Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.
Cerrar
PlanetadeLibros > Señorita Vodka
portada_senorita-vodka_susana-iglesias_201703092007.jpg
Ficha técnica
Fecha de publicación: 17/04/2017
216 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-4039-8
Código: 10173724
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Maxi
Facebook
Twitter

Señorita Vodka

Colección Maxi
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 198.00
Comprar
Tusquets
Vota
  • Valoración media: 0
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
 

Esta historia se tiende sobre las relaciones humanas y las expone con una insolente cercanía

Primer capítulo 

1

 

 

 

 

 

Ten piedad de los hombres. No saben lo que hacen.

 

La noche que tuve un revólver entre las manos empezaron mis días de miseria. Si me ves no lo imaginas; si hablas conmigo, tampoco. Nadie puede abrir el corazón de una persona que no existe. Soy una mujer que construyó su vida entre una débil torre de enlodados desamores, rabia, deseo. Los corazones turbios y obsesivos llegan a la claridad entre llovizna; aguanieve mezclada en vodka helado, dolor, traiciones, balas. La ruleta rusa era mi juego favorito; también apostar, correr autos a velocidades de vértigo; lo vuelvo a escribir: la ruleta rusa era mi juego favorito, apostar a que perdería también, hace tanto tiempo, es un recuerdo borroso, duele, ese recuerdo miente, no soy yo, ahora mismo pondría seis balas y la ruleta rusa dejaría de ser mi juego favorito. Sí, cargué durante toda mi vida recuerdos podridos; no veo por qué habría de ser diferente ahora que debo sobrellevarlo durante mi presente y futura etapa de cadáver ambulante.

Presiono el gatillo, puedo sentir la pulsación en las sienes, puedo sentir aquellas palabras que permanecen allí, lo que duele creció más. En los jardines fangosos de la memoria hoy florecen balas. Una bala es una oportunidad. Infarto, eso decía el acta, igual que mi padre: infarto por las decepciones, por la soledad. No se trata de lo que conservamos, se trata de lo que perdemos. Arrancaste mi piel de ti. Llevo conmigo ese dolor imborrable de verte parado en la avenida, en medio de la madrugada. No cerraste la puerta. Aquel taxi nos alejó para siempre.

 

 

 

2

 

 

 

 

 

Misántropa amistosa, escribí en aquel anuncio: MISÁNTROPA AMISTOSA DE ENORMES CADERAS BUSCA TRABAJO SENCILLO. MUY BIEN PAGADO. PENDEJOS, BROMISTAS Y EMBUSTEROS ABSTENERSE. Varios contestaron a mi anuncio, sólo uno llenó mis exigencias: Preséntate con ropa de trabajo a las seis de la tarde en Eje Central esquina con República del Salvador. Llegué puntual; mi date me reconoció por mis preciosos tacones, luego caminamos al sitio de trabajo. Puticlub de segunda vacío, dos clientes nada más, así fue mi primer día, cariño, vamos a recordarlo, poco a poco, no hay prisa. En esta cantina el vodka es barato, mi vaso está por terminarse, afuera llueve. Pienso en el deseo, he deseado hombres cuyos autos valen más que todo lo que he ganado en mi vida; ellos también me han deseado: empiezan los problemas. Pienso en Judas, amado por una mujer rica, acostado en una cama de spa en la Riviera Maya. Un amigo me dijo: «¿Quién putas va a la Riviera Maya? Sólo ese güey y Elton John, no me chingues; por cierto, el pinche Elton acaba de dar un concierto ayer», lo miré desconcertada. Él no lo conoce, habla así porque no lo conoce.

Papirriqui adora el dinero, es un hombre sensible aunque sus gafas sean Tom Ford y provengan de la explotación de millones de niños asiáticos. El último día de trabajo en el puticlub sentí la necesidad de purificarme. Entré a rezar a una iglesia con mis putitacones en la mano, no sea que llevarlos puestos ofenda a J.C. Quise rezar, pero no pude recordar ninguna de las oraciones que nos fotocopiaban en el tiempo del colegio. Sin querer la aguja de uno de mis putitacones rozó mi otra pantorrilla, el dolor me animó, me despertó del letargo de sentirse perdido. Deslicé la aguja hasta el muslo, más arriba, hasta el culo, clavándola. Deslizándola y clavándola. Una línea roja, dos líneas rojas, tres líneas rojas sangrantes desde la pantorrilla hasta el culo. Pobre de mí, sumida en la absoluta infelicidad, no contenta con torturar a los santos que me miraban con rostros afligidos, estaba condenada a torturarme. J.C., te juro que pagaré todo, todo lo que he hecho, es más: todas las ventanas que rompí en casa para escapar por las noches cuando tenía dieciséis, ¡mátame aquí, ahora!, envía mi cuerpo helado a Garibaldi con Pey y los amigos del tapanco, no me castigues de este modo, no permitas que me desangre ante estos pinches santos culeros con cara de malcogidos. J.C., no jodas ¿cómo permites santos en tu iglesia? No lo olvides, todos esos dieron la vida por ti en cuevas, murieron asesinados a manos de los romanos, un verdadero cristiano no cree en los santos. Sálvame, sácame de aquí. No creas que porque alguno de los vagos del parque que duermen aquí te quitó la cabeza, me creo el rollito de que no me escuchas.

¿Sabes por qué vengo a esta iglesia? Porque nadie viene aquí, ¡qué hermosa es la Plaza de la Conchita!: diminuta iglesia, sus vagos, sus amaneceres, sus tardes, las noches son mis favoritas, me gusta sentarme en las bancas a ver fumar a la Paloma, una chica muy bella. Qué tristeza, pronto van a restaurar las obras de la ciudad, deberían restaurar su institución de dinos, ¡dejen en paz a los verdaderos artistas de esta ciudad!, como Paloma, que hace en el tubo lo que ni una bailarina de la Compañía Nacional de Danza podría hacer, amén. Saco de mi bolsa mi anforita: té de limón con vodka, mi estómago arde, baila un twist. Tengo hambre. Dos días sin comer. Pienso en los sándwiches calientes que Cindy dejaba afuera de mi cuarto, en aquella inmunda pensión de MacArthur Park. Ayer tenía tanta hambre que abría las puertas de mi habitación una y otra vez esperando que apareciera ese sándwich, después rogué a J.C. por uno, jamás apareció. J.C., fuck off, ¡vete a la chingada!, si no puedes aparecer un sándwich, menos puedes aparecer mil panes o hacer que los ciegos vean.

 

 

 

3

 

 

 

 

 

Existes porque me dueles, por esa razón sigues existiendo. Tienes dos defectos: eres un buen hombre —te comparo con los hijos de puta que se me han atravesado—, aunque también muy cruel cuando te lo propones, y yo soy blanda cuando se trata del corazón, irascible, grosera, impulsiva. Sabes que no puedo con eso, con lo de cortar comunicación, quiero llevar las cosas al final todo el tiempo; gran problema. Pienso en tus caricias, en el primer beso aquella noche en tu sillón, ese beso que se convirtió en tantos y tantos que guardé por años, y eso que a mí no me gusta besar a nadie. Pienso en aquellas promesas y palabras, las empaqueto todas en un apartado postal sin remitente. No puedo llorar más —será que ya no quiero—. No siento nada, ni tristeza, ni miedo, ni coraje, ni dolor, nada, veo mi vida como si me asomara en el destino de otra persona. Observo una foto tuya que imprimí, la guardé en una Moleskine roja; en segundos, sin dudar, la rompo, se la regalo al aire. Intenté comer el último chocolate que me diste, no pude, me dieron ganas de llorar, lo arrojé en el primer bote de basura que se me atravesó. Antes de despegar, sonreí. No se necesita valor para dejar todo atrás, tan sólo cinismo. W, sé que tendrás domingos más afortunados que los míos, me olvidaste, has dado delete a una historia de tantas en tu vida; como mujer te digo: no hay nada más triste que sentarse en un tren de metro californiano —paraíso de sueños— y querer regresar a buscar a alguien que te olvidó. Como escritora, puedo mejorar mis historias, cerrar capítulos e incluso borrar personajes, moverlos, hacerlos saltar del pasado al presente o enviarlos a un futuro que jamás llegará o a un futuro simple/indicativo, matarlos en un párrafo o en una línea o dos; es la magia podrida de la palabra escrita, puedes destruirte, volver a construir algo donde no queda nada. Nunca creí lo del remordimiento, estás metido en otras piernas y faldas, creo que algo salió mal, decidiste enviarme al congelador como ese vodka que te llevaba algunas noches. Estoy en el paraíso viviendo un infierno, la moneda girará a mi favor en algún momento; pasa todo el tiempo, aterricé de este lado, sueño con el cielo azul de Oaxaca, en Oaxaca sueño con el cielo azul de California, en California con aquellos encapotados cielos de Londres y también con el azul metal gris de Finlandia. Long Beach luce muy triste los domingos, Venice, demasiado alegre, hippie, con olor a hierba, Hollywood Boulevard no duerme ni deja de soñar, la green es más triste los domingos que los lunes, cómo quisiera no haber arrojado mi teléfono celular en aquel bote de basura en Sunset, quizá podría llamar y decirte: «¿Sabes qué?, no estoy de acuerdo con esa manera tuya de sumirme en la puta infelicidad, tienes que venir aquí o voy a arrojarme a los tiburones en Malibú».

Nada… me recargo en el cristal del metro, bajaré en el downtown, necesito comprar una maleta, dos pantalones, una blusa o dos, tenis, gloss y desodorante, rentaré una habitación en MacArthur con vista al infierno, de ahí a Vine Station a la hora feliz; al anochecer arrastraré mi alma hasta Lynwood buscando un plato de sopa caliente, la conversación en español. Tomaré muy temprano un tren desde la Artesia, a las siete empacaré parrillas de sushi. A veces la ausencia es una forma de triunfar, de borrarse, una elección digna de no aceptar que uno está totalmente perdido. Te escribí desde el corazón, no funcionó, apelaré a la mentira con el próximo hombre, le diré que no lo amo —eso funciona con algunos, con otros funciona la obsesión—, le diré que veo su rostro en los cristales de todos los autos de la ciudad, le diré que no me he ido a la cama con nadie o casi nadie, que él es el mejor, le ocultaré todas mis porquerías; sobre todo: no lo besaré jamás. Estoy muerta, lo sé, ¿sabes qué?, todos vamos a estar muertos, unos antes que otros, mi funeral se adelantó, no importa, vodka para todos y un norteño, tóquenme «Un puño de tierra». Quiero que me entierren junto a mi perro de la infancia. Pienso en la muerte; al diablo con la muerte espiritual, a veces uno necesita saber que el otro ya no respira para dejar de sentirse tirano, es por defensa, somos tan débiles. No quiero que te mueras nunca, eso que te dije es mentira, prefiero morir a saber que algo pudiera ocurrirte, eres demasiado bueno, sin compararte con nadie, eres bueno por ti mismo, por tu forma pausada de construir con paciencia la intimidad entre dos personas —y no, no eres bueno si te pongo al lado de los hijos de puta que se me han atravesado, ya te lo dije: eres bueno por ti—.

Nada se olvida. Cierro los ojos y en la ficción puedo regresar a tu sofá, beberme el vodka helado, recoger mi taza, darte las gracias por el vodka, olvidarme de todas nuestras palabras, puedo volver a cerrar los ojos, vuelvo a llorar, estoy sola, ahora sí estoy sola, no crees más en mí, desde ese día la vida me abandonó.

 

No te pierdas...
Llévate este libro a tu web / blog
Compartir:
Facebook Twitter Delicious Digg Google Meneame
Llévate este enlace:

Sinopsis 

Señorita Vodka, teibolera casi por elección, seduce en bares de Los Ángeles y prostíbulos de la Ciudad de México. Estas dos ciudades, reflejo una de otra, son testigos de sus andanzas y de sus encuentros con cinco hombres. A través de cartas y evocaciones, ya melancólicas ya indiferentes, esta historia se tiende sobre las relaciones humanas y las expone con una insolente cercanía.

El autor 

000024285_1_Garcia_Susana_200_201510212032.jpg

México, D. F., 1978

Nació en el Centro Histórico, que sigue siendo su barrio. Fue merecedora del Premio Aura Estrada en 2009, lo que le permitió realizar tres residencias en las colonias de escritores Ucross (Wyoming), Ledig House (Nueva York) y Santa Maddalena (La Toscana). Asimismo fue becaria del Programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2011-2012.

Otros títulos del autor 

Llévate este libro a tu web / blog 

portada_senorita-vodka_susana-iglesias_201703092007.jpg

Esta historia se tiende sobre las relaciones humanas y las expone con una insolente cercanía

Incrusta este gadget en tu propio espacio virtual. Sólo tienes que incrustar el código haciendo copiar y pegar.

DÉJATE SORPRENDER