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PlanetadeLibros > The night manager (El infiltrado)
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 29/03/2016
544 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-3384-0
Código: 10139592
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
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The night manager (El infiltrado)

La novela que ha inspirado la serie AMC

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 248.00
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Una historia lo suficientemente compleja e intensa para aguantar tanto el peso filosófico como el ritmo trepidante que, combinados, convierten a John le Carré en el gran narrador que es.

             San Francisco Chronicle

Primer capítulo 

 

Hacían el amor cada día o cada noche. En las primeras horas de la madrugada, cuando él volvía de la discoteca, Yvonne esperaba despierta en la cama su discreta señal en la puerta. Él se acercaba de puntillas y ella le atraía a lo más profundo de su cuerpo, su último trago antes del desierto. Su manera de hacer el amor era casi estática. La buhardilla era como un tambor, cualquier ruido retumbaba por todo el edificio. Cuando ella empezaba a gritar de placer, él le ponía la mano sobre la boca y ella se la mordía, dejándole en el pulgar la marca de sus dientes.

—Si tu madre nos descubre, me va a echar —le dijo él.

—Y qué —susurró ella, arrimándose más—. Me iré contigo. —Parecía haber olvidado todo cuanto le había dicho acerca de sus planes.

—Necesito un poco más de tiempo —insistió él.

—¿Para el pasaporte?

—Para ti —replicó él, sonriendo en la oscuridad.

Ella no quería que se fuera, pero no se atrevía a retenerle. Madame Latulipe tenía la manía de presentarse en su cuarto a las horas más intempestivas. «¿Duermes, mi cocotte? ¿Eres feliz? Sólo faltan cuatro semanas para la boda, mon p’tit choux. La novia ha de descansar.»

Una vez, cuando apareció su madre, Jonathan estaba acostado junto a Yvonne a oscuras, pero por fortuna madame Latulipe no encendió la luz.

Fueron en el Pontiac azul claro de Yvonne a un motel que había en Tolérance, y gracias a Dios que él le dijo que saliera primero de la habitación, porque cuando se dirigía al coche oliendo todavía a él vio a Mimi Leduc sonriéndole a medias desde el coche contiguo.

Tu fais visite au show? —chilló Mimi, bajando su ventanilla.

—Ajá.

C’est super, n’est-ce pas? ¿Tú as vu le vestidito negro? ¿El très estrecho, très sexy?

—Ajá.

—¡Me lo he comprado! Toi aussi faut l’achêter! Pour ton aju-aaar!

Hicieron el amor en una habitación desocupada mientras su madre estaba en el supermercado, y también en el armario de los uniformes. Ella había adquirido la temeridad del obseso sexual. El riesgo era como una droga para ella. Se pasaba el día entero preparando el momento de estar a solas con él.

—¿Cuándo irás a ver al cura?

—Cuando esté preparada —contestó ella con algo de la singular dignidad de Sophie.

Yvonne decidió estarlo al día siguiente.

 

El viejo cura Savigny nunca había defraudado a Yvonne. Desde pequeña ella le había confiado sus apuros, victorias y confesiones. Cuando su padre la emprendía a golpes con ella, era el viejo Savigny quien le curaba el ojo amoratado y la convencía.

Cuando su madre la volvía loca, el viejo Savigny se reía con ganas y le decía: «A veces es un poco tonta.» Cuando Yvonne empezó a acostarse con chicos, él nunca le dijo que se lo tomara con calma. Y cuando perdió la fe él se entristeció, pero Yvonne continuó visitándole cada domingo después de esa misa a la que ya nunca acudía, provista de lo primero que pillaba en el hotel: una botella de vino o, como aquella noche, de whisky escocés.

—¡Bon, Yvonne! Siéntate. Dios mío, estás como una manzana en su punto. Pero, santo cielo, ¿qué me traes? ¡Soy yo el que debe hacer regalos a la novia!

Bebió a su salud, retrepado en su silla y mirando al infinito con sus acuosos ojos de viejo.

—En Espérance estamos obligados a amarnos los unos a los otros —afirmó Savigny en plena homilía para futuros matrimonios.

—Lo sé.

—No hace mucho, éramos todos unos desconocidos, todos echábamos de menos la familia, nuestro país, todos teníamos miedo del monte y de los indios.

—Lo sé.

—Así que nos unimos. Y nos amamos los unos a los otros. Fue algo natural. Necesario. Y consagramos nuestra comunidad a Dios. Y nuestro amor a Dios. Nos convertimos en Sus hijos de la tierra salvaje.

—Lo sé —dijo otra vez Yvonne, deseando no haber venido.

—Y hoy en día somos buenos ciudadanos. Espérance ha crecido. Es un lugar bonito, agradable, cristiano. Pero aburrido.

¿Cómo es Thomas?

—Maravilloso —dijo ella, cogiendo su bolso.

—Pero ¿cuándo me lo vas a presentar? Si es por tu madre que no le dejas venir a Espérance, es hora de someterle a la prueba de fuego. —Se rieron los dos. A veces el viejo Savigny podía ser así de perspicaz, e Yvonne le quería por ello—. Ha de ser un chico interesante para pescar a una chica como tú. ¿Está muy ansioso? ¿Te ama con locura? ¿Te escribe tres veces al día?

—Thomas es más bien olvidadizo.

Rieron de nuevo mientras el viejo cura repetía «olvidadizo» y meneaba la cabeza. Ella abrió su bolso y extrajo dos fotografías envueltas en celofán y le entregó una a él. Luego le tendió las viejas gafas de montura metálica que él tenía sobre la mesa. Y esperó a que enfocara la fotografía.

—¿Este es Thomas? ¡Santo Dios, pero si es muy guapo! ¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Olvidadizo? ¿Éste? ¡Tu madre se pondría de rodillas a los pies de un hombre así!

Mirando todavía la foto de Jonathan con el brazo estirado, la puso de lado para captar la luz que entraba por la ventana.

—Voy a llevármelo de luna de miel sorpresa —dijo Yvonne—. Él no tiene pasaporte. Le pondré uno en la mano cuando estemos en la capilla.

El anciano estaba ya buscando un bolígrafo en su chaqueta. Ella le tendió uno que tenía preparado. Dio la vuelta a las fotografías y miró cómo el cura las firmaba una detrás de otra a velocidad de crío, en su calidad de ministro de la Iglesia a quien las leyes de Quebec autorizaban a formalizar matrimonios. Yvonne sacó del bolso el impreso azul para solicitar pasaportes: «Formule A pour les personnes de 16 ans et plus», y le señaló dónde debía firmar otra vez como testigo por ser conocido personal del solicitante.

—¿Y cuánto hace que le conozco? ¡Si yo nunca he visto a este tunante!

—Ponga que de toda la vida —dijo Yvonne, y vio que escribía «La vie entière».

«Tom —le telegrafió ella triunfante aquella noche—: La Iglesia necesita tu partida de nacimiento. Mándamela urgente a Babette. Quiéreme mucho. Yvonne.»

Cuando Jonathan rozó la puerta de su cuarto, ella fingió que dormía y no se movió. Pero cuando él estuvo al lado de su cama, ella se irguió y le abrazó con más furia que nunca.

—Lo he hecho —le susurró una y otra vez—. ¡Lo conseguí!

¡Verás cómo funciona!

 

 

Fue poco después de este episodio y prácticamente a la misma hora del anochecer cuando madame Latulipe efectuó su visita previamente concertada al obeso inspector de policía en su magnífico despacho. Ella llevaba un vestido malva, quizá en señal de medio luto.

—Angélique —dijo el inspector, arrastrando una silla—. Siempre a tu disposición, querida.

Al igual que el cura, el inspector era un viejo rastreador. Fotografías con firma colgadas de las paredes le retrataban en la flor de su juventud, ya vestido de pieles llevando un trineo, ya como héroe solitario montado a caballo en plena persecución. Pero estos recordatorios le hacían un flaco servicio al inspector. Una rala barba blanca ocultaba ahora el en tiempos varonil perfil. Una brillante panza a modo de pelota marrón ocupaba la parte superior del cinturón de su uniforme.

—¿Alguna de tus chicas se ha metido otra vez en problemas? —preguntó el inspector con una sonrisita cómplice.

—Gracias por el interés, Louis, que yo sepa no.

—¿Alguien ha metido la pezuña en la caja?

—No, Louis, nuestras cuentas están en orden, gracias.

El inspector, al reconocer ese tono de voz, erigió sus defensas.

—Me alegro, Angélique. Últimamente se habla mucho de robos. Esto ya no es lo que era. Une p’tite copa?

—Gracias, Louis, pero no vengo en visita de cortesía. Deseo que investigues a un joven que ha contratado André.

—¿Qué es lo que ha hecho?

—Di más bien qué ha hecho André. Porque ha contratado a un hombre sin documentación. Creo que se ha comportado como un naïf.

—André es muy bondadoso. De lo mejorcito que conozco.

—Demasiado bueno, quizá. Ese hombre lleva con nosotros diez semanas y sus papeles no han llegado todavía. Nos ha puesto en una situación de ilegalidad.

—Bueno, Angélique, esto no es Ottawa, ya lo sabes.

—Dice que es suizo.

—Quizá sea verdad. Suiza es un buen país.

—Primero le dice a André que los de Inmigración le han retenido el pasaporte, luego le dice que está en la embajada suiza porque se lo han de renovar, y ahora que lo tiene no sé qué otra autoridad. ¿Dónde?

—Bueno, yo no lo tengo, Angélique. Ya conoces Ottawa. Esos mariquitas se tiran tres meses para limpiarse el culo —dijo el inspector, sonriendo imprudentemente su afortunada frase.

Madame Latulipe se sonrojó. No fue un rubor decoroso, sino una cetrina y desigual furia que puso nervioso al inspector.

Ése no es suizo —dijo ella.

—¿Y cómo lo sabes tú, Angélique?

—Porque he llamado a la embajada. Dije que era su madre.

—¿Y?

—Dije que estaba furiosa por la tardanza, que mi hijo no podía trabajar, que tenía deudas, que estaba deprimido, y que si no pueden mandarle el pasaporte que le envíen al menos una carta confirmando que todo está en regla.

—Creo que hiciste bien, Angélique. Eres una gran actriz. Todos lo sabemos.

—No tienen ninguna pista de él. No hay ningún Jacques Beauregard que sea suizo y que viva en Canadá, se lo ha inventado todo. Ese hombre es un seductor.

—¿Un qué?

—Ha seducido a mi hija Yvonne. Ella está loca por él. Es un impostor de cuidado y tiene pensado robarme a mi hija, robar el hotel, robarnos la tranquilidad, la alegría, la…

Madame Latulipe tenía una larga lista de cosas que Jonathan les estaba robando. La había confeccionado en sus noches de insomnio, añadiendo cosas a medida que su hija iba mostrando nuevos indicios de obsesión por el ladrón. El único delito que había omitido era el robo de su propio corazón.

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Sinopsis 

Al comienzo, Jonathan Pine es simplemente el encargado nocturno de un lujoso hotel. Pero, cuando un intento de traficar información acerca de un hombre de negocios internacionales con tratos sospechosos alojado en el establecimiento se vuelve en su contra de una manera terrible y empiezan a morir personas cercanas a él, Pine se compromete a luchar contra unas fuerzas cuyo poder no podría ni imaginar.

En un relato escalofriante sobre corruptas agencias de inteligencia, sumas millonarias y la verdad tras el brutal comercio de armas, John le Carré crea un mundo paranoico en el que no se puede confiar en nadie.  

El autor 

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© Anton Corbijn

Dorset, Inglaterra, 1931

Nació en 1931 y estudió en las universidades de Berna y Oxford. Impartió clases en Eton y sirvió brevemente en el servicio de inteligencia británico durante la Guerra Fría. Los últimos cincuenta años ha vivido de su pluma. Divide su tiempo entre Londres y Cornwall.

Otros títulos del autor 

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