Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.
Cerrar
PlanetadeLibros > Lo que le falta al tiempo
portada_lo-que-le-falta-al-tiempo_angela-becerra_201702011946.jpg
Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/03/2017
480 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3812-8
Código: 10173541
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
Facebook
Twitter
Novedad

Lo que le falta al tiempo

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 248.00
Comprar
Booket
Vota
  • Valoración media: 0
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
 

Una fascinante novela de sentimientos que, línea tras línea, hará vibrar al lector hasta el final.

Primer capítulo 

 

 

 

Ella pensaba que la muerte era obscena, hasta que abrió el armario. Durante quince años había estado tentada de tocarla, pero su madre le había advertido que los muertos no se tocan.

Había llegado el día. Su madre ya no estaba para impedírselo y ella se sentía más sola que nunca. ¿Sería fría como imaginaba? ¿O aquella sensación de vida que parecía emanar de aquel cuerpo adolescente, encogido por el tiempo dormido, le regalaría algo más que una presencia sacrílega y muda?

Tiró de la palanca y el gran cofre de cristal aristado surgió de la oscuridad. Limpió con delicadeza la capa de polvo incrustado, hasta ver aparecer del fondo aquellas pestañas clausuradas que de pequeña tantas veces había querido abrir con sus propios dedos. ¿Por qué nunca había despertado por más que la llamaba?

Una luz cenital cayó de lleno sobre La Santa, marcando como un pincel los claroscuros de su tez sonrosada y serena, interrumpida por las marcas dejadas por las piedras. Sí, a pesar de las heridas infligidas con alevosía y de los cientos de años transcurridos entre esos cuatro cristales, la muerta seguía siendo bella: una bella dormida.

Ahora que volvía a verla, sentía que ese cuerpo la inundaba de calidez. ¿Los muertos acompañan más que los vivos?

¿Dónde había quedado aprisionado el corazón de esa pequeña adolescente? Una paloma blanca sin alas. ¿Seguiría latiendo inmóvil con sus sueños vacíos de esperanzas?

 

La cerradura lloraba óxido y sus manos, empapadas de presagios, vacilaban. Levantó la tapa y cuando estaba a punto de acariciar el rostro de La Santa, una antigua medalla que descansaba sobre el pecho inerte llamó su atención.

¿Era un escudo? Parecía un extraño símbolo, una especie de moneda que, a modo de jeroglífico, entrecruzaba algunas letras latinas creando un círculo cerrado, intrigante y bello. La retiró despacio, procurando no rozar los ropajes deshilachados de la muerta, temiendo despertarla de su eterno letargo. Después, en un gesto instintivo, miró a lado y lado buscando quien la recriminara. Nadie; sólo los ojos amarillos de su gata la observaban ausentes. Un pequeño robo, un regalo para su cuello. Más tarde, no tuvo el valor de tocar a la muerta por miedo a confirmar sus sospechas. ¿Y si estaba fría como su padre y su madre? ¿Y si se deshacía como las alas de una mariposa entre sus dedos? Seguiría pensando que era tibia; tan tibia y cálida como una hermana.

No estaba preparada para perder a otro ser querido. No, por ahora.

Empujó de nuevo el arca y el mecanismo volvió a esconder en la penumbra aquel secreto tan celosamente guardado.

Salió a la calle con la sensación de saberse protegida; la medalla que ahora llevaba escondida entre sus senos había pertenecido a La Santa; era como si estuviera a su lado y a cada paso que daba le dijera «estoy aquí, junto a tu corazón».

Cruzó la rue Saint-Jacques y tomó el camino de siempre, entreteniendo sus ojos en las empezuñadas gárgolas de la iglesia de Saint-Séverin; dragones, águilas y leones, como aves rapaces, parecían rugirle desde lo alto. Ahora ya no les temía. Después de abrir el sarcófago y enfrentarse cara a cara con la muerte, le quedaban pocos miedos por resolver.

El bullicio de las terrazas acabó por envolverla en alegrías. Su barrio tenía el alma joven y esa mañana de junio ella celebraría su veintitrés cumpleaños regalándose lo que llevaba ansiando desde hacía mucho: recibir clases del gran pintor y maestro Cádiz.

 

Sus cuadros eran un grito de provocación distante y a la vez intimidatorio. Parecía deleitarse manoseando la psiquis del observador hasta extraerle los deseos más escondidos, produciendo un estado de hipnosis sobre su obra de la cual era imposible liberarse.

Desde hacía años seguía su trayectoria. Lo conocía todo de él; su trazo inimitable, su personal colorido, su magistral técnica pictórica, y lo admiraba con veneración de principiante, aunque estaba dispuesta a que no se lo notara.

Habían hablado por teléfono, y a ella le pareció demasiado fácil todo. ¿Le estaría tomando el pelo?

En el trayecto al estudio de aquel gigante de la pintura acabó por decidir que se haría imprescindible; una alumna ejemplar capaz de aportar algo que al pintor le fallaba en sus cuadros: los pies. Aquellos manchones informes no acababan de estar a la altura del resto de su obra y habían acabado convertidos en uno de sus sellos, pero a ella no podía engañarla: era pintora y estaba convencida de que no sabía hacerlos mejor.

 

Una vez cruzó las entrañas de París, salió del metro en el Boulevard Montparnasse y fue deambulando entre mesas y tiendas. Todavía le quedaban treinta minutos y no iba a llegar ni un segundo antes, ni uno después. Caminó y caminó hasta alcanzar la calle que aparecía en el plano.

Frente al número 2 del passage de Dantzig se detuvo. Lo que veía no podía ser cierto. Aquello era una isla donde parecía gemir la naturaleza en su abandono. Decenas de cabezas mutiladas rodaban por los suelos entre madreselvas sin madre y cuerpos sin dueño. Un gato del color de la madera dormía sobre una mesa abandonada, mientras los pájaros hacían de las suyas en ese paraíso perdido en medio del tiempo. Sabía que el taller de Cádiz estaba en pleno corazón del barrio, lo suponía grandioso, pero lo que nunca llegó a imaginar es que fuera exactamente La Ruche, el pabellón de las Indias Británicas construido por Eiffel para la Exposición Universal de 1900. Parecía a punto de venirse abajo. A la entrada, las cariátides cansadas de años resistían estoicas el peso de la fachada. Tocó el timbre. Una voz grave, de violonchelo ronco, la invitó a pasar llamándola por su nombre.

¿Cómo sabía que era ella? ¿La estaría observando?

De pronto, sus manos le escurrían ansiedades. Se miró en el cristal de la ventana y se gustó.

El olor a trementina, pintura y disolventes le dio la bienvenida. Un desorden infernal se respiraba, sofocándola. Cientos de botes esparcidos por el suelo, en medio de diarios extendidos, fotos, montículos de arena, sacos de cemento, pegamentos, médiums, espátulas y pinturas derramadas, amenazaban con devorarla. No quedaba un solo centímetro limpio. Chorreones de acrílicos, óleos y gomas habían ido formando una especie de suelo lunar con cráteres y empinadas colinas de difícil acceso. ¿Cómo podía alguien trabajar en medio de semejante caos? Parecía que durante años nadie lo hubiese limpiado. A pesar de ello, aquel pabellón circular era una auténtica obra de arte de la arquitectura. Por un momento imaginó a Chagall, Kandinsky, Soutine, Modigliani, Giacometti, Calder, Picasso, todos sus ídolos reunidos en ese espacio único, y su pensamiento fue interrumpido por los pasos del pintor.

 

Lo vio venir enfundado en su mono de trabajo y todo él le pareció un cuadro viviente. Desde la serpiente de humo que dejaba su pitillo hasta los brochazos amarronados de su ropa llevaban su huella artística. Se detuvo frente a ella mirándola con ojos estacionarios y después de un largo silencio en que logró intimidarla, le habló.

—Mazarine, ¿se puede saber qué buscas?

—Aprender.

—Aprender… —repitió Cádiz succionando con avidez el cigarrillo que colgaba de su boca—. Qué ingenua eres. ¿No sabes que tu mejor maestro eres tú?

—Un pintor también tiene derecho a querer saber más.

¿Hay algo de malo en ello? Sólo trato de ser una buena artista.

—Yo no puedo darte lo que no tienes. ¿Tienes algo que dar?

—No sé… pruébeme.

—Tienes que saber. Dime… ¿llevas algo en tu interior? Mazarine no sabía a qué interior se refería. Los ojos del pintor la repasaban sin clemencia, arrancándole la ropa. Le contestó desafiante.

—Claro. Todos llevamos algo dentro.

—Pues sácalo fuera. Deja que otros lo vean. Desnúdate frente al mundo, sin pudores ridículos. Recuerda, Mazarine: tu obra será tu verdadero espejo. Será ella, inclemente, quien hablará de ti.

La chica se quedó pensando. Su interrogatorio la turbaba. ¿Quién se había creído que era? ¿Dios? No tuvo tiempo de decirle nada. Volvía a hablarle.

—Para empezar… no me gusta que vayas con zapatos en mi estudio. Descálzate… sentirás la materia.

Mazarine se quitó las sandalias, dejando al descubierto sus delicados pies. Era verdad. Bajo su piel, el suelo era un inmenso cuadro seco que además la hería. Un pinchazo en uno de sus dedos la devolvió a la realidad. Aprendería a caminar sobre ese espacio sin herirse.

Mientras Cádiz buscaba entre el caos de materiales esparcidos algo que darle a la chica, una mujer desnuda, sentada sobre una plataforma circular, esperaba instrucciones del pintor.

—Toma… —Cádiz le entregó una tabla sucia—. Quiero que pintes directamente sobre esta madera.

—¿Qué pinto?

—No seré yo quien te lo diga. Nunca te diré lo que tienes que expresar. Eso sólo debe venir de ti.

Mazarine se fijó en los pies de la modelo y decidió obviar de un solo trazo todo el cuerpo, centrándose en ellos.

Le demostraría que ella sí podía dar algo, algo que a él le faltaba.

Empezó a tomar apuntes con destreza y Cádiz no pudo retirar los ojos de sus pies desnudos; una ínfima gota de sangre posada sobre uno de ellos destacaba su blancura. Eran perfectos, hermosamente cincelados y rozaban lo divino. Nunca en toda su vida había visto pies más finos. Parecían dos estilizadas alas. De repente, algo que llevaba tiempo entumecido se avivaba dentro de él. ¿Serían los pies de su nueva alumna los que le provocaban ese inesperado despertar?

No te pierdas...
Llévate este libro a tu web / blog
Compartir:
Facebook Twitter Delicious Digg Google Meneame
Llévate este enlace:

Sinopsis 

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su vida se verá conmocionada por la aparición de Cádiz, un genio de la pintura, creador de un movimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites.

Con esta fascinante novela, Ángela Becerra, reconocida como creadora del Idealismo mágico, penetra en lo más hondo del alma de los personajes y lleva al límite la eterna dualidad humana.

El autor 

000013834_1_becerra.jpg
© Ángela Tellez

Cali, Colombia, 1957

Estudia diseño publicitario y comunicación y, hasta 1988, trabaja en agencias de publicidad de Cali y Bogotá, primero como redactora y más tarde como directora creativa. En dicho año llega a España y trabaja en Barcelona, donde desde entonces reside, consiguiendo numerosos premios por sus múltiples trabajos creativos.  Pero la pasión más íntima y profunda de Ángela siempre ha sido escribir. Por esa razón, en abril de 2000 y en pleno éxito profesional, deja sus veinte años de carrera publicitaria para dedicarse de lleno a trabajar en su pasión. Su primera obra publicada fue Alma abierta (2001), un libro de poemas escrito a golpes de luces y sombras.

...

Otros títulos del autor 

Llévate este libro a tu web / blog 

portada_lo-que-le-falta-al-tiempo_angela-becerra_201702011946.jpg

Una fascinante novela de sentimientos que, línea tras línea, hará vibrar al lector hasta el final.

Incrusta este gadget en tu propio espacio virtual. Sólo tienes que incrustar el código haciendo copiar y pegar.

DÉJATE SORPRENDER 

FACEBOOK