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PlanetadeLibros > Madame Bovary
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/03/2017
448 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3934-7
Código: 10178940
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Austral
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Madame Bovary

Colección Austral
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 198.00
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Austral
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La historia trágica de una joven de provincia que busca inútilmente la felicidad.

Primer capítulo 

PRIMERA PARTE

 

 

I

 

Nos encontrábamos en la sala de estudio, cuando entró el director seguido de un «novato» con atuendo provinciano y de un bedel que traía un gran pupitre. Los que dormitaban se espabilaron, y todos nos pusimos en pie como sorprendidos en nuestro trabajo.

El director nos indicó que volviéramos a sentarnos; entonces, dirigiéndose al prefecto de estudios, le dijo a media voz:

—Monsieur Roger, le traigo a este alumno para que se incorpore con los demás. Entra en quinto. Si su trabajo y su conducta le hacen acreedor a ello, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a su edad.

El «novato», que se había quedado rezagado en un rincón, detrás de la puerta, de tal modo que apenas le podíamos ver, era un chico de pueblo, de unos quince años, y de bastante mayor estatura que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo con flequillo como un sacristán de aldea, y parecía modoso y un tanto azorado. Aunque no era ancho de hombros, su chaquetón de paño verde con botones negros debía de tirarle en la sisa, y por la abertura de las bocamangas se le veían unas muñecas enrojecidas como las de alguien acostumbrado a ir siempre remangado.

Su pantalón amarillento, muy tenso por los tirantes, dejaba al descubierto sus pantorrillas, ceñidas con medias azules. Calzaba un par de zapatos, no muy limpios y guarnecidos de clavos.

Comenzamos a recitar las lecciones. Él las escuchó muy atento, como si estuviera en un sermón, sin atreverse siquiera a cruzar las piernas o a apoyarse en un codo, y a las dos, cuando sonó la campana, el prefecto de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en la fila.

Al entrar en clase, solíamos tirar las gorras al suelo para quedarnos con las manos más libres; había que lanzarlas desde el umbral bajo el banco, de tal manera que golpeasen contra la pared levantando mucho polvo; así lo requería la costumbre.

Pero, ya fuera porque no hubiera advertido semejante maniobra, ya fuera porque no se atreviese a someterse a ella, lo cierto es que ya habíamos acabado los rezos y el «novato» seguía con la gorra sobre las rodillas. Era uno de esos tocados de características heterogéneas, en el que pueden encontrarse los elementos del gorro de granadero, del chapska, del sombrero de copa, del pasamontañas y del gorro de dormir; una de esas prendas desafortunadas, en resumidas cuentas, cuya muda fealdad adquiere profundidades de expresión comparables a las del rostro de un lelo. Ovoide y armada de ballenas, empezaba con tres morcillas circulares; luego alternaban, separados por una franja roja, unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo; venía a continuación una especie de saco rematado por un polígono acartonado y guarnecido con bordados de pasamanería, y de los que pendía, en el extremo de un cordón largo y fino, un pequeño colgante de hilos de oro en forma de bellota. La acababa de estrenar y la visera relucía.

—Levántese —le dijo el profesor.

Él se levantó y la gorra se le cayó al suelo. Toda la clase rompió a reír.

Se agachó para recogerla, pero el compañero que estaba a su lado se la volvió a tirar de un codazo. El chico la recogió por segunda vez.

—Deje usted ya la gorra en paz —dijo el profesor, que era un individuo bastante sagaz.

Se produjo entonces otra risotada que acabó de desconcertar al pobre muchacho, hasta el punto que llegó un momento en que no sabía si quedarse con la gorra en la mano, o dejarla en el suelo o ponérsela. Finalmente optó por sentarse de nuevo colocándosela sobre las rodillas.

—Levántese —insistió el profesor—, y dígame su nombre. El «novato» tartajeó un nombre ininteligible.

—¡Repita!

Y de nuevo oímos el mismo farfulleo de sílabas, ahogado por los abucheos de la clase.

—¡Más alto! —gritó el profesor—, ¡más alto!

El «novato», entonces, tomando una resolución heroica, abrió una boca desmesurada y, a pleno pulmón, como llamando a alguien, gritó: Char-bovari.

Se produjo entonces un alboroto que, iniciado súbitamente, fue subiendo de tono en un crescendo salpicado de voces agudas (aullidos, alaridos, pataleos, coreando sin cesar: ¡Charbovari! ¡Charbovari!), para ir luego declinando en notas aisladas, atenuándose a duras penas, aunque a veces resurgía de repente en alguna fila de bancos, donde estallaba alguna risotada reprimida acá o allá como petardo mal apagado.

Por fin, bajo la lluvia de amonestaciones, poco a poco se fue restableciendo el orden en la clase, y el profesor, una vez enterado del nombre de Charles Bovary tras hacérselo dictar, deletrear y releer, ordenó al pobre diablo que fuera a sentarse en seguida en el banco de los torpes, al pie de la tarima del profesor. El muchacho hizo ademán de obedecer, pero antes vaciló un momento.

—¿Qué busca usted? —preguntó el profesor.

—Mi go... —replicó tímidamente el «novato», lanzando en torno suyo miradas inquietas.

—¡Quinientos versos a toda la clase! —exclamó el profesor con voz furiosa, logrando así contener, como el Quos ego, una nueva borrasca—. ¡Cállense de una vez! —prosiguió luego con gesto indignado, al tiempo que se enjugaba la frente con un pañuelo que acababa de sacar de su birrete—: Y por lo que a usted se refiere —añadió, dirigiéndose al «nuevo»—, me copiará veinte veces el verbo ridiculus sum.

Y luego, en un tono más afectuoso:

—Y no se preocupe por su gorra, que no se la van a robar.

De nuevo se instauró la calma. Las cabezas se inclinaron sobre las carpetas, y el «novato» permaneció durante un par de horas en una compostura ejemplar, por más que, de vez en cuando, alguna que otra bolita de papel lanzada con una plumilla viniera a estrellarse contra su cara. Pero él se limpiaba con la mano y seguía inmóvil, con los ojos bajos.

Por la tarde, durante el estudio, sacó sus manguitos del pupitre, puso en orden sus cosas y rayó con gran esmero su papel. Le vimos trabajar a conciencia, buscando todas las palabras en el diccionario y tomándoselo todo muy a pecho. Gracias, sin duda, a esa voluntad tenaz de la que hizo gala, no tuvieron que mandarle a una clase inferior, ya que, por lo que se refiere a las reglas, aun cuando las conocía bastante bien, carecía de elegancia en los giros. Los rudimentos del latín se los había enseñado el cura del pueblo, dado que sus padres, por razones de economía, habían retrasado al máximo su entrada en el colegio.

Su padre, monsieur Charles-Denis-Bartholomé Bovary, ex cirujano mayor auxiliar, comprometido hacia 1812 en asuntos de reclutamiento, y obligado por aquella misma época a abandonar el servicio, había aprovechado entonces sus atributos personales para cazar al vuelo una dote de sesenta mil francos personificada en la hija de un comerciante de sombreros, prendada de su porte. Buen mozo, fanfarrón, habituado a hacer sonar fuerte las espuelas, con las patillas unidas a los mostachos, y con los dedos realzados con todo tipo de sortijas y vestido de trajes de colores vistosos, tenía todas las trazas del bravucón y el gracejo desenvuelto de un viajante de comercio. Ya casado, vivió dos o tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose tarde, fumando en grandes pipas de porcelana, no volviendo a casa por la noche hasta después de concluir los espectáculos y frecuentando los cafés. Su suegro murió sin dejar gran cosa; él se indignó, se metió a fabricante, perdió algún dinero, y por fin se retiró al campo con el propósito de explotar las tierras. Pero como entendía de agricultura tanto como de percales, montaba sus caballos en vez de enviarlos a la labranza, se bebía la sidra en botellas en vez de venderla, se comía las mejores aves del corral y lustraba las botas de caza con la grasa de sus cerdos, no tardó en percatarse de que lo mejor era abandonar toda especulación.

Por doscientos francos al año, encontró en una aldea, en los confines del País de Caux, con la Picardía, una especie de vivienda de alquiler, mitad granja y mitad residencia señorial; y, amargado, roído de pesares, acusando al cielo de sus males, envidiando a todo el mundo, se encerró a los cuarenta y cinco años, hastiado de los hombres, según decía, y decidido a vivir en paz.

Su mujer, en otro tiempo, había sentido auténtica devoción por él; le había amado con mil servilismos que habían acabado por apartarle aún más de ella. Tan jovial, expansiva y afectuosa antaño, a medida que envejecía, su carácter (como un vino que al orearse se convierte en vinagre) se fue tornando difícil, cáustico, nervioso. ¡Había sufrido tanto al principio, sin jamás quejarse, cuando le veía correr detrás de todas las pelanduscas del pueblo, y regresar por la noche hastiado y apestando a alcohol! Después se le soliviantó el orgullo y optó por callarse, tragándose la rabia con un estoicismo mudo que conservó hasta la muerte. Andaba siempre ocupada en trámites, en negocios. Visitaba a los procuradores, al presidente de la audiencia, permanecía atenta a los vencimientos de las letras, obtenía moratorias; y en casa, planchaba, cosía, lavaba la ropa, vigilaba a los jornaleros, pagaba las cuentas, mientras el señor, sin preocuparse de nada, continuamente sumido en una somnolencia hostil de la que sólo se despertaba para cosas desagradables, se pasaba las horas fumando junto a la lumbre, escupiendo en las cenizas.

Cuando dio a luz un hijo, hubo que encomendárselo a una nodriza. Luego, una vez criado y vuelto a casa, lo mimaron como a un príncipe. La madre le alimentaba a base de golosinas; el padre le dejaba corretear descalzo, y, dándoselas de filósofo, incluso llegaba a decir que por él podía muy bien ir completamente desnudo, como las crías de los animales. Contrariamente a las tendencias maternas, se le había metido en la cabeza un cierto ideal viril de la infancia, y a él quería acomodar la formación de su hijo, pretendiendo que se le educase rudamente, a la espartana, para que de ese modo adquiriese una robusta constitución. Le mandaba a dormir en una cama sin calentar, le hacía beber grandes tragos de ron y le enseñaba a hacer mofa de las procesiones. Pero el pequeño, pacífico por naturaleza, respondía mal a sus esfuerzos. La madre le llevaba siempre pegado a sus faldas; le recortaba figuras de cartón, le contaba cuentos, le dedicaba monólogos interminables, salpicados de alegrías melancólicas y de arrumacos cariñosos. Dentro del aislamiento de su vida, concentró en aquel niño todas sus vanidades dispersas y truncadas. Soñaba para él destinos elevados, le veía ya crecido, guapo, inteligente, ingeniero de caminos o magistrado. Le enseñó a leer y hasta a cantar dos o tres pequeñas romanzas acompañándose de un viejo piano que tenía. Pero a todo esto, monsieur Bovary, muy poco amigo de las letras, decía que todo aquello no valía la pena. ¿Acaso iban a tener algún día con qué mandarle a las escuelas estatales, conseguirle un cargo o ponerle un comercio? Además, para triunfar en el mundo bastaba con un poco de cara. Madame Bovary se mordía los labios y el chico vagabundeaba por el pueblo.

Se iba con los jornaleros al campo y perseguía a terronazos a los cuervos que se echaban a volar. Se atracaba de moras de las que crecían junto a las cunetas, guardaba los pavos armado de una vara, amontonaba el heno en las épocas de siega, corría por los bosques, jugaba a la rayuela en el atrio de la iglesia los días de lluvia, y, en las grandes solemnidades, le suplicaba al sacristán que le permitiera tocar las campanas para poder así colgarse de la gran soga con todo su peso y columpiarse con ella en su vaivén.

Así se crió como un roble. Sus manos se tornaron fuertes y su piel adquirió un color saludable.

Al cumplir los doce años, su madre logró que comenzara sus estudios. Se lo encomendaron al cura. Pero las lecciones eran tan breves y el chico las seguía tan mal, que no podían servir de mucho. Se las daba a ratos perdidos, en la sacristía, de pie, siempre con prisas, entre un bautizo y un entierro; o bien mandaba a buscarle después del Angelus, siempre que no tuviera que salir.

Subían entonces a su cuarto y se instalaban allí, con los moscardones y las falenas revoloteando alrededor de la vela. Hacía calor, el muchacho se adormilaba, y el bueno del clérigo, dejando descansar ambas manos sobre el vientre, se amodorraba a su vez y acababa roncando con la boca abierta. Otras veces, cuando el señor cura, al regresar de llevar el viático a algún enfermo de los alrededores, descubría a Charles holgazaneando por el campo, le llamaba, le sermoneaba un cuarto de hora y aprovechaba la ocasión para hacerle conjugar al pie de un árbol el verbo que le tocaba aquel día. Pero cuando no la lluvia, era un conocido que pasaba quien venía a interrumpirles. Por lo demás, el cura siempre se mostraba contento con su discípulo, y hasta decía que tenía muy buena memoria.

Pero Charles no podía seguir así mucho tiempo. Madame Bovary se mostró enérgica. Avergonzado, o simplemente cansado de oírla, el marido acabó por deponer su resistencia, aunque aguardaron un año más hasta que el chico hubiera hecho la primera comunión.

Transcurrieron otros seis meses, y, por fin, al año siguiente, mandaron a Charles al Colegio de Rouen, adonde le llevó su padre en persona, a finales de octubre, por la feria de San Román.

Hoy día a ninguno de nosotros nos resultaría posible recordar nada de él. Era un muchacho de temperamento pacífico, que jugaba en los recreos, trabajaba durante las horas de estudio, permanecía atento en clase, dormía perfectamente en el dormitorio general y comía bien en el refectorio. Se cuidaba de él un quincallero mayorista de la calle Ganterie, que iba a verle un domingo al mes, después de cerrar su tienda, le llevaba a pasear al puerto para que viera los barcos y después le volvía a traer al colegio a eso de las siete, poco antes de la cena. Los jueves por la noche, Charles solía escribir una larga carta a su madre, con tinta roja y cerrada con tres lacres. Después repasaba sus apuntes de historia o bien leía un viejo ejemplar del Anarchasis que andaba siempre rodando por el estudio. Durante los paseos, charlaba con el criado, que era del campo como él.

A fuerza de aplicación, logró mantenerse siempre entre los medianos de la clase e incluso una vez logró ganar un primer accésit de historia natural. Pero cuando acabó tercero, sus padres le sacaron del colegio para que estudiara medicina, convencidos de que podría valerse por sí mismo para terminar el bachillerato.

Su madre le buscó una habitación en un cuarto piso que daba a l’Eau-de-Robec, en casa de un tintorero conocido suyo. Ella misma ultimó las condiciones de la pensión, se agenció los muebles, una mesa y dos sillas, mandó buscar a su casa una vieja cama de madera de cerezo y compró además una estufilla de hierro con la suficiente provisión de leña para que su pobre hijo no pasara frío. Y al cabo de una semana se marchó, después de recomendarle encarecidamente que se portara bien ahora que iba a quedarse solo.

Cuando leyó en el tablón de anuncios el programa de las asignaturas que tenía que cursar, se quedó como aturdido: anatomía, patología, fisiología, farmacia, química, botánica, clínica y terapéutica, sin contar la higiene y la medicina general, nombres todos ellos cuya etimología ignoraba y que le parecían algo así como puertas de santuarios llenos de augustas tinieblas.

No alcanzaba a comprender nada; por más que escuchara, era incapaz de asimilar. Trabajaba, no obstante, sin descanso, forraba los cuadernos, asistía a todas las clases, no se perdía ni una sola visita. Cumplía con sus tareas cotidianas como un caballo de noria que da vueltas y vueltas con los ojos vendados sin tener idea de la tarea que está desempeñando.

Para ahorrarle gastos, su madre le mandaba todas las semanas, por el recadero, un trozo de ternera asada al horno, que le servía de almuerzo al volver a mediodía del hospital, al tiempo que golpeaba la pared con las suelas de los zapatos para entrar en calor. En seguida tenía que salir corriendo para acudir a las clases, al anfiteatro, al hospicio, y volver después a casa haciendo un largo recorrido. Por la noche, después de la frugal cena que le servía el patrón, subía a su cuarto y reanudaba su trabajo sin tan siquiera despojarse de las ropas humedecidas, que muy pronto comenzaban a emitir vaho en torno a su cuerpo ante la proximidad de la estufa al rojo vivo.

En los hermosos atardeceres de verano, a la hora en que las calles tibias se quedan vacías y las criadas juegan al volante en el umbral de las casas, abría la ventana y se asomaba. El río, que infunde a este barrio de Rouen el aspecto de una innoble y pequeña Venecia, discurría allá abajo, amarillo, violeta o azul, entre puentes y pretiles. Algunos obreros, agachados en la orilla, se lavaban los brazos en el agua. Grandes madejas de algodón se secaban al aire, colgadas de unas pértigas que sobresalían de lo alto de los desvanes. Y enfrente, más allá de los tejados, se extendía el cielo despejado y puro con el sol rojizo del ocaso. ¡Qué bien se debía estar allí! ¡Qué frescor en los bosques de hayas! Y se le dilataban las aletas de la nariz para aspirar los buenos olores de la campiña, que no llegaban hasta él.

Adelgazó, creció y su semblante adquirió una especie de expresión doliente no exenta de atractivo.

Naturalmente, por pura indolencia, fue abandonando todas las resoluciones tomadas con anterioridad. Un día faltó a la visita, al día siguiente a clase, y así, poco a poco, saboreando la pereza, acabó por no volver más por allí.

Se aficionó a frecuentar las tabernas, donde jugaba con pasión al dominó. Encerrarse tarde tras tarde en un sucio establecimiento público y ponerse a mover sobre unas mesas de mármol huesecillos de cordero marcados con puntos negros, le parecía un acto precioso de su libertad que le elevaba en su propia estima. Era como una iniciación a la vida, el acceso a los placeres prohibidos; y, al entrar, ponía la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual. Entonces, muchas cosas hasta ese momento reprimidas en él se fueron liberando; aprendió de memoria coplas que cantaba en las fiestas de bienvenida, se entusiasmó con Béranger, aprendió a hacer ponche y finalmente conoció el amor.

Consecuencia lógica de tanta tarea preparatoria, fue su fracaso rotundo en los exámenes de «oficial de sanidad. ¡Y pensar que aquella misma tarde le esperaban en casa para celebrar su triunfo!

Llegó a pie, se detuvo en la entrada del pueblo, mandó recado a su madre y se lo contó todo. Ella le disculpó, atribuyendo el fracaso a la injusticia de los miembros del tribunal, enderezó su ánimo y se encargó de arreglar las cosas. Monsieur Bovary tardó cinco años en conocer la verdad, que él aceptó como cosa pasada, incapaz, por lo demás, de suponer que un hijo suyo pudiera ser un necio.

Charles reanudó su trabajo y preparó sin interrupción las diferentes materias de su examen, aprendiéndose de memoria cada una de las preguntas y respuestas. Aprobó con bastante buena nota. ¡Qué día tan feliz para su madre! Lo festejaron con un gran convite.

¿Adónde iría a ejercer su profesión? A Tostes. No había allí más que un médico ya viejo. Hacía mucho tiempo que madame Bovary esperaba su muerte, y aún no se había ido al otro mundo el buen hombre, cuando ya tenía a Charles instalado enfrente como sucesor suyo.

Pero no bastaba con haber criado a su hijo, haberle hecho estudiar medicina y haberle encontrado un lugar como Tostes para que la ejerciera: necesitaba también una mujer. Y le buscó una: la viuda de un escribano de Dieppe, que tenía cuarenta y cinco años y mil doscientas libras de renta.

Aunque era fea, seca como un fideo y con tantos granos en la cara como brotes en una primavera, lo cierto es que a madame Debuc no le faltaban pretendientes. Para lograr sus propósitos, madame Bovary se vio obligada a ir eliminándolos uno a uno, e incluso desbarató muy hábilmente las intrigas de un chacinero que contaba con el apoyo del clero.

Charles abrigaba la esperanza de que el matrimonio le supusiera la posibilidad de una mejora en su condición, imaginando que de ese modo sería más libre y podría disponer de su persona y de su dinero. Pero fue su mujer la que tomó el mando; cuando estaban en público, debía decir esto y callarse aquello, tenía que ayunar todos los viernes, vestirse como a ella se le antojara y apremiar a los clientes morosos cada vez que ella se lo ordenaba. Le abría las cartas, acechaba sus pasos y hasta se atrevía a escuchar a través del tabique cuando tenía señoras en su consulta.

Había que servirle el chocolate todas las mañanas y tener con ella atenciones sin fin. Se quejaba constantemente de los nervios, del pecho, de sus humores. Le molestaba el ruido de los pasos; si se iban, la soledad se le hacía insoportable; si volvían a su lado, era sin duda con la esperanza de verla morir. Por la noche, cuando Charles regresaba a casa, sacaba de debajo de las sábanas aquellos brazos largos y flacos, le rodeaba con ellos el cuello, y haciéndole sentarse en el borde de la cama, se ponía a contarle sus penas: ¡la estaba olvidando, seguro que amaba a otra! Con razón le habían advertido que sería desdichada; y terminaba pidiéndole algún jarabe para su salud y un poco más de amor.

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Sinopsis 

 

Una de las decimonónicas obras maestras de la literatura francesa, que continúa cautivando lectores.

Insatisfecha de la cotidianidad de su vida como ama de casa, Emma Bovary se cuestiona día a día el sentido de su existencia. Es hasta que Rodolphe, un elegante hombre de mundo, la seduce cuando está convencida de que ha encontrado la razón vivir en esta pasión; sin embargo, le costará comprender que vive en un mundo ilusorio de amores y riquezas falsos.

El autor 

1821 | 1880

Gustave Flaubert está considerado como el introductor del realismo francés del siglo XIX. Su obsesión por el estilo, por la búsqueda del mot juste (la palabra justa), hizo que sus obras, consideradas como escandalosas por la sociedad de su tiempo, lograran un reconocimiento unánime por parte de la crítica y de sus compañeros de letras. Tímido hasta lo patológico y en ocasiones arrogante, Flaubert no se granjeó demasiadas amistades a lo largo de su vida. Su carácter, que podríamos calificar de inestable, le llevó a padecer crisis nerviosas que derivaron en una salud frágil. Flaubert, prematuramente anciano, murió de una apoplejía a los 58 años. Contemporáneo del otro gran genio de la liter...

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