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PlanetadeLibros > La buena reputación
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 16/06/2016
640 páginas
ISBN: 978-607-07-3447-2
Código: 10141292
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
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La buena reputación

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 288.00
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La gran novela de Ignacio Martínez de Pisón.

Premio Nacional de Narrativa 2015.

Primer capítulo 

Miriam creía haber tomado por fin las riendas de su vida. A sus representaciones de patucos, camisetas térmicas y tirantes para caballero se habían sumado otras dos de ropa deportiva, lo que no sólo le había procurado una estabilidad económica desconocida desde la caída en desgracia de Ramiro sino también una gratificante sensación de seguridad en sí misma. Lo demás vino casi rodado: las insidias de su madre y su hermana se esfumaron con el anuncio de su voluntad de divorciarse tan pronto como las leyes lo permitieran,  y ella descubrió aliviada que, por el motivo que fuera, en su familia ya no se sentían con derecho a tenerle lástima. ¡Que le guardaran rencor si eso les sentaba bien, pero que nunca más volvieran a compadecerse de ella! Por supuesto, le quedaba por resolver su relación con sus hijos: de algún modo tenía que arreglárselas para enderezar al tarambana de Daniel y vencer las eternas suspicacias del problemático Elías. Pero la nueva Miriam no era como la de antes, pusilánime, conforme, acostumbrada a ceder la iniciativa y rehuir los enfrentamientos. Ahora Miriam se sabía con fuerzas, y esas mismas fuerzas la habían llevado a convertir en una misión superior lo que en otras circunstancias habría sido un lastre. Ahora tenía algo por lo que luchar, y se sentía a gusto viéndose a sí misma como una mujer animosa, desprendida, ejemplar, que hacía las cosas que hacía por sus hijos y no por ella y que no se permitía más alegrías que las que ellos estuvieran dispuestos a proporcionarle.  De ese espíritu de esfuerzo y sacrificio le venía esa autoridad  recién estrenada, una autoridad que explicaba por ejemplo su irrupción nocturna  en el chalet de Mercedes para reclamar sus derechos sobre Elías, que eran todos (y todos irrenunciables). Sus sobreactuaciones y sus intransigencias estaban a su juicio más que justificadas: ¡ella no debía nada a nadie y, en cambio, sus hijos le debían obediencia y respeto!

La nueva Miriam ofrecía una estampa de abnegación e integridad en la que no encajaba su relación con Higinio: también por eso (y no sólo porque Higinio tuviera mujer e hijos) se esmeraba en mantenerla en secreto. Un año antes, cuando se conocieron en los bancos de la plaza, se había limitado a darle un poco de conversación y acompañarle al hotel. Pasados unos días, él la llamó desde Madrid para disculparse: había bebido demasiado y no estaba seguro de no haber dicho ninguna inconveniencia. A Miriam le hizo gracia tanta delicadeza, y en su respuesta iba implícito cierto coqueteo. «Si estando borracho eres tan gentil, no puedo ni imaginar cómo serás cuando no bebes», dijo. En el primer viaje de Higinio, de regreso del funeral de un compañero de arma asesinado en el País Vasco, paró en Zaragoza y la volvió a llamar. Miriam lo vio tan desvalido que no fue capaz de negarle el consuelo, y esa tarde pasaron unas horas juntos en una habitación del hotel Don Yo. Tal vez su relación no habría ido más allá si ella no hubiera obtenido las representaciones de ropa deportiva, que la obligaban a viajar a Madrid con cierta regularidad. Higinio se ofreció enseguida como guía y anfitrión, y las siguientes veces se encontraban  directamente en un hotel de la calle Juan de Austria en cuanto concluían sus reuniones de trabajo. Que acabaran inventándose compromisos  ficticios para poder verse en terceras ciudades surgió de un modo natural. En Toledo o en Salamanca o en Ávila podían meterse en un restaurante, sentarse en una terraza o pasear por la calle sin miedo a ser descubiertos. Con frecuencia hasta se besaban en público. Esa sensación ya casi olvidada de libertad absoluta resultaba muy placentera, y Miriam sabía que le costaría renunciar a ella.

Lo que había empezado como una relación azarosa y accidental se fue convirtiendo en algo estable. Higinio y ella estaban manteniendo una relación adúltera. Higinio, con sus ojos oscuros y sus cejas pobladas, con esos brazos cortos y recios, con ese cuello ancho que tanto le gustaba acariciar, Higinio, del que durante cuarenta y ocho años no había sabido nada y al que en otras circunstancias ni siquiera habría prestado atención... Ese hombre y ella eran amantes. ¡Amantes! ¿De verdad lo que había entre ellos era amor? Miriam sentía un intenso afecto por él, y jamás negaría que le quería. Pero el amor era otra cosa, ¿no? El amor no era buscar fuera de casa ese cariño que no encontraba en sus hijos ni en su madre ni en su hermana. El amor no era conformarse con Higinio porque Sebastián se había olvidado de ella. El amor no era agradecer esos momentos  de intimidad que tanto había echado de menos desde su fracaso matrimonial... No, el verdadero amor era algo demasiado grande y demasiado hermoso para que pudiera haberse construido sobre miserias y derrotas. Sabiéndose lejos de estar enamorada, reconocía que sus encuentros en habitaciones de hotel constituían los únicos momentos de dicha que a esas alturas podía esperar de la vida, momentos  en los que volvía a ser esa Miriam dulce, alegre y despreocupada que siempre había creído ser y que confiaba en seguir siendo: la Miriam feliz. ¡Con lo fea que siempre le había parecido la palabra «adulterio», y ahora su felicidad dependía de ella!

Por discreción, no habían vuelto a citarse en Zaragoza desde la tarde en el hotel Don Yo. Casi un año después, la entrega de despachos en la Academia General Militar se les presentó como una buena excusa para volverse a ver. La mujer de Higinio, que muy pocas veces le acompañaba a los actos oficiales, nunca recelaría de ese viaje, y él, para no levantar sospechas, aceptó que los compañeros de promoción con los que iba a compartir coche le reservaran habitación en el mismo hotel. A Miriam, por su parte, no le costó convencer a sus hijos de que ese día tenía una reunión  de trabajo en Madrid y, para disimular, hasta metió un par de muestrarios en su bolsa de viaje. Se despidió de Elías a tiempo de coger el talgo pero, en vez de encaminarse hacia la estación, se dirigió al hotel, donde Higinio estaba ya esperándola. Era la tarde del miércoles 11 de julio, y tenían por delante más de quince horas para estar juntos. Se abrazaron, se besaron, se prepararon unos cócteles con las botellitas del minibar. Luego pidieron que les subieran la cena a la habitación. Cuando Miriam fue a sacar al pasillo las bandejas con las sobras, Higinio se echó a reír: «¿Tantas cautelas para eso? ¡No querrás que mañana me pregunten todos por qué he pedido dos cenas!» Encendieron la televisión con el volumen apagado y se metieron en la cama. El resto del tiempo lo pasaron queriéndose y jugando a poner voz a los presentadores del telediario: el Skylab se desintegraría o caería en el Índico, los españoles podían dormir tranquilos, bla-bla, los científicos de la NASA, bla-bla-bla...

Lo último que Miriam recordaba de esa noche era que se había quedado dormida en brazos de Higinio con la luz encendida. La despertaron unos golpes en la pared y unas voces que parecían venir de muy lejos. Higinio, desnudo, saltó de la cama y se abalanzó sobre la puerta. Un humo oscuro y espeso se coló rápidamente  en la habitación. Cerró de un portazo. Se miraron a los ojos, aterrorizados. Higinio pulsó varios interruptores, pero no se encendió ninguna bombilla.

—¡Rápido! ¡Hay que salir de aquí! —gritó, buscando a tientas el pantalón y los zapatos.

Miriam, envuelta en una sábana, se apresuró a descorrer cortinas. En la calle ya era de día y no parecía ocurrir nada anormal. Descolgó el teléfono de la mesilla pero no había línea. Cuando volvió a mirar a Higinio, éste, a medio vestir, había abierto el grifo del lavabo y estaba mojando unas toallas. Miriam se tapó la boca para toser. Le habían empezado a llorar los ojos, y entre las lágrimas y el humo le costaba mantenerlos abiertos. El súbito frescor de la toalla en el pecho la hizo reaccionar. Higinio volvió a gritar:

—¿Pero qué haces? ¡Date prisa! ¿No ves que es un incendio?

Ahora ella no tenía más que la toalla para cubrirse. Él rescató del suelo un rebujo de ropa y se lo entregó. «¡Los zapatos! —decía—, ¿dónde dejaste los zapatos?, ¡no puedes salir descalza!» Miriam se puso las bragas y buscó debajo de la cama. Mientras terminaba de vestirse, Higinio cogió la papelera y fue a llenarla a la ducha.

—¡Voy a abrir! ¡Voy a abrir y vamos a echar a correr! —le oyó decir con una voz áspera y apremiante  que no parecía suya.

Miriam quiso creer que había dicho «¡sígueme!», pero no fue así. Asintió con la cabeza, conteniendo  el aliento. La lengua de humo que entraba por debajo de la puerta se enroscaba un poco sobre sí misma y luego se extendía informe por la habitación. Con el humo entraban también partículas de ceniza que se le pegaban en el pelo y la cara. Su olor era intenso, penetrante, un olor como a neumático quemado, y Miriam se acordó de cuando en casa se les estropeó la vieja nevera Electrolux.

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Sinopsis 

Samuel y Mercedes contemplan con preocupación el futuro de sus dos hijas ante la inminente descolonización de Marruecos y el regreso de los españoles del Protectorado a la Península. Estamos en Melilla, son los años cincuenta y, en ese contexto de cambio e incertidumbre, el matrimonio decide viajar a Málaga para establecerse en una España que comienza a abrirse lentamente a la modernidad.

La buena reputación es una novela sobre la herencia que recibimos del pasado y sobre el sentimiento de pertenencia, la necesidad de encontrar nuestro lugar en el mundo. Autor imprescindible de las letras españolas, Ignacio Martínez de Pisón da vida en estas páginas a unos personajes inolvidables, en un retrato nítido y veraz de la vida cotidiana y el devenir de una familia. Una lectura maravillosa a la que uno desea volver porque en ella vemos reflejadas nuestras propias vivencias y la nostalgia de aquellos momentos que se pierden en el recuerdo.

El autor 

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© Malcolm Otero Barral

Nació en Zaragoza en 1960 y reside en Barcelona desde 1982. Es autor de más de quince libros, entre los que destacan las novelas La ternura del dragón (1984), Premio Casino de Mieres, Carreteras secundarias (1996), llevada dos veces al cine, María bonita (2000), El tiempo de las mujeres (2003), Dientes de leche (Seix Barral, 2008), galardonada con el Premio San Clemente 2009 y el Premio Giuseppe Acerbi 2012, El día de mañana (Seix Barral, 2011), por el que recibió el Premio de la Crítica 2011, el Premio Ciutat de Barcelona 2012, el Premio de las Letras Aragonesas 2011 y el Premio Hislibris de Literatura Histórica 2011, y La buena reputación (Seix Barral, 2014), Premio Nacional de Narrativ...

Otros títulos del autor 

Otros premios 

Premio Nacional de Narrativa
Año 2015

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