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PlanetadeLibros > Sálvese quien pueda
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 15/03/2017
168 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3947-7
Código: 10178933
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Obras de J. Ibargüengoitia
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Sálvese quien pueda

Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
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El libro está dividido en tres secciones seleccionadas estratégicamente, para reunir escritos con temáticas similares de la vida diaria.

Primer capítulo 

Las mujeres

 

Las mujeres, como individuos, son muy necesarias, y pueden parecernos admirables, fascinantes, incomprensibles, insoportables, etc. Consideradas como grupo social, en cambio, resultan desafortunadas y ligeramente patéticas.

Se quejan de todo, de sufrir más que los hombres, de trabajar más que ellos y, paradójicamente, de no servir más que de adorno.

Una de sus grandes esclavitudes es la obligación de ser bellas.

El concepto de belleza femenina aceptado por una cultura determinada va variando con la moda, pero siempre está equivocado. En algunas sociedades se acostumbra ponerles a las mujeres platos entre los labios, para dejárselos flojos y volverlas más atractivas, en otras, meterles los pies en hormas para que se les hagan cuadrados, en otras, plancharles el pelo para que parezcan lacias, en otras, pintarlo de rubio para que parezcan güeras, en otras, fajarlas para que parezcan flacas y en otras ponerles postizos para que se vean más gordas.

El resultado de estos trabajos es casi siempre lamentable. Hojear un catálogo de bellezas pasadas de moda o de otra parte del mundo es, por lo general, tan estimulante como ver fotografías de presidentes municipales.

Pero estas son las mujeres en bola. Cuando un hombre llega a su casa, le cuesta trabajo entender que las mujeres de su familia, aquellos seres que ve allí sentados, tan tranquilos, tan seguros de sí mismos, forman parte de un grupo oprimido, explotado y postergado… ¡por los hombres!

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Son inferiores?

 

Los que no somos ni famosos, ni completamente desconocidos estamos participando constantemente en encuestas. Suena el teléfono y alguien, conocido, me pregunta qué opino de la obra de teatro ―que no he visto― que acaba de ser prohibida, de la película que no va a profanar nuestras carteleras, de la renuncia de Fulano, etcétera. Pero el tema que se lleva el primer lugar por la frecuencia con que aparece en las encuestas es la liberación femenina.

Durante los últimos seis meses he contestado preguntas como éstas: ¿cuál sería para usted la ley que debería ser aprobada en este año, que fuera a su juicio, más benéfica para lograr la liberación de la mujer?, ¿está usted en pro o en contra de la liberación femenina?, ¿cree usted que la mujer mexicana está capacitada para usar la píldora?, ¿merece la mujer mexicana ser liberada?, ¿considera usted que las mujeres son inferiores a los hombres?

Si quiero quedar como retrógrado, contesto: «la mujer, en casa y con la pata rota»; si, en cambio, considero que conviene parecer comprensivo, contesto: «han sido víctimas de muchas injusticias, pobrecitas».

Lo mejor, probablemente, es ser positivo, pero cínico, como Inglaterra con sus colonias: «que se liberen, y que se atengan a las consecuencias». En la base del movimiento de liberación femenina está, según las mujeres liberadas, el concepto aceptado por nuestra sociedad y completamente erróneo, de que la mujer es, de por sí, inferior al hombre.

En mi caso, cuando menos, esta idea no fue innata, ni siquiera apareció en la infancia.

Al contrario, si se me hubiera ocurrido entrar en esta clase de disquisiciones y partiendo de la premisa de que dependencia significa inferioridad, estoy convencido de que hubiera llegado a la conclusión de que yo, hombre, era inferior a las mujeres que me alimentaban, me bañaban, lavaban mi ropa, me daban órdenes, me enseñaban a coger la cuchara, me contaban cuentos sobre el origen del universo y después me enseñaron a leer y a escribir y por fin, una historia de México en la que la Corregidora era más importante que el cura Hidalgo.

Mi primera experiencia escolar la tuve en una escuela tan ridícula que hasta los niños de párvulos teníamos novia. Mi primer pleito a golpes lo tuve con un niño llamado Oscarito, por una niña llamada Algae. De Oscarito no recuerdo más que los lagrimones y de Algae los pelos amarillos. Estoy seguro de que no la veía como ser inferior. Al contrario, el inferior era yo, porque me sacaron sangre de las narices.

En la siguiente escuela había una niña llamada Cristina que era brutísima. Nunca logró aprender los nombres de las cuatro calzadas que conducían a la antigua Tenochtitlán. Ésa, de plano, para clasificación de inferiores, calificaba. Sin embargo, yo estaba enamorado de ella. Ahora ha de ser una gorda madre de familia. ¿Dónde estás, Cristina?

El primer barrunto que tuve de que estaba tratando con seres inferiores me lo dio la policía. Todo ocurrió en la Glorieta Washington. Estaba jugando con mis primos, los Cerrojo, y algo hizo mi prima Cerrojo que me enojé, le metí una llave y la tumbé al suelo. Inmediatamente apareció un gendarme.

―¿No te da vergüenza, niño, tumbar así a tu hermanita?

―No es mi hermanita, es mi prima.

―Bueno, no es tu hermanita, pero es más chiquita.

―No es más chiquita, es un año mayor que yo.

―Bueno, no es más chiquita, pero es mujercita, y los hombrecitos nunca deben golpear a las mujercitas, porque son más débiles.

Esta revelación marca uno de los momentos culminantes en mi vida social. Desde entonces, cada vez que veía una niña, le metía una llave y la tumbaba al suelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son diferentes, indefensas y particulares

 

Es posible que las mujeres valgan tanto como los hombres, pero de que son diferentes a nosotros no cabe la menor duda. Los que dicen que con la moda «unisex» los hombres parecen mujeres y las mujeres hombres son pésimos observadores. Pasando los dieciocho años ni chongos, ni aretes, ni acolchonaduras, ni barbas postizas valen. Los transvestistas dan el gatazo sólo durante poco tiempo y cuando el que los observa está pensando en otra cosa.

Pero aparte de las diferencias fisiológicas, de las que no voy a tratar por el momento, están los atributos específicos de cada sexo, que varían constantemente con la época, la latitud, la situación económica y la cultura de cada pueblo y que sin embargo, la mayoría de los individuos considera características inmutables.

Muchas veces estos atributos están formulados en máximas heredadas, completamente falsas. «Los hombres no lloran», por ejemplo. Yo lloré cuando el general Mariles y «Arete» ganaron la prueba de los seis días en la Olimpiada de Londres. Es posible que esta máxima haya sido verdadera hace muchos años y que los zuavos no hayan llorado, por ejemplo, en la Batalla de Puebla, pero ahora es falsa. Yo veo hombres llorando a cada rato, en las cantinas, cuando se acuerdan de los buenos que fueron con su mamacita, que a su vez, también, fue tan buena y cariñosa, hoy difunta.

Otras veces, el atributo del sexo es pura convención. Una de estas convenciones, hoy en desuso, es la facilidad con que las mujeres se desmayaban en la primera mitad del siglo pasado. Prueba de esto la tenemos en las obras de teatro español romántico. Basta con que alguien saque una espada en escena ―cosa que ocurría un promedio de veinte veces por obra― para que doña Elvira o doña Ana, la que esté presente, dé el batacazo.

Ahora bien, esta convención no puede deberse solamente a que de vez en cuando los autores no hallaban qué hacer con la heroína y la desmayaban. Tiene que corresponder a una propensión real de las mujeres de aquella época. Propensión que ya no existe. Cuando en nuestro medio una mujer se desmaya, a nadie se le ocurre pensar que es atributo del sexo, sino cosa de llamar a un médico.

Yo estoy de acuerdo con los que explican que las mujeres se desmayaban antes con más frecuencia que ahora porque usaban muchas enaguas y corset con barbas de ballena. Recordemos que la señora Baker, una de las grandes exploradoras de las Fuentes del Nilo, estuvo a punto de ahogarse en un pantano ―en lo que hoy es Ruanda Urundi― porque le cogió un aguacero y la crinolina que llevaba pesaba tanto que casi la sumergió. Su marido, que llevaba ropa más adecuada ―polainas y saracof― tuvo que ir a jalonearla para salvarla.

Al oír estas anécdotas ridículas, las feministas dirían:

―Los hombres son tan perversos, que inventaron los corsets y las crinolinas, para producir en la mujer una inferioridad ficticia.

De acuerdo, pero como dice el dicho, «el diablo sabe a quién se le aparece».

¿Serán las mujeres más tontas que los hombres?

Francamente, no. Cuando menos, no todas. Pero hay una circunstancia que quiero subrayar y que, admito, puede deberse a que vivimos en una sociedad masculina.

Es la siguiente: cuando una mujer es inteligente, es decir, que piensa con claridad, sin impedimentos, con precisión y si es posible con rapidez, nos cuesta trabajo descubrir los rasgos que diferencien este pensamiento del de un hombre. Es decir, que la inteligencia, cuando funciona, es asexual.

En cambio, la estupidez es, por lo general, atributo de sexo. El discurso improvisado de un académico de la lengua, que me tocó oír el otro día ― dicho ante cuatro personas― que comenzaba, «Puerto Rico, faro de América…», no puede ocurrírsele a una mujer. En cambio, hay estupideces absolutamente femeninas. Una mujer con la que yo trabajaba llegó un día a la oficina encantada: acababa de sacarse treinta mil pesos en la lotería. Nos preparamos a oír sus planes ―el coche nuevo, cambiarse de casa, el viaje a Europa, mandar al niño a aprender inglés a Inglaterra, etcétera―. Chasco. Ya había gastado el dinero. ¿En qué? Había comprado una vajilla, de Bavaria, para veinticuatro personas, a precio que no era ni siquiera de contrabando. Esto es lo que yo considero una estupidez absolutamente femenina.

 

 

 

 

 

 

 

Son atractivas, fatales y seducidas

 

―Dicen por ahí (sic) ―decía Jorge Negrete en una canción― que Dios hizo a la mujer para regalo del hombre.

La canción seguía «Pero ¡ay, que caray!», etcétera, eso ya no cuenta. La primera frase podría entrar en el himno de guerra de la liberación femenina, agregándole «dice el opresor».

No hay nada que le dé más coraje a una mujer liberada que alguien se le acerque en la calle y le diga: «Chulita».

―Desde tiempos inmemoriales ―dicen las mujeres― los hombres nos han considerado objetos sexuales, y no se han dado cuenta de que somos seres humanos. ¡Cobardes!

Yo, francamente, creo que ésta es una exageración. La gran mayoría de las mujeres no son consideradas objetos sexuales más que a ratos, y cada una de ellas por una fracción diminuta de la población masculina. Algunas nunca en su vida han sido objeto de ese género de opresión.

Esta leyenda feminista y el concepto que la genera ―que cada hombre es un Rey Fouad en chiquito― son muy socorridos y el origen de otra leyenda: la de que el hombre, con la perversidad que lo caracteriza, ha inventado la moda femenina, para convertir a la mujer en un objeto de placer y restarle dignidad, entre otras cosas.

Esto supondría que las mujeres no liberadas ―que siguen siendo la mayoría― no piensan más que en agradar a su dueño y señor y que este afán es lo que las hace perder entre una y tres horas diarias poniéndose vestidos de chaquiras, colgándose joyas, probándose pelucas y maquillándose.

¿Y todo esto lo hace la mujer no liberada por un hombre? ¿O, aunque fuera, por varios? No lo creo. Mientras más pienso en estos asuntos más me convenzo de que las mujeres se visten como se visten, se cuelgan joyas, se ponen peluca y se maquillan para demostrar que pueden hacer todas estas operaciones mejor que otras mujeres.

El hombre no sólo no es la razón de ser ni el objetivo de este ritual femenino, sino, en la mayoría de los casos, el que paga la cuenta y en muchos el que la cobra.

Otro punto álgido en el fenómeno de liberación de la mujer es el matrimonio. Según parece, las mujeres liberadas consideran que esta institución es un invento típicamente masculino que tiene por objeto producir en la mujer la ilusión de seguridad y respetabilidad, cuando en realidad es un instrumento de sujeción.

Cuando me pongo a explicar esto, me siento transportado a otra época: la mujer en casa, lavando pañales, o fregando una escalera de mármol, mientras su marido se ríe a carcajadas en un comedor privado del Maxim’s y descorcha una botella de champaña. Está rodeado de prostitutas.

Pero esta imagen es errónea porque si nos vamos a la belle époque, la señora tiene servidumbre de primera. No. La mujer está en una junta de la Asociación de San Vicente de Paul y el señor, como dijimos, en Maxim’s. O bien, la mujer está en la joyería Weisman, escogiendo un collar de esmeraldas, y el marido en el despacho de un agiotista, firmando una letra de cambio.

Pero este paréntesis viene de una canción que encontré publicada en The Feminist Art Journal. Notable, el autor es Apollinaire ―«Los Pechos de Tiresias»― pero la canción está citada con el comentario: «estas palabras podrían ser de las feministas de los años setentas, para quienes poco ha cambiado la situación desde que fueron escritas, hace sesenta años».

La canción dice:

 

No, señor Marido, no va usted a darme órdenes.

Una cosa es que me haya hecho usted el amor en Connecticut.

Y otra que tenga yo que cocinar para usted en Zanzíbar.

 

¿Cuántas feministas son tan buenas para cocinar que los hombres se las quieren llevar a fuerzas a Zanzíbar?

Cuando pienso en esto más me convenzo de que las variedades de la experiencia humana son ilimitadas.

 

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Sinopsis 

 

Ya sea en artículos periodísticos, memorias de la infancia o en una obra de teatro jamás representada, Jorge Ibargüengoitia conserva la soltura para hablar de cualquier tema con su tono mordaz característico. En estas páginas el lector puede disfrutar en igual medida temas como la guerra de Independencia o la equidad de género con una sonrisa en los labios.

Sálvese quien pueda reúne una selección de escritos hecha por el mismo autor, que evoca con nostalgia los días pasados, pero sin asegurar que «lo de antes era mejor».

El autor 

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© Archivo Joy Laville

Guanajuato, México, 22 de Enero de 1928 | Mejorada del Campo, España, 27 de Noviembre de 1983

Nació en la ciudad de Guanajuato, en 1928 y murió en Madrid en 1983. Su obra abarca novelas, cuentos, obras de teatro, artículos periodísticos y relatos infantiles. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim. Obtuvo, entre otros, los siguientes reconocimientos: el Premio Casa de las Américas en 1964 por su primera novela, Los relámpagos de agosto, y el Premio Internacional de Novela México en 1974 por Estas ruinas que ves. Colaboró en diversas revistas y suplementos culturales de gran importancia en nuestro país. El reconocido crítico literario Christopher Domínguez afirmó de él: "...hizo de su obra, trágicamente truncada, un corr...

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