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PlanetadeLibros > Frankenstein
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 14/07/2016
296 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3540-0
Código: 10161436
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Austral
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Frankenstein

Colección Austral
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 138.00
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Austral
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Un clásico de todos los tiempos enmarcado en la tradición de la novela gótica.

Primer capítulo 

 

 

 

 

En aquel momento se abrió la puerta de la casa, y entraron Felix, Safie y Agatha. ¿Quién puede describir el horror y el asombro que sintieron al verme? Agatha se desmayó, y Safie, incapaz de ocuparse de su amiga, huyó de la casa corriendo. Felix se adelantó rápidamente y con una fuerza sobrenatural me apartó de su padre, a cuyas rodillas yo me había aferrado. En un arrebato de furia, me arrojó al suelo y me golpeó violentamente con un palo. Vi que estaba a punto de golpearme de nuevo cuando, sobreponiéndome al dolor y a la angustia, huí de la casa y, en medio de la confusión, escapé sin que me vieran y me oculté en el cobertizo.

¡Maldito, maldito Creador! ¿Por qué tuve que vivir? ¿Por qué en aquel instante no apagaste la llama de la existencia que caprichosamente me diste? No lo sé... La desesperación aún no se había apoderado de mí; sólo tenía sentimientos de rabia y venganza. Podría haber destruido con placer la casa y haber matado a sus moradores... y haber saciado mi furia con sus gritos y su dolor. Cuando llegó la noche, salí de mi escondrijo y vagué por el bosque. Ya no me retenía el miedo a que me descubrieran, y pude dar rienda suelta a mi angustia con espantosos aullidos. Era como una bestia salvaje atrapada en un lazo, destruyendo todo lo que se le pone por delante y deambulando por el bosque como un ciervo viejo. ¡Oh...! ¡Qué noche más horrorosa pasé! Las gélidas estrellas brillaban burlándose de mí, los árboles desnudos me decían adiós con sus ramas, y aquí y allá el dulce canto de un pájaro rompía aquella absoluta quietud. Todo, salvo yo, descansaba o se alegraba. Yo, como el Demonio, albergaba un infierno en mi interior: y puesto que no encontraba a nadie que me comprendiera, deseé arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción, y luego sentarme y disfrutar de aquel desastre.

Pero aquélla fue una cascada de sensaciones que no podía durar. Acabé agotado por el exceso de ejercicio físico y me derrumbé en la hierba húmeda, con la impotencia de la desesperación. Entre los miles y miles de hombres, no había ni uno que sintiera compasión por mí o quisiera ayudarme... ¿acaso debía yo tener alguna piedad para con mis enemigos? ¡No! Desde aquel momento le declaré guerra eterna a la humanidad y, sobre todo, a aquel que me había creado y que me había arrojado a aquella insoportable humillación.

Salió el sol. Oí las voces de los hombres y supe que era imposible regresar a mi escondrijo durante el día; de modo que me oculté en la espesura del bosque, y decidí dedicar las horas siguientes a reflexionar sobre mi situación. Los rayos de sol y el aire puro del día me devolvieron en parte la calma; y cuando consideré lo que había ocurrido en la granja, no pude evitar creer que me había precipitado un tanto en mis conclusiones. Desde luego, había actuado imprudentemente. Era evidente que mi conversación había emocionado al padre y que me había comportado como un necio al mostrar mi figura y aterrorizar a sus hijos. Debería haber familiarizado al viejo De Lacey conmigo y, poco a poco, haberme ido mostrando al resto de la familia cuando hubieran estado preparados para soportar mi presencia. Pero no pensé que mis errores fueran irreparables; y, después de pensarlo mucho, decidí regresar a la casa, buscar al anciano y, con mis ruegos y súplicas, ganarlo para mi causa.

Aquellos pensamientos me tranquilizaron y, por la tarde, me sumí en un profundo sueño; pero la fiebre de mi sangre no me permitió gozar de un descanso apacible. La horrible escena del día anterior constantemente pasaba ante mis ojos: las mujeres huían y el furioso Felix me arrancaba de los pies de su padre. Me desperté exhausto; y descubriendo que ya era de noche, me arrastré fuera de mi escondrijo y fui a buscar comida.

 

Cuando aplaqué mi hambre, dirigí mis pasos hacia el camino bien conocido que conducía a la granja. Todo estaba en paz. Me arrastré hasta mi cobertizo y permanecí allí, en silenciosa espera, hasta la hora en que la familia solía levantarse. La hora pasó, y el sol ya estaba muy alto en el cielo, pero los granjeros no aparecían. Temblé violentamente, sospechando alguna horrible desgracia. El interior de la casa estaba oscuro y no se oía movimiento alguno. No puedo describir la angustia que sentí en aquellos momentos.

Entonces, dos campesinos pasaron por allí; pero, deteniéndose cerca de la casa, comenzaron a hablar, gesticulando mucho. No entendí lo que dijeron, porque su lengua era distinta a la de mis protectores. De todos modos, poco después, Felix apareció con otro hombre. Me sorprendió, porque yo sabía que él no había salido de la casa aquella mañana, y esperé con inquietud para descubrir, por sus palabras, el significado de aquellos extraños sucesos.

—¿Se da cuenta usted de que va a pagar tres meses de renta —le dijo el hombre que iba con él— y que perderá lo que dé el huerto? No quiero aprovecharme injustamente de usted, así que le ruego que se tome algunos días para pensar bien su decisión...

—Es completamente inútil —contestó Felix—, no podremos volver jamás a esta casa. La vida de mi padre está en gravísimo peligro debido a la horrorosa circunstancia que le he contado. Mi mujer y mi hermana nunca olvidarán ese espanto. Le ruego que no insista. Aquí tiene usted su propiedad, y permita que me vaya inmediatamente de este lugar.

Felix temblaba horrorosamente mientras decía aquello. Él y su acompañante entraron en la casa, en la cual permanecieron algunos minutos, y luego se despidieron. Nunca volví a ver a nadie de la familia De Lacey.

Permanecí en mi cobertizo durante el resto del día, en un estado de inconcebible y estúpida desesperación. Mis protectores se habían ido y habían roto el único lazo que me unía al mundo. Por primera vez, los sentimientos de venganza y odio embargaron mi pecho, y no me esforcé en controlarlos; al contrario, dejándome arrastrar por la corriente, dejé que mi pensamiento se inclinara hacia la violencia y la muerte. Cuando pensaba en mis amigos... en la amable voz de De Lacey, en los encantadores ojos de Agatha, y en la exquisita belleza de la árabe, aquellos pensamientos se desvanecían, y las copiosas lágrimas me calmaban un tanto. Pero, de nuevo, cuando pensaba que me habían rechazado y abandonado, regresaba la furia; y como no podía golpear a ningún ser humano, volvía mi ira contra cualquier objeto inanimado. Cuando se hizo de noche, coloqué mucha leña alrededor de la casa; y, después de haber destruido todos los frutos del huerto, esperé con obligada paciencia hasta que la luna se escondió para comenzar el trabajo. Con la noche adelantada, se levantó un fuerte viento desde el bosque y rápidamente dispersó las nubes que habían cubierto los cielos... Aquel vendaval se hizo más y más violento hasta convertirse en un poderoso huracán y produjo una especie de locura en mi ánimo que rompió todas las ataduras con la razón y la reflexión. Encendí una rama seca de un árbol y dancé con furia alrededor de aquella casa adorada, con los ojos aún clavados en el horizonte de occidente, el lugar por donde la luna iba a ponerse. Parte de su esfera finalmente se ocultó, y yo agité mi rama ardiendo; desapareció la luna, y con un alarido, prendí la paja y el heno seco que había colocado. El viento inflamó el fuego, y la casa inmediatamente quedó envuelta en llamas que la abrazaban y la lamían con sus afiladas y destructivas lenguas. En cuanto estuve seguro de que nada podría salvar ni la más mínima parte de aquella construcción, abandoné el lugar y busqué refugio en el bosque.

Y ahora, con el mundo ante mí, ¿hacia dónde encaminaría mis pasos? Decidí huir lejos del escenario de mis desgracias. Pero para mí, odiado y despreciado, todos los países iban a ser igual de espantosos. Al final, un pensamiento cruzó mi mente: tú. Por tus papeles supe que tú habías sido mi creador; ¿y a quién podría recurrir con más justicia, sino a quien me había dado la vida? Entre las lecciones que Felix le había enseñado a Safie, no había faltado la geografía. Por eso sabía cómo se encontraban dispuestos los diferentes países del mundo. Tú habías mencionado Ginebra, el nombre de tu ciudad natal, y hacia ese lugar decidí encaminarme. Pero... ¿cómo iba a orientarme? Yo sabía que debía viajar en dirección suroeste para alcanzar mi destino, pero el sol era mi único guía. No conocía los nombres de las ciudades por las que tendría que pasar, ni podía pedir información a ningún ser humano. Pero no desesperé. De ti sólo podía esperar auxilio, aunque hacia ti no tuviera otro sentimiento que odio. ¡Creador insensible y despiadado...! Me otorgaste sensaciones y pasiones, y luego me arrojaste al mundo para desprecio y horror de la humanidad. Pero sólo a tí podía dirigir mis súplicas, y sólo en ti decidí buscar la justicia que en vano intenté encontrar en cualquier otro ser de apariencia humana.

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Sinopsis 

Los famosos poetas lord Byron y Percy B.Shelley, junto a sus jóvenes amantes, se entregaron a un juego literario que consistía en idear el cuento más espantoso que se pudiera imaginar. Ninguno de los presentes logró completar un buen relato… salvo la joven amante de Shelley; aquella noche concibió una historia aterradora y maravillosa: Frankenstein. Desde su publicación asombró al mundo y en pocos años adquirió la categoría de «mito moderno». Entre novela gótica y relato filosófico, la historia del soberbio científico y su monstruosa creación ha apasionado a varias generaciones de lectores.

El autor 

Mary Shelley (Londres, 1797 – 1851) es una de las escritoras más importantes e influyentes del siglo xix. Fue hija del prestigioso pensador revolucionario William Godwin y Mary Wollstonecraft, precursora del feminismo moderno y autora de A Vindication of the Rights of Woman en 1792, que murió apenas diez días después de dar a luz a su hija. Con dieciséis años, Mary, por aquel entonces todavía apellidada Wollstonecraft Godwin, conoció al poeta Percy Bhysse Shelley, y enseguida emprendieron un largo viaje por Europa, hasta el famoso verano de 1816 que pasaron en Suiza, junto con lord Byron, el doctor Polidori y la prima de Mary. En esas noches concibió su ópera magna Frankenstein o el moder...

Otros títulos del autor 

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Un clásico de todos los tiempos enmarcado en la tradición de la novela gótica.

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