreu le pegó  un repasón despectivo y se situó al fondo, distrayéndose con los adustos objetos de una repisa, mientras Bonifasi recogía  huellas  dactilares. Ullada comprobó lo que la dulce voz de la mujer le confirmaba: se trataba de la hija de Soledad Urdaneta. El policía la hizo sentarse antes de que recibiera el golpe.

Aurora Villamarí dejó sobre el viejo sofá los libros con sus fauces abiertas, hambrientos de descanso. Para ella, esos cuadernos eran las extensiones de sus dedos.

—Es sobre su madre... —le dijo el inspector, tratando de evitar una  cascada  de llanto  incontenible que  corría  el riesgo de caerle encima.

La mujer reconoció en el suelo los metros y metros de vaporoso tul que durante tanto tiempo había visto bordar a su madre con tanta dedicación, y que ésta le había vendido como el encargo de bodas de una novia de Pedralbes.

Intuyó por los ojos lívidos del inspector que lo que le diría sería terrible, pero decidió descubrirlo por sí misma. Corrió desenfrenada por el largo pasillo, levantando y abrazando el infinito velo, que terminó por llevarla a la corona de azahares, marchita en la cabeza de la mujer que se lo había dado todo en la vida. Entonces se abalanzó, a golpe de corazón roto, sobre su cadáver y la inundó de besos y llantos, mientras la abrazaba y arrullaba. La acarició, bañada en lágrimas, componiéndole de nuevo la corona, peinándola con sus dedos, como si se tratara de una madre que arregla a su niña para la primera comunión; con una ternura soplada desde el alma. Así permaneció unos minutos eternos. Cuando se serenó, acarició el rostro gélido del pobre viejo que permanecía agarrado, por la rigidez de la muerte, al cuerpo de ella. Le compuso la rosa del ojal y le besó con suavidad la calva rasa.

Ullada se emocionó con la escena y se prometió pasar más tiempo con su madre.

 

 

Aurora Villamarí no entendía nada de nada; arrodillada sobre el suelo de aquella cocina, no digería lo que veían sus ojos. ¿Qué hacía su madre allí, vestida de novia y muerta?

¿Cómo era posible que ella no supiera nada? ¿Quién era ese hombre anónimo que la abrazaba?

Descompuesta de alma y perdida en incertidumbres, fue incorporándose lentamente, tratando de ordenar su honda pena, sin abrazo ni hombro en el que llorar su desgracia. Viéndola  tan deshilachada, el inspector Ullada no sabía cómo empezar la indagatoria. Carraspeó, nervioso, y dijo:

—¿Conoce al finado...? —Y sin esperar respuesta, continuó—: Aunque todo parece indicar que decidieron de común acuerdo pasar a la otra vida... ¿Sabe si tenía enemigos?

Aurora negaba con la cabeza mientras buscaba un kleenex en su cartera. Un pañuelo perfumado le llegó de la mano de Andreu, pero ella lo rechazó; le daba vergüenza manchar con sus mocos aquel algodón tan fino.

—¿Enemigos? —repitió Aurora con voz entrecortada—. A veces la propia vida es enemiga de la vida...

Andreu miraba el reloj sin pestañear, tratando de dar término a ese interrogatorio sin sentido. Si llegaba a tiempo, alcanzaría a llamar a Nueva York. No quería que se le escapara el broker al que había citado en videoconferencia.

—¿Autopsia?... —Andreu señaló con su dedo acusador al inspector mientras continuaba—: No quiero que le den largas al entierro. No quiero autopsias ni papeleos. Cuanto más rápido acabemos con esto, mejor.

Aurora lo fulminó con sus ojos color tierra y su dulce voz sonó rotunda:

—Quiero saber por qué murió mi madre.

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Sinopsis 

Esta magistral novela es un inmenso canto a los sentimientos, por encima de los intereses, las normas y los dictados de cada época.

Joan Dolgut y Soledad Urdaneta viven su primer amor en un contexto en el que todo los separa: las clases sociales, las costumbres, el dinero... incluso un océano. Su vida se convertirá en un permanente y dilatado sueño inacabado, que sólo despertará al término de sus existencias, con un sorprendente final.

Sus respectivos hijos tratarán de descubrir el gran secreto que dominó la vida de sus padres y los llevó a la muerte. Entre ellos dará comienzo  una historia que entrelazará sentimientos inesperados, pasiones sin resolver, contradicciones, equívocos, espiritualidad y erotismo, narrados con una intensidad vivencial y literaria única, y que ha sido calificada como «idealismo mágico».

El autor 

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© Ángela Tellez

Cali, Colombia, 1957

Estudia diseño publicitario y comunicación y, hasta 1988, trabaja en agencias de publicidad de Cali y Bogotá, primero como redactora y más tarde como directora creativa. En dicho año llega a España y trabaja en Barcelona, donde desde entonces reside, consiguiendo numerosos premios por sus múltiples trabajos creativos.  Pero la pasión más íntima y profunda de Ángela siempre ha sido escribir. Por esa razón, en abril de 2000 y en pleno éxito profesional, deja sus veinte años de carrera publicitaria para dedicarse de lleno a trabajar en su pasión. Su primera obra publicada fue Alma abierta (2001), un libro de poemas escrito a golpes de luces y sombras.

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