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PlanetadeLibros > Hierba Santa
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 29/02/2016
280 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3321-5
Código: 10137440
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket Planeta
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Hierba Santa

Colección Booket Planeta
Libro (Rústica sin solapas)
$ 118.00
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Después de chocar en un tranvía y morir por primera vez, Frida llega a un acuerdo con su madrina la Muerte: ésta le permitirá vivir, pero a cambio ella deberá preparar cada año una ofrenda para recordar su pacto.

Primer capítulo 

En cuanto Frida despertó de la operación que la mantuvo muerta durante varios minutos, pidió ver a sus padres. Sin embargo, éstos no se presentaron hasta después de varias semanas, y ella cayó en una terrible melancolía. Y no es que la hubieran olvidado, pero una concatenación de sucesos extraordinarios se confabularon en su contra. Al recibir la noticia del accidente, su padre enfermó gravemente y tuvo que permanecer en cama por semanas. Mamá Matilde, para sorpresa de todos, quedó petrificada en su sillón. Tuvieron que arrancarle su bordado y los sirvientes tardaron más de una hora en colocar sus manos en las piernas. En esa posición se quedó, completamente muda. Sus hijas intentaban en vano que comiera, preparándole reconfortantes caldos que apenas se dignaba a probar.

Durante el tiempo que Frida pasó en el hospital, todos los habitantes de la Casa Azul vistieron de negro. Cierto es que Frida había sobrevivido, pero un pesar de velorio se apoderó de sus padres, hermanas y empleados, quienes a diario asistían a la misa de la tarde organizada para el reposo del alma de la muchacha. Con el tiempo, mamá Matilde recuperó el habla solo para afirmar que el destino de Frida era morir ese día, pero que un milagro de origen desconocido la había salvado.

La única que visitó a Frida durante su convalecencia fue su hermana Matilde. Como vivía cerca del hospital, decidió cuidarla con esmero, quizá en agradecimiento de que había sido ella quien la ayudó a escapar. Vaciando todas sus atenciones en un sentimiento más maternal que de hermanas. Todos los días se presentaba con una canasta repleta de antojitos y golosinas envueltos en coquetos manteles bordados. Frida esperaba con gusto su llegada, sobre todo los viernes, que era cuando le llevaba un caldo tlalpeño que la hacía sentir como en su casa. Los sabores caseros de Matilde eran tan reconfortantes como su humor salsero y bonachón, que se había expandido desde que vivía libre del yugo de su madre. Sus chistes y comentarios jocosos ayudaron a Frida a sobrellevar los eternos días de su recuperación.

Los Cachuchas y Alejandro también la visitaban, ella contaba ansiosa los minutos que la separaban de su amado. Conforme pasaron los días las visitas de su novio se fueron espaciando cada vez más. Frida comenzó a sentirse frustrada y para calmar su angustia se dedicó a escribirle largas cartas de amor, donde además le narraba el terror que la oprimía en la noche cuando sus ojos la traicionaban en la oscuridad. En una de esas ocasiones, adolorida por las heridas, la despertó el contacto de unos dedos helados que jugueteaban entre sus cabellos. Apenas alcanzó a percibir a la mujer del velo de su extraño sueño que se alejaba por la puerta. Dos días después, en una madrugada en que los quejidos de los enfermos eran particularmente dolorosos, distinguió entre sueños al revolucionario montado a caballo a la mitad del pabellón. A la mañana siguiente, cuando Alejandro la visitó, narró su bizarro sueño y le aseguró que en ese hospital la muerte danzaba  alrededor de su cama por las noches. Él intentó tranquilizarla diciéndole que solo eran locuras y sensaciones que pronto pasarían, pues los doctores culpaban a los analgésicos. En cambio, Frida estaba segura de que la reina del fin de los días esperaba que ella cumpliera su parte del trato. Y para evitar que la miraran como demente, guardó un silencio que sellaría para el resto de su vida cualquier comentario sobre la alucinación que tuvo en el lapso que dejó de respirar. Pero el temor no la dejaba en paz, según le confesó a su hermana Matilde, no  era miedo a morir, sino a que al regresar a su casa la trataran como si realmente estuviera muerta. Frida tuvo que admitir: “Estoy empezando a acostumbrarme al sufrimiento.”

Cuando salió del hospital para continuar la recuperación en casa, aquellos pavores se hicieron realidad. Aunque su madre había recuperado el habla, su carácter se fue volviendo cada vez más irritable, mientras que el padre se encerraba largos periodos en su cuarto, ajeno a la realidad. Los amigos de la escuela dejaron de visitarla debido a la lejanía de su casa. Frida sintió que aquel hogar era el sitio más triste del mundo. Deseaba huir de esa casona de Coyoacán, pero a la  vez se sentía aliviada de por fi n haber regresado a ella.

Pero lo que más la afectó fue que su querido Alejandro descubriera que su novia no era tan inocente como proclamaban sus acarameladas cartas, y que la fi era sexual escondida en ella ya había besado las bocas de sus amigos y amigas del grupo. Cuando le preguntó por qué, Frida le respondió, sin parecer darle importancia a los sucesos, que era para apagar aquel deseo lujurioso que la quemaba. Para Alejandro no había vuelta de hoja: era una traición. Y se alejó de ella después de una gran riña. Quizá se negaba a reconocer que desde el accidente sus vidas habían tomado rumbos diferentes: mientras a él le esperaba una exitosa carrera profesional en el extranjero, Frida sólo tenía ante sí meses de recuperación. Alejandro sentía que su novia era un lastre que obstaculizaría sus planes. Y aunque ella trató de recuperar la confianza de su amado a través de infinidad de cartas, no logró retenerlo. Él rompió la promesa que se hicieron de permanecer juntos por años, y a ella no le quedó sino frustración. En una de sus muchas cartas, desesperada, le escribió disculpándose de sus  amoríos: “Aunque les haya dicho a muchos que les quiero y los haya besado, tú sabes que en el fondo sólo te quiero a ti”.

Una de tantas noches en que se durmió pensando que prefería haber muerto que soportar la indiferencia de Alejandro, volvió a soñar con la mujer del velo, que le decía: “Sé que lo haces para permanecer unida al amor de tu vida, y esa decisión la alabo, querida”.

Al despertar, postrada en su cama con una escayola de yeso, Frida decidió cumplir la promesa que le hizo a su Madrina. Esa decisión cambiaría el rumbo de su vida. Pidió a su padre el estuche de óleos, unos pinceles y lienzos y se dedicó a pintar. Mamá Matilde, deseosa de que esa distracción la ayudara a olvidar su sufrimiento, ordenó que le fabricaran un caballete especial para que pudiera trabajar acostada.

Para Frida no era nuevo el dibujo. Continuamente ilustraba sus cuadernos de escuela con caras, paisajes y picarescas escenas. Inclusive había ayudado a su padre en el arte de retocar los negativos de sus fotografías con delicados pinceles, para lograr precisas imágenes de sombras perfectas. Pero esta vez era la primera que lo hacía de manera formal.

Apenas tomó el pincel, percibió ligereza en su dolor. Con los ojos empapados en lágrimas por haber perdido a su amado, colocó un toque de rojo sangre en su tableta acompañado de negros y ocres, tonos que aún le recordaban su accidente y los gritos de “¡La bailarina!”. Aspiró el inconfundible olor de los pigmentos y aferrando el pincel como un potente falo que penetra a una mujer, lo sumergió en la pintura dejando escapar un suspiro de placer y dolor, para lograr con ese acto, el nacimiento de una obra. Cuando el pincel llevó ese matrimonio de colores al lienzo, sus ojos dejaron de llorar y su alma experimentó una paz reconfortante. Entonces aparecieron los tonos olor a mango, los labios color fresa, las mejillas de melocotón y el pelo de chocolate. Por primera vez en su vida sintió algo que la apartaba de este mundo, que le concedía la suculencia del sexo, el placer de la comida y el aplomo de mujer. Sintió libertad.

Terminó la obra: un autorretrato. Era ella, inmortalizada  para su Madrina. Así le entregaba un pedazo de su vida, de su corazón y de sus pensamientos. La muchacha altiva del retrato mostraba cada una de sus virtudes y defectos.

 

...

 

Los mexicanos nos reímos de la muerte. Cualquier pretexto es bueno para la pachanga. El nacimiento y la muerte son los momentos más importantes en nuestra vida. La muerte es luto y alegría. Tragedia y diversión. Para convivir con la hora final hacemos nuestro pan de huesitos azucarados, redondo, como el ciclo de la vida; y al centro, el cráneo. Dulce, pero mortuorio. Esa soy yo.

 

Pan de muerto

 

1 kilo de harina, 200 gramos de mantequilla, 11 huevos, 300 gramos de azúcar, 100 gramos de manteca vegetal, 1 cucharadita de sal, 30 gramos de levadura en polvo, 1 cucharada de agua de azahar; mantequilla y azúcar extra para decorar.

 

Formar una fuente con la harina, al centro poner la mantequilla junto con la manteca e irlas acremando con la mano, añadir el azúcar y uno a uno los huevos; después, agregar el resto de los ingredientes, poco a poco. Para agregar la levadura no hay que olvidar que antes hay que disolverla en un cuarto de taza de agua tibia. Hay que amasar hasta que la pasta se despegue de las manos y de la mesa. Después hay que armarse de paciencia y dejar que la masa repose por una hora, aproximadamente, hasta que se esponje. Entonces, hay que volver a amasar y hacer la forma del pan de muerto apartando un poco de masa para hacer después los huesitos. Hay que volver a dejar que la masa suba hasta que doble su tamaño, tapada con un trapo y lejos de cualquier corriente de aire. Para hacer los huesitos se rueda con los dedos un poco de masa, se colocan sobre el pan, se barniza con un huevo ligeramente batido y se mete al horno precalentado a 200 grados centígrados durante 20 o 30 minutos. Una vez cocido, cuando esté listo, untarlo con mantequilla y espolvorearlo con azúcar.

 

 

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Sinopsis 

Una pequeña libreta a la que Frida llamaba «El libro de Hierba Santa» se exhibió por primera vez en el Palacio de Bellas Artes con motivo del aniversario de su natalicio. El día que se abrió la exhibición al público, la libreta desapareció…

Después de morir por primera vez en un choque de tranvía, Frida llega a un acuerdo con su madrina la Muerte: esta le permitirá vivir, pero a cambio ella deberá preparar cada año una ofrenda para recordar su pacto. A partir de entonces, Frida anota cada banquete de Día de Muertos en un cuaderno de pastas negras que guarda celosamente y al que llama «El libro de Hierba Santa». Mientras el ritual se cumple puntualmente, su existencia se despliega impetuosa, llena de arrebato y dolor. Conoce al hombre con el que compartirá la vida y el que marcará el comienzo de su segunda muerte, juntos saborearán la traición y también la pasión por el arte.

Frida ama y desea con locura, pero vive días prestados; su cuerpo doliente y destrozado jamás le permitió olvidar que su Madrina arrancaba pedazo a pedazo su alma, acercándose cada vez más a ella en espera del encuentro final. 

El autor 

Ciudad de México, 1695

Es autor de varias novelas negras e históricas y guionista de comics. Estudió arquitectura en la Universidad La Salle y después de haber trabajado en museos, estuvo en Televisa como creativo y productor. Fundó Costal de huesos, editorial dedicada al cómic mexicano. Fue coescritor y cocreador de Crimson (Wildstorm/ Time Warner 1999-2001); creador y escritor de Alternation (Image Comics, 2004) y es el único mexicano que ha escrito una versión de Superman para DC Comics Time Warner, en 2002. Entre sus novelas se encuentran Trago amargo (Premio Vuelta de Tuerca 2006); El código nazi (2008); Solamente una vez: toda la pasión y melancolía en la vida de Agustín Lara (2007); Hierba santa (2009), ...

Otros títulos del autor 

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