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PlanetadeLibros > Recuento de poemas 1950-1993
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 16/09/2016
560 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3629-2
Código: 10167591
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket Joaquín Mortiz
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Recuento de poemas 1950-1993

Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
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Una obra imprescindible en la historia de la literatura hispanoamericana.

Primer capítulo 

El día

 

Amaneció sin ella.

Apenas si se mueve.

Recuerda.

 

(Mis ojos, más delgados,

la sueñan.)

 

¡Qué fácil es la ausencia!

 

En las hojas del tiempo

esa gota del día

resbala, tiembla.

 

 

 

Horal

 

El mar se mide por olas,

el cielo por alas,

nosotros por lágrimas.

 

El aire descansa en las hojas,

el agua en los ojos,

nosotros en nada.

 

Parece que sales y soles,

nosotros y nada...

 

 

 

Lento, amargo animal

que soy, que he sido,

amargo desde el nudo de polvo y agua y viento

que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

 

Amargo como esos minerales amargos

que en las noches de exacta soledad

—maldita y arruinada soledad

sin uno mismo—

trepan a la garganta

y, costras de silencio,

asfixian, matan, resucitan.

 

Amargo como esa voz amarga

prenatal, presubstancial, que dijo

nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,

que murió nuestra muerte,

y que en todo momento descubrimos.

 

Amargo desde dentro,

desde lo que no soy

—mi piel como mi lengua—,

desde el primer viviente,

anuncio y profecía.

 

Lento desde hace siglos,

remoto —nada hay detrás—,

lejano, lejos, desconocido.

 

Lento, amargo animal

que soy, que he sido.

 

 

 

Sombra. No sé. La sombra

 herida que me habita,

el eco.

(Soy el eco del grito que sería.)

Estatua de la luz hecha pedazos,

desmoronada en mí;

en mí la mía,

la soledad que invade paso a paso

mi voz, y lo que quiero, y lo que haría.

Este que soy a veces,

sangre distinta,

misterio ajeno dentro de mi vida.

Este que fui, prestado

a la eternidad,

cuando nací moría.

Surgió, surgí dentro del sol

al efímero viento

en que amanece el día.

 

Hombre. No sé. Sombra de Dios

perdida.

Sobre el tiempo, sin Dios, sombra, su sombra todavía.

 

Ciega, sin ojos, ciega

—no busca a nadie,

espera—,

camina.

 

 

 

Vieja la noche, vieja,

largo mi corazón antiguo.

 

¡Qué de brazos adentro

del pecho, fríos,

se mueven y me buscan,

viejo amor mío!

 

La noche, vieja, cae

como un lento martirio,

sombra y estrella, hueco

del pecho mío.

 

Y yo entretanto, ausente

de mi martirio,

entro en la noche, busco

su cuerpo frío.

 

No hay luna, locos,

desde hace siglos.

Sólo un breve milagro

cuando hace frío.

 

Me busca, viejo, el llanto,

y, sombra, río.

 

 

 

Yo no lo sé de cierto, pero supongo

que una mujer y un hombre

algún día se quieren,

se van quedando solos poco a poco,

algo en su corazón les dice que están solos,

solos sobre la tierra se penetran,

se van matando el uno al otro.

 

Todo se hace en silencio. Como

se hace la luz dentro del ojo.

El amor une cuerpos.

En silencio se van llenando el uno al otro.

 

Cualquier día despiertan, sobre brazos;

piensan entonces que lo saben todo.

Se ven desnudos y lo saben todo.

 

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

 

 

 

Me gustó que lloraras.

¡Qué blandos ojos

sobre tu falda!

 

No sé. Pero tenías

de todas partes, largas

mujeres, negras aguas.

 

Quise decirte: hermana.

Para incestar contigo

rosas y lágrimas.

 

Duele bastante, es cierto,

todo lo que se alcanza.

Es cierto, duele

no tener nada.

 

¡Qué linda estás, tristeza,

cuando así callas!

¡Sácale con un beso

todas las lágrimas!

 

¡Que el tiempo, ah,

te hiciera estatua!

 

 

 

Es la sombra del agua

y el eco de un suspiro,

rastro de una mirada,

memoria de una ausencia,

desnudo de mujer detrás de un vidrio.

 

Está encerrada, muerta —dedo

del corazón, ella es tu anillo—,

distante del misterio,

fácil como un niño.

 

Gotas de luz llenaron

ojos vacíos,

y un cuerpo de hojas y alas

se fue al rocío.

 

Tómala con los ojos,

llénala ahora, amor mío.

Es tuya como de nadie,

tuya como el suicidio.

 

Piedras que hundí en el aire,

maderas que ahogué en el río,

ved mi corazón flotando

sobre su cuerpo sencillo.

 

 

La Tovarich

 

Es mi cuarto, mi noche, mi cigarro.

Hora de Dios creciente.

Obscuro hueco aquí bajo mis manos.

Invento mi cuerpo, tiempo,

y ruinas de mi voz en mi garganta.

Apagado silencio.

 

He aquí que me desnudo para habitar mi muerte.

 

Sombras en llamas hay bajo mis párpados.

Penetro en la oquedad sin palabra posible,

en esa inimaginable orfandad de la luz

donde todo es intento, aproximado afán y cercanía.

 

Margie (Maryi) se llama.

 

Estaba yo con Dios desde el principio.

Él puso en mi corazón imposibles imágenes

y una gran libertad desconocida.

 

Voces llenas de ojos en el aire

corren la obscuridad, muros transitan.

(Lamento abandonado en la banqueta.

Un grito, a las once, buscando un policía.)

En el cuarto vecino dos amantes se matan.

Y música a pedradas quiebra cristales,

rompe mujeres encinta.

 

En paz, sereno,

fumo mi nombre, recuerdo.

 

Porque caí, como una piedra en el agua,

o una hoja en el agua,

o un suspiro en el agua.

Caí como un ojo en una lágrima.

 

Y me sentí varón para toda humedad,

suave en cualquier ternura,

lento en todo callar.

Fui el primero —hasta el último—

en ser amor y olvido,

ni amor ni olvido.

(Porque soles opuestos...

Siempre el mismo y distinto.

Igual que sangre en círculo —al corazón, igual.)

 

El porvenir que cae me filtra hasta perderse.

Yo soy: ahora, aquí, siempre, jamás.

 

Un barranco y un ave.

(Dos alas caminan en el aire

y en medio un madrigal.)

 

Un barranco.

(Ya no lo dijo. Calló, de pronto,

hoscamente, para callar.)

 

Un

(Quién sabe. Yo).

 

Cualquier cosa que se diga es verdad.

Antes de mi suicidio estuve en un panal.

(Rosa —Maryi— que ya rosal,

cualquier muerte es mortal.)

 

Ahora voy a llorar.

 

 

 

Pero nací también (porque nací)

al sexto sol del día,

en el último vientre de mi madre.

(Mi madre es mujer

y no tuvo ningún que ver con Dios.)

Hasta agotar sus senos me desprendí

(leche de flor bebí).

Mi padre me dijo: levántate y anda

a la escuela.

 

No lo he olvidado:

aire —piedra deshecha por una decepción,

río —el alba antes de abrir los ojos,

montaña —el cielo sembrado de árboles,

vuelo —amor.

 

A los quince ya sabía deletrear una mujer.

 

(A la orilla del tren capullos de luciérnagas

maduraban luces, hojas. Ausencia.

 

Yo traía un amor reteadentro,

sin hablar, al fracaso.

Uva de soledad.

Sin luna el mar.)

 

Algas en el subsuelo de mis ojos.

(Mudé de piel a cada caricia.)

 

 

 

Margie, la luna es rusa.

El cuello de Margie es alto y blanco,

 como de blando oro blanco. Ducal.

Y en sus redondos cabellos

mi mirada sueña.

 

Cuando me mira —algún día podría mirarme—

la conozco de rosa a abril.

 

Yo me moriría, si pudiera morirme,

al pie de sus ojos en sazón.

(Porque me duelen las manos de tanto no tocarla,

me duele el aire herido que a veces soy.)

 

 

 

Palabras para el fin:

Hebra de anhelo, sol menguante,

ovejas en la tarde sur.

 

Tibia la mansa hora de dormir.

 

Que todos mueran a tiempo,

Señor, que gocen, que sufran hoy.

 

Desampárame, Señor,

que no sepa quién soy.

 

Levanta las estrellas

y acuesta el reloj.

 

...Y fue en el día último cuando Se hizo Dios.

 

 

 

Amanece de tarde. Sin sol.

(Para sus manos un guante: mi corazón.)

 

Yo le hubiera injertado mis labios

en sus muslos, de dos en dos.

 

Ya no me alegro cuando estoy triste.

Apenas frío. Minuto en ron.

 

A lo largo de mí todos los muertos

bien muertos son.

(A las 5. Puntuales.

En el número 5 del panteón.)

 

Y la tarde nerviosa, se sacudió

el rocío llorón.

 

Entonces se enviaban suspiros en las rosas,

besos-palomas de balcón a balcón.

Pero la sucia noche revolvía alfileres,

sábanas, rezos, cruces, luto de amor.

 

Caras agrias, en sombra, el deseo encendió.

(¡Cuántos hijos tirados en paredes,

pañuelos, muslos, manos, por Dios!)

 

Muro de agua, la angustia, se levantó.

Humo rojo en mis venas. Transfigurado cielo.

De polvo a polvo soy.

 

 

 

Mina de minerales obscuros, de ciegos diamantes

tala de esmeraldas.

Agua tierna del pájaro

(húmedas ya de música las ramas),

buches de piedras que hace la pequeña cascada.

Milperío de tortillas para el indio,

indios de amor quemado y brazos todavía

(le podan esperanzas a su genealogía).

 

Una vereda buscando la llanura.

Y una brizna en mis ojos, de agua dura.

 

Magia de amor errante.

Fantasma, sombra, umbral.

 

Algo que soy, me viene a llevar.

 

(Hay un aroma obscuro

desde su cuello musical.)

 

Eso que nunca he dicho

empiezo a callar.

 

¡Lleva ya tanto tiempo

de ser fugaz!

 

(Le prestaré mis ojos

cuando quiera llorar.)

 

¡Cómo el viento en retazos,

cómo la lleva en granos,

cómo de azul cristal!

 

 

 

Uno es el hombre.

Uno no sabe nada de esas cosas

que los poetas, los ciegos, las rameras,

llaman “misterio”, temen y lamentan.

Uno nació desnudo, sucio,

en la humedad directa,

y no bebió metáforas de leche,

y no vivió sino en la tierra.

(La tierra que es la tierra y es el cielo,

como la rosa rosa pero piedra.)

 

Uno apenas es una cosa cierta

que se deja vivir —morir apenas—

y olvida cada instante, de tal modo

que cada instante, nuevo, lo sorprenda.

 

Uno es algo que vive,

algo que busca pero encuentra,

algo como hombre o como Dios o yerba

que en el duro saber lo de este mundo

halla el milagro en actitud primera.

 

Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,

fácil y rigurosa y verdadera

toda intención de amor que nos habita

y toda soledad que nos perpetra.

 

Aquí está todo, aquí. Y el corazón  aprende

—alegría y dolor— toda presencia;

el corazón constante, equilibrado y bueno,

se vacía y se llena.

 

Uno es el hombre que anda por la tierra

y descubre la luz y dice: es buena;

la realiza en los ojos, y la entrega

a la rama del árbol, al río, a la ciudad,

al sueño, a la esperanza y a la espera.

 

Uno es ese destino que penetra

la piel de Dios a veces,

y se confunde en todo y se dispersa.

 

Uno es el agua de la sed que tiene,

el silencio que calla nuestra lengua,

el pan, la sal, y la amorosa urgencia

de aire movido en cada célula.

 

Uno es el hombre —lo han llamado hombre—

que lo ve todo abierto, y calla, y entra.

 

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Sinopsis 

Recuento de poemas 1950 / 1993

La obra completa de Jaime Sabines se reúne en esta edición revisada y contrastada con los documentos originales del poeta, en la que se recuperan poemas que habían sido excluidos en algunas ediciones anteriores.
 

«Un Baudelaire contemporáneo.» Donald F. Fogelquist

 

«Uno de los poetas fundamentales, no sólo de México sino de Hispanoamérica y la lengua castellana.» Mario Benedetti

 

«Uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible.» Octavio Paz

 

«El gran inconforme, el dueño de una rebelión auténtica.» Carlos Monsiváis

El autor 

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Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 25 de Marzo de 1926 | México, D. F., 19 de Marzo de 1999

(Tuxtla Gutiérrez, 1926 – México., 1999) es uno de los poetas mexicanos más importantes del sigloxx. Poeta imprescindible para miles de lectores en todos los países de lengua hispana, a lo largo de su vida fue distinguido con varios reconocimientos: Premio Chiapas 1959 ―otorgado por el Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas―, Premio Xavier Villaurrutia 1973, Premio Elías Sourasky 1982, Premio Nacional de Literatura 1983, Premio Juchimán de Plata 1986, Presea de la Ciudad de México 1991, Medalla Belisario Domínguez 1994 y el Premio Mazatlán de Literatura 1996, entre otros. El carácter coloquial y comprometido de su poesía, así como su conmovedora claridad, lo convirtieron en uno de los poet...

Otros títulos del autor 

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