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PlanetadeLibros > El príncipe
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 14/07/2016
254 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3512-7
Código: 10161435
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Austral
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El príncipe

(Comentado por Napoleón Bonaparte)

Colección Austral
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 138.00
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Austral
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Comentado por Napoleón Bonaparte. 

Primer capítulo 

DE LOS QUE HAN LLEGADO AL PRINCIPADO MEDIANTE DELITOS

 

Pero, puesto que hay otras dos formas de pasar de privado a príncipe, que no se pueden atribuir por completo ni a la suerte ni a la virtud, no me parece oportuno pasarlas por alto, aunque de una de ellas se podría hablar más profusamente si tratáramos de las repúblicas. Se trata de cuando se alcanza el principado por un camino delictuoso y nefasto, o de cuando un privado se convierte en príncipe de su patria con el favor de sus conciudadanos. Hablando del primero de los casos, lo ilustraré con dos ejemplos, uno antiguo y otro moderno, sin profundizar más en los aspectos de este tema, porque creo que a quien lo necesite le bastará con imitarlos Agatocles de Sicilia, hombre no sólo de privada condición, sino de origen humilde e innoble, llegó a ser rey de Siracusa. Hijo de un alfarero, llevó a lo largo de toda su existencia una vida delictuosa, pero acompañó sus delitos con tanta energía de cuerpo y de espíritu que, tras entrar en el ejército, llegó, a través de los grados de la carrera militar, a ser pretor de Siracusa. Una vez que se encontró en dicho cargo, planeó convertirse en príncipe y conservar con la fuerza y sin obligaciones hacia otros lo que le había sido concedido de común acuerdo, para lo que hizo partícipe de su plan al cartaginés Amílcar, que se hallaba en Sicilia con su ejército. Una mañana reunió al pueblo y al Senado, como si tuviese que deliberar asuntos de estado, y, a una señal suya previamente concertada, hizo que sus soldados asesinaran a todos los senadores y a los ciudadanos más ricos, tras lo cual ocupó y conservó el cargo de príncipe de la ciudad sin tener que enfrentarse a ninguna oposición interna. Y aunque por dos veces fue derrotado y posteriormente asediado por los cartagineses, no sólo consiguió defender la ciudad sino que, habiendo dejado una parte de sus hombres para hacer frente al asedio, se lanzó con los restantes al asalto de África, y en muy poco tiempo liberó a Siracusa del asedio y llevó al borde de la derrota a los cartagineses, que tuvieron que pactar con él, y conformarse con quedarse con África, dejándole a él Sicilia. Si se consideran, pues, las acciones y la vida de este hombre, se verá que en ellas no hay nada o casi nada que se pueda atribuir a la suerte, puesto que, como hemos dicho antes, no llegó al principado por el favor de nadie, sino mediante los cargos militares que él mismo se ganó con mil sufrimientos y peligros, y luego lo conservó gracias a sus valientes y arriesgadas resoluciones. Pero tampoco se puede definir virtud el hecho de matar a los ciudadanos, traicionar a los amigos, y no tener ni palabra, ni piedad, ni religión: de esa forma se puede obtener el poder, pero no la gloria. Porque, si se consideran la capacidad de Agatocles para entrar y salir de los peligros, y la fortaleza de su ánimo para soportar y superar las adversidades, no se ve por qué habría que juzgarle inferior a cualquier otro excelentísimo general; sin embargo, su feroz crueldad y su carácter inhumano, junto con los numerosos crímenes que cometió, no nos permiten aclamarlo entre los grandes hombres. Por tanto, no se puede atribuir ni a la suerte ni a la virtud lo que Agatocles consiguió sin la una y sin la otra.

En nuestros tiempos, bajo el pontificado de Alejandro VI, Oliverotto da Fermo, huérfano desde su infancia, fue criado por un tío suyo por parte de madre, llamado Giovanni Fogliani, y en los primeros años de su juventud fue enviado a servir como soldado bajo el mando de Paolo Vitelli, para que, cuando fuera un experto en la disciplina militar, llegase a alcanzar algún cargo importante en el ejército. Tras morir Paolo, militó a las órdenes de su hermano Vitellozzo, y en muy poco tiempo se convirtió, por su ingenio y su gallardía de ánimo y de cuerpo, en el primer hombre de su compañía. Pero estar a las órdenes de otro le parecía una cosa servil, por lo que planeó ocupar Fermo, con la ayuda de algunos ciudadanos que apreciaban más la esclavitud que la libertad de su patria, y con el favor del Vitelli. Así que escribió a Giovanni Fogliani, diciéndole que, tras haber pasado muchos años lejos de su casa, quería volver a verle y a ver la ciudad, y valorar cuáles eran sus bienes; y puesto que había dedicado todos sus esfuerzos a conseguir honores, quería llegar como un hombre distinguido, acompañado por cien caballeros, amigos y servidores suyos, para que sus conciudadanos viesen que no había perdido el tiempo en vano. Le rogaba que se complaciera en ordenar a los habitantes de Fermo que le recibieran con solemnidad, lo cual no representaba un honor sólo para él, sino también para el mismo Giovanni, puesto que era su pupilo. Giovanni, por tanto, no pasó por alto ningún detalle para agasajar a su sobrino, y tras hacer que los de Fermo lo recibieran solemnemente, le dio alojamiento en su casa; allí, después de algunos días, y habiendo dispuesto todo lo necesario para el crimen que planeaba, Oliverotto organizó un gran banquete, al que invitó a Giovanni Fogliani y a todos los hombres importantes de Fermo. Cuando hubieron terminado todos los manjares y los demás entretenimientos característicos de tales convites, Oliverotto, dolosamente, llevó la conversación a temas serios, hablando de la grandeza y de las empresas del papa Alejandro y de su hijo César. Giovanni y los demás respondieron a sus argumentos, y entonces, de repente, se puso de pie, diciendo que eran temas que había que tratar en un lugar más apartado, y se retiró a una habitación a donde le siguieron Giovanni y todos los demás ciudadanos. Apenas se habían sentado cuando de unos lugares secretos en la habitación salieron soldados que los mataron a todos. Tras este homicidio, Oliverotto montó a caballo y recorrió las tierras al galope, y asedió en su palacio a las supremas magistraturas, de forma que, amedrentados, tuvieron que obedecerle y formar un gobierno del que se nombró príncipe a sí mismo. Cuando hubo asesinado a todos los que, por estar descontentos, podían perjudicarle, reforzó su situación con nuevas disposiciones civiles y militares, de forma que, en el plazo de un año, no sólo se encontraba seguro en la ciudad de Fermo, sino que se había hecho temible para todos sus vecinos. Y hubiese sido muy difícil expugnar su ciudad, como en el caso de Agatocles, si no se hubiese dejado engañar por César Borgia, cuando éste, como dijimos antes, apresó a los Orsini y a los Vitelli en Sinigaglia. Allí, habiéndole capturado también a él, un año después de que cometiera el parricidio, lo mandó estrangular junto con Vitellozzo, que había sido su maestro en el arte del delito.

Alguien podría preguntarse cómo es que Agatocles y otros como él, tras haber cometido numerosas traiciones y crueldades, pudieron vivir seguros en su patria durante mucho tiempo y defenderse de los enemigos externos, sin que sus conciudadanos conspirasen nunca contra ellos, mientras que muchos otros no han podido conservar sus estados mediante la violencia ni siquiera en tiempos de paz, y mucho menos en las inseguras épocas de guerra. Creo que se debe a la buena o mala utilización de los delitos. Se puede definir como buena utilización del delito (si es que se puede hablar bien del mal) la que se hace en un momento concreto, por la necesidad de asegurar la propia posición, sin volver a insistir luego en ella, sino intentando sacarle el mayor provecho posible para los súbditos. Están mal usados los delitos que, aunque al principio son pocos, van aumentando con el tiempo en vez de desaparecer. Quienes siguen el primer camino, pueden encontrar algún remedio para mantener su estado ante Dios y ante los hombres, como hizo Agatocles, pero los que no, es imposible que se mantengan.

Por tanto, hay que señalar que cuando se conquista un estado, el que lo ocupa tiene que pensar cuáles son los ultrajes que va a tener que cometer y hacerlos todos de una vez, para no tener que cometer uno nuevo cada día, asegurándose de esa forma la fidelidad de los hombres y ganándoselos con los beneficios que les ofrece. Quien actúe de otra forma, ya por timidez o porque ha sido mal aconsejado, siempre tendrá que tener la espada en la mano, y nunca podrá confiar en sus súbditos, puesto que éstos, a su vez, no podrán sentirse seguros con él, a causa de los nuevos ultrajes que continuamente reciben. Porque los ultrajes hay que hacerlos todos a la vez, para que, al saborearse menos, la ofensa sea menor, mientras que los beneficios hay que hacerlos poco a poco, para que los saboreen mejor. Y, sobre todo, un príncipe debe vivir con sus súbditos, para que ningún acontecimiento, tanto bueno como malo, le obligue a cambiar de actitud; porque si tienes que hacerlo en un momento de adversidad, no llegas a tiempo a remediar el mal, y el bien que haces no te beneficia, puesto que juzgan que lo haces por obligación, y no recibes ningún agradecimiento.

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Sinopsis 

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es, sin duda, un clásico en el sentido más literal del término, pero también uno de los libros peor entendidos de la historia de la literatura mundial. Baste pensar en el sentido negativo que en todas las lenguas se da al término «maquiavélico», con el que usualmente se designa un uso del poder político carente de escrúpulos, en el que el fin justifica cualquier medio.

No ha existido hombre poderoso en la  tierra, de Carlos V a Catalina de Médicis, de Luis XIV a Napoleón, pasando por los dictadores de la época contemporánea, que no hayan sido acusados de leer secretamente El Príncipe para obtener consejo e inspiración. Maquiavelo se esfuerza por extraer las relaciones, las constantes y aquellas leyes que permiten a los Estados durar y prosperar.

Ofrecemos aquí una edición especialmente cuidada de esta peculiar obra, acompañada de los comentarios de Napoleón Bonaparte y precedida de una introducción del reconocido especialista Giuliano Procacci.

El autor 

Florencia, 1469 | Florencia, 1527

fue estadista, patriota y escritor florentino del Renacimiento. Trabajó al servicio de la República de Florencia, donde desarrolló una importante carrera diplomática, pero a la vuelta de los Médicis perdió el puesto que ocupaba en la secretaría del Estado y fue exiliado. Su obra política es original para su época; su principal escrito, El Príncipe, le acarreó fama de cínico amoral. Escribió también el Discurso sobre la Primera Década de Tito Livio, Historia de Florencia y El arte de la guerra.

Otros títulos del autor 

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Comentado por Napoleón Bonaparte. 

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