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PlanetadeLibros > El tiempo de las mujeres
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 17/04/2017
416 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-4035-0
Código: 10184207
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
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El tiempo de las mujeres

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 228.00
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«Magistral. Historia de amor, saga familiar y documento histórico en una misma obra.»

El País

«Noble, sincero, Pisón ha trasladado a su narrativa una moralidad de la escritura sin adornos ni retóricas (…)puesta al servicio del placer de contar historias.»

Josep Massot, La Vanguardia

La historia de tres hermanas en la España posfranquista.

Primer capítulo 

 

1

 

María

 

 

 

El último coche de nuestro padre fue un Simca 1200 de color granate. Mamá había cubierto la tapicería con unas fundas de ganchillo, y en la bandeja trasera había puesto unos cojines con nuestros nombres: María, Carlota, Paloma. A nosotras esas fundas y esos cojines nos parecían horribles, y cuando digo nosotras la incluyo también a ella, nuestra madre, que decía que sí, que sí, que ya sabía que eran horribles pero que a nuestro padre le encantaban y qué le íbamos a hacer. Después papá murió y las fundas y los cojines siguieron ahí, y si alguna de nosotras sacaba alguna vez el tema, ella hacía un gesto que quería decir no me distraigas ahora, por favor, y decía exactamente eso:

—No me distraigas ahora, por favor.

No hacía ese gesto ni decía eso cuando le hablábamos de cambiar el papel de las paredes o de pintar el armario del dormitorio: sólo cuando se mencionaba el asunto de las fundas y los cojines, y no hacía falta ser un lince para darse cuenta de que esas fundas y esos cojines no le parecían tan horribles.

Otra de las expresiones características de nuestra madre era: Ha llegado el momento de coger el toro por los cuernos. Recuerdo habérsela oído al poco de quedar viuda, cuando por primera vez se enfrentó al Simca, que seguía donde mi padre lo había aparcado la noche misma de su muerte: delante del club White Horse. Estábamos las tres con ella, y cuando dijo que había llegado el momento de coger el toro por los cuernos creímos que iba a llamar a la puerta del burdel y montar un escándalo. Lo que hizo, sin embargo, fue meterse en el coche y preguntar:

—¿Y ahora qué?

Se refería a qué había que hacer para que aquello se pusiera en marcha. Mantenía la llave de contacto entre el pulgar y el índice como un cocinero que no se decide a echar esa última pizca de sal, y nos miraba, Paloma y Carlota sentadas en el asiento de atrás, yo en el del copiloto. Nos miraba como diciendo ¿me vais a explicar de una vez cómo funciona?, como exigiendo esa indicación simple y definitiva que debía convertir aquella inmovilidad en movimiento. De algún modo pensaba que los coches funcionaban solos y porque sí, que para que echaran a andar bastaba con girar una ruedecilla o pulsar un botón, como si se tratara de una lavadora o de un televisor. Le dijimos que tenía que meter la llave y hacer contacto y después quitar el freno de mano, eso de ahí era el embrague y ese otro pedal el acelerador, para el intermitente debía dar ahí...

—Pero, hijas mías —nos interrumpió ella con leve reproche—, ¿cómo podéis saber tanto?

Dijo eso como diciendo: ¿A quién creéis que engañáis? No puede ser tan complicado. Luego hizo uno de sus típicos mohines infantiles, y alegremente empezó a pisar pedales y a manipular las palancas del freno y del cambio. El motor estaba ya en marcha y, cuando quisimos darnos cuenta, el Simca dio un salto brusco y salió disparado hacia un cercano cruce de caminos. Soltamos las cuatro un grito unánime:

—¡Aaaaahhhh...!

Entre el cruce y nosotras había unos cien metros de carretera, una triste parada de autobús, un par de bancos de cemento, una hilera de abetos más bien raquíticos. Mamá, inmovilizada por el terror, no hacía otra cosa que aferrarse al volante y pisar con fuerza el acelerador, y mientras tanto el Simca seguía avanzando en primera, a una velocidad cada vez mayor y con un ruido de mil demonios.

—¡Haz algo, mamá! ¡Haz algo! —imploró Paloma, y ella apartó una de las manos del volante y empezó a santiguarse de un modo frenético y a repetir:

—¡Dios mío, ayúdanos, Dios mío, ayúdanos...!

Pero no, no era eso lo que nosotras esperábamos que hiciera, y entre Carlota y yo, ella desde el asiento trasero, yo desde el mío, agarramos como pudimos el volante y conseguimos esquivar uno de los bancos de cemento y los primeros abetos. Como nuestra madre seguía sin despegar el pie del acelerador, lo único que podíamos hacer era tratar de sortear los obstáculos que nos salían al paso, y el Simca avanzaba en zigzag entre el arcén de los abetos y el de la parada y los bancos.

—¡Aaaaahhhh...! —gritábamos con cada nuevo bandazo.

En algún momento el Simca debió de rozar algo, y eso terminó de desestabilizarlo. Perdido todo control sobre la dirección, el coche invadió la rotonda central aplastando setos y parterres y salió despedido hacia la pequeña acequia que, una decena de metros más adelante, cruzaba la carretera. La acequia bajaba casi sin agua y el coche se incrustó en el murete de hormigón del otro lado con un ruido seco de cristales rotos y un chapoteo final algo ridículo, las ruedas traseras girando en el vacío.

—¿Estáis bien, hijas mías? —preguntó mamá volviéndose a mirarnos—. Menos mal que he conseguido evitar lo peor...

Ninguna de las tres supo nunca a qué se refería con ese lo peor, y tampoco parecía aquél el momento de exten-derse en preguntas y consideraciones. Salimos todas por las puertas de la derecha (las de la izquierda se habían quedado atrancadas), y alguien, supongo que ella otra vez, volvió a preguntar:

—¿Estáis bien? ¿Seguro que estáis bien?

El susto y un golpe encima de una de mis cejas: eso fue todo. Paloma, presa de un ataque de nervios, empezó a gimotear y a repetir entre sollozos que éramos una familia sin suerte, primero papá y ahora casi nosotras, y las demás acudimos a consolarla. Pobrecita, tenía entonces catorce años y acababa de romper con su primer novio.

—¡Señoritas! —oímos que alguien nos llamaba. Estábamos en mitad de la acequia, el agua mojándonos

los tobillos, y no nos habíamos dado cuenta de que una veintena de mujeres nos observaba desde la orilla y el puente. Vestían batas de imitación seda, blusas desteñidas, amplias camisetas con propaganda de cerveza, y estaban todas como despeinadas y sin arreglar. Seguramente se habían levantado hacía poco, si no lo habían hecho al oír nuestros gritos. Prostitutas, pensé, porque estaba claro que eran las prostitutas de los clubes cercanos. Españolas casi todas, pálidas, rechonchas, con el pelo rubio y las raíces oscuras.

—No se preocupen por nosotras —dijo mamá—. No ha sido nada.

—Pues a ésa le está saliendo un buen chichón —replicó una.

—¡Rápido! ¡Un filete! —intervino otra.

—¡Mejor unos cubitos de hielo! —ordenó una tercera. De repente todas habían concentrado su atención en

mí, y era verdad que en la frente me estaba creciendo un bulto redondo y compacto como una pelota de golf. Salí de la acequia y las putas me rodearon para examinarme el chichón con una mezcla de admiración y espanto. Mamá volvió a decir que no se preocuparan por nosotras, que no había pasado nada, pero de un modo espontáneo acabó formándose una comitiva en dirección a los burdeles. Yo iba delante, en el grupo de las putas, y mamá y mis hermanas algo más atrás, al principio protestando, finalmente en silencio y como avergonzadas. No habíamos llegado al White Horse cuando alguien me colocó en la frente unos cubitos de hielo envueltos en una toalla.

—Mejor ahora, ¿verdad que sí? —me preguntaron.

—Preferiría sentarme —contesté.

—Claro, bonita. Por aquí.

El interior del White Horse olía a desinfectante perfumado. Un cubo con una fregona apoyada en un taburete impedía simbólicamente el acceso al bar, pero alguien dijo que el suelo ya se había secado y encendió los neones de colores que había detrás de la barra. Me hicieron sentar en un sofá con varias quemaduras de cigarrillo y a mi lado se iluminó también un farolito sostenido por una ninfa. No había ninguna ventana al exterior, las gruesas cortinas de la entrada cerraban el paso a la luz del sol: en aquel sitio siempre era de noche. Con un ojo tapado eché un rápido vistazo al local: tres columnas con baldosines de espejo, reproducciones de Gauguin en las paredes, una fuentecilla horrible con un caballo de escayola que justificaba el nombre del negocio. Yo había imaginado los prostíbulos como unos lugares misteriosos, no sabría decir si excitantes o siniestros, en los que se espesaba una atmósfera de peligro y perversión y donde la voluptuosidad era una presencia que lo impregnaba todo, como un olor, pero aquello era sólo un bar feo y sin encanto, y el único olor que había era el del desinfectante.

—¿Serían tan amables de darme un vaso de agua? —preguntó mamá, con una entonación de señorita de buena familia que no se avenía muy bien con aquel ambiente.

Una de las putas la condujo a la cocina, y yo miré a mis hermanas, sentadas en sendos taburetes, y creo que en ese momento las tres pensamos lo mismo: que aquél era el último lugar en el que había estado nuestro padre, que tal vez alguna de aquellas mujeres solícitas y vulgares había sido la última en hablar con él, en tocarle, en darle un beso si es que las prostitutas dan besos a sus clientes. Y de repente nos echamos a llorar. Nos echamos a llorar al mismo tiempo y sin mediar palabra, y el nuestro era un llanto incontenible y desesperado. Nos sentíamos desgraciadas, muy desgraciadas, pero eso no había manera de explicárselo a esas putas que ahora se preocupaban doblemente por nosotras, y mucho menos a nuestra madre, que enseguida apareció con su vaso de agua y que siempre creyó que su marido había muerto en el coche al volver de una cena de negocios.

 

 

 

Por entonces vivíamos en Villa Casilda, la vieja casa familiar del paseo de Ruiseñores. Se llamaba así en honor a nuestra abuela materna, y allí habían nacido mamá y su hermano Federico, que murió siendo niño, y allí también nací yo pero no mis hermanas, a las que ya cogió la época en la que no se paría en las casas sino en las clínicas.

Tenía Villa Casilda un jardín pequeño y descuidado, en el que destacaba la presencia de un níspero de tronco recio y copa frondosa que, pese a su aspecto vigoroso, solía dar unos frutos amargos y resecos, casi incomibles. Junto al níspero estaban un columpio oxidado y unos sacos de cemento que habían sobrado de unas obras en el sótano, y estaba también la caseta que primero fue sólo de Dama y que luego fue de Dama y de Mirón, su hijo de padre desconocido, y que después, cuando Mirón murió atropellado por el motorista de Telégrafos y su madre acabó muriendo de tristeza, ya no quisimos que fuera de ningún otro perro y quedó allí, abandonada e inútil, descascarillándose bajo la lluvia, pudriéndose. Todo eso estaba en la parte del jardín que daba a una calle estrecha con casas como la nuestra. El otro lado era el que daba al paseo, que ya por entonces empezaba a llenarse de edificios de apartamentos, con sus altas grúas y sus banderas de España ondeando en las azoteas. Allí la fachada estaba completamente cubierta de hiedra, que había alcanzado el tejado en su persecución de la luz, y cada año teníamos que podarla una o dos veces para evitar que cegara las ventanas. Al interior de la casa se accedía a través de una puerta demasiado grande en proporción al resto, con una escalinata y dos columnas neoclásicas más bien pretenciosas, y todas las ventanas de esa fachada estaban protegidas por unos postigos de listones que le daban un ligero aire mediterráneo.

Pero lo que más llamaba la atención era la torrecilla que coronaba el conjunto, una torre como de palais francés, de forma circular y con el tejado cónico y ojos de buey, como diseñada por un ilustrador de cuentos infantiles. Allí, en la Redonda, que era como llamábamos a aquella habitación, teníamos las tres establecido el lugar de nuestros juegos y disfraces, el de nuestras canciones y adivinanzas, un lugar que con el tiempo sería también el de las confidencias, las prácticas de baile, la petición de deseos mirando la luna. Recuerdo como algo vivo y cercano los dibujos del sol en la pared y los cristales, el silbido del viento a través de las rendijas, cierto crujido característico con que la escalera de caracol acogía nuestras pisadas. Recuerdo también los pequeños desconchados de la pared, la grieta que subía desde el suelo como un río con dos afluentes casi simétricos, el lugar exacto en el que una mano infantil (¿la de nuestra madre?, ¿la del desafortunado Federico?) escribió una fecha, 27-XII-43, que yo siempre consideré una referencia importante para alguien, acaso una efeméride privada, y que tal vez no fuera conmemoración de nada y sólo quisiera celebrar que ese día de ese mes esa mano infantil escribió esa fecha.

En el segundo piso estaban una habitación sin ventanas que utilizábamos para guardar trastos, el cuarto ropero y los dormitorios. El más grande, en el lado de la hiedra y el paseo, era el nuestro, el de Paloma, Carlota y mío. Los otros dos estaban enfrente: a la izquierda el de nuestros padres y a la derecha el de los abuelos, que luego fue sólo el del abuelo y finalmente el de invitados, aunque eso era nada más una forma de hablar porque en casa nunca teníamos invitados y aquella habitación mantenía el mismo mobiliario incómodo y solemne que cuando vivían los abuelos: el inmenso armario de tres cuerpos (seguramente lleno de folletos de propaganda y de anuncios de promociones que habían sido del abuelo), las fotografías enmarcadas de los últimos Papas hasta Pablo VI, la pesada cama de hierro forjado con adornos de bronce en la que nacieron mamá y su hermano Federico y en la que también nací yo pero no ya mis dos hermanas.

Esa cama, la de los nacimientos, era también la de las muertes, y se usó en los últimos velatorios de la familia. Del de la abuela no puedo acordarme pero sí del siguiente, el del abuelo, y entonces no me extrañó que la cama se bajara al primer piso y se instalara en la estancia noble de la casa, la biblioteca, con la chimenea de mármol a los pies, a un lado la vieja mesa de nogal y al otro las estanterías con la enciclopedia Espasa, las obras completas de Blasco Ibáñez y los Episodios nacionales encuadernados en tela. Digo que no me extrañó entonces sino años después, cuando tuve que ocuparme del velatorio de papá y traté de disponerlo todo tal como lo había visto en aquella ocasión anterior. ¿A quién se le pudo ocurrir la idea de velar a los difuntos en la biblioteca, donde la presencia de una cama (y no digamos de una cama con un muerto) siempre tendría algo de insólito y estrafalario?

Aquella noche de mayo, mientras le decía a mamá que no se preocupara, que yo me encargaría de todo, debió de ser la primera vez que fui consciente de estar comportándome como una persona adulta. Había llamado por teléfono Delfín, el tío Delfín, que no era nuestro tío pero lo llamábamos así porque lo considerábamos como de la familia. Eran más de las doce y yo misma corrí a contestar, y reconozco que es difícil de creer pero supe que mi padre acababa de morir. Lo supe desde el primer instante, antes incluso de que Delfín hablara, antes de que dijera que había ocurrido algo muy grave, María, algo gravísimo. Y todavía Delfín no había acabado de decir lo que había pasado y ya mamá y mis hermanas me rodeaban en la penumbra del salón, trémulas, silenciosas, adivinando también ellas lo que yo había adivinado.

—¿Quién es? ¿Qué pasa? —dijo mamá arrancándome el teléfono de la mano.

Acabada la conversación, se sentó en el sofá y se tapó la cara con las manos. Permaneció en esa postura no sé cuánto rato. Luego le di un beso en la sien, y fue entonces cuando le dije que no se preocupara y cuando por primera vez fui consciente de estar comportándome como una persona adulta. Subí al segundo piso, entré en el cuarto ropero y recorrí uno por uno todos los trajes de mi padre hasta encontrar el que andaba buscando, un milrayas de doble botonadura y chaleco a juego. De todos los suyos ése era mi favorito, el que mejor le sentaba, el que le daba un aspecto más mundano y juvenil, y yo en aquellas horas de dolor y aturdimiento sólo pensaba en proporcionar a mi padre un aspecto mundano y juvenil para toda la eternidad.

Entre Carlota y yo nos las arreglamos como pudimos para instalar la cama en la biblioteca, y junto a ella, estirado sobre la silla del escritorio, coloqué el milrayas. A media mañana llegó la furgoneta de la Sangre de Cristo. Llevaban el cadáver de papá en una caja negra con refuerzos metálicos que parecía el estuche de algún instrumento musical. Llegaron después dos empleados de la funeraria y con ellos venía Delfín, que olía a coñac y se mantuvo un buen rato abrazado a mí. Me preguntó si estaba segura de querer verlo en ese momento, antes de que terminaran de preparar el cadáver, y yo asentí con la cabeza, como si eso formara parte de mis nuevas responsabilidades de persona adulta. Entonces se abrió la puerta de la biblioteca, que ahora olía como las salas de espera de los dentistas, y vi a mi padre muerto y desnudo, con dos algodones asomándole por la nariz, el vientre como hinchado y el sexo fláccido y largo, y ahora me arrepiento de haberlo visto de ese modo, muerto y desnudo, porque ya siempre lo recuerdo así, y cada vez que pienso en él pienso también en esos algodones y en ese vientre y en ese sexo.

Entre los empleados de la funeraria había una mujer con una bata azul y el pelo envuelto en una redecilla que, entre otras cosas, se ocupaba de darle unos puntos de sutura en los párpados para que no se le abrieran los ojos en mitad del velatorio. Esa mujer me dijo que me fuera a descansar, que enseguida lo maquillarían y lo vestirían, que iba a estar más guapo que un querubín. Y yo salí de la biblioteca y es verdad que más tarde mi padre mostraba un aspecto bien distinto: decoroso y casi apuesto en el impecable milrayas, con una expresión apacible y hasta risueña en un rostro sin arrugas, con el pelo insólitamente peinado con brillantina. Así lo vio ya mamá cuando apareció vestida de negro y con los ojos hinchados de tanto llorar. Se sentó en la silla que había junto a la cama, la silla en la que poco antes había estado el milrayas, y se limitó a mirarle en silencio. Luego acercó su cara a la de él y tal vez le susurró algo al oído, y yo pensé que siempre habían hecho muy buena pareja y que incluso así tenían un aire más que presentable, ella con aquellas ojeras y aquel luto improvisado, él simplemente muerto.

Entonces, cuando ya parecía que su despedida había concluido, hizo el clásico gesto de quien acaba de recordar algo importante y rebuscó en los cajones del escritorio hasta dar con unas tijeritas. Tenía que haberlo imaginado: mi madre no iba a permitir que enterraran a su marido sin guardar consigo algo que hubiera sido suyo, verdaderamente suyo, hasta el último minuto. Adelantó con lentitud las tijeritas y le cortó un mechón de pelo de la parte del flequillo, y entonces vi que se volvía hacia ambos lados, hacia el lado de la enciclopedia Espasa y hacia el lado de la chimenea de mármol, y daba la impresión de que estuviera buscando a alguien, no sabría decir a quién.

—¿Qué pasa, mamá? —le pregunté.

Ella me miró como quien acaba de ser objeto de una arbitrariedad irreparable y luego protestó débilmente:

—¿Quién le ha puesto brillantina? ¡Él nunca en la vida usó brillantina!

 

 

 

Desde que enviudó hasta pocas semanas antes de morir, el abuelo se dedicó a sacar provecho de las ofertas y promociones comerciales más diversas. Coleccionaba catálogos, folletos y recortes con anuncios, y los estudiaba durante horas con el fin de seleccionar las campañas y sorteos que pudieran interesarle. Según él, esas promociones sólo buscaban embaucar a los tontos, y de lo que se trataba era de dar una lección a las firmas comerciales, demostrarles que no todos éramos tontos y que podíamos aprovecharnos de ellas sin que ellas se aprovecharan de nosotros. Eso era lo que le llevaba a participar en todas o casi todas las promociones que no exigieran ningún desembolso previo ni generaran ningún tipo de obligación posterior.

—¡Gratis! —decía—. ¡Siempre gratis y sin compromiso! Con frecuencia intentaba explicarnos los fundamentos

teóricos de su peculiar afición:

—¿Por qué pagar por un artículo que alguien está dispuesto a regalarte? ¡A ver, decidme! ¿Por qué? No podéis contestar, ¿verdad? Naturalmente que no, porque la única respuesta posible es: por estupidez. ¡Por estupidez! O lo que es lo mismo: por desinformación.

Entonces hacía un gesto teatral y señalaba el armario atestado de folletos y recortes.

—Y contra la desinformación..., la información. ¡Información! ¡Precisamente lo que yo tengo! Mientras todo el mundo hace cola para comprar un objeto equis, pongamos una gorra o un mechero o un paraguas, yo sé, ¿me habéis oído bien?, yo sé quién o quiénes están deseando enviarme a casa esa gorra, ese mechero, ese paraguas. ¡Gratis, por supuesto! Siempre gratis y sin compromiso.

El caso es que, si una marca de productos alimenticios regalaba a quienes lo solicitaran un completo libro de recetas, estaba claro que al menos uno de ellos iba a ser para el abuelo, y lo mismo ocurría con ofertas similares hechas por supermercados, grandes almacenes, editoriales, casas de discos, fabricantes de jabones o de muñecas o de lo que fuera. Así fue como el abuelo consiguió que le hicieran un sinfín de obsequios, entre los que recuerdo flotadores y colchonetas hinchables Kodak, balones Nivea para la playa, delantales Avecrem y Gallina Blanca, camisetas con los más diversos lemas y logotipos comerciales, muestras de detergentes y cremas para las manos, cepillos de dientes, esponjitas perfumadas y frasquitos de colonia, pastillas de caldo, sopas vitaminadas, sombreros mexicanos de Tomates Orlando, sombreros cordobeses de Tío Pepe, sombreros tiroleses de no sé qué marca de queso, boquillas reductoras de nicotina (él, que no fumaba), muestras también de repelentes de insectos y anticongelantes para coche, soluciones limpiadoras para lentillas (él, que no usaba lentillas), llaveros, calendarios, bolígrafos, mecheros, agendas de mutualidades y de compañías de seguros, bolsas de viaje Mundicolor, abanicos y paipais con el toro de Osborne o la chica de Pilé 43, paraguas de Coca-Cola y Fanta, compresas, tiritas fosforescentes, sobres de leche en polvo y de cacao en polvo y de café en polvo, alimentos de régimen, tintes para el pelo... En la familia todavía se recuerda que, cuando estaba agonizando, en esa media hora de lucidez previa a la muerte, aludió varias veces a unas neveritas de picnic Danone que tenían que haber llegado y no habían llegado. Insistió en que nos acordáramos de reclamarlas si no las recibíamos antes de fin de mes, y casi se puede decir que ésa fue su última voluntad porque enseguida entró en un coma del que ya no regresaría. Allí nació otra de nuestras expresiones privadas, la de las neveritas: decíamos a ver con qué neveritas nos sale éste y todas sabíamos que de esa persona en cuestión sólo podía esperarse una solemne estupidez.

Estaban además los concursos, en los que el abuelo participaba con alegre perseverancia fuera cual fuese el premio prometido, que casi siempre consistía en automóviles, perlas auténticas, enciclopedias de la salud o de la naturaleza, ¡un sueldo para toda la vida! (así, entre signos de admiración), apartamentos en la costa murciana y, sobre todo, viajes, muchos viajes: viajes alrededor del mundo, viajes a las islas Canarias, viajes más modestos a cualquier capital cercana, simples visitas a fábricas, panificadoras, obradores, cooperativas. Incluso en estos sorteos participaba el abuelo (él, que siempre había detestado viajar), y de los dos únicos premios que obtuvo en todo ese tiempo uno era precisamente un viaje (a unas bodegas riojanas) y el otro un equipo completo de hombre-rana, que luego resultó ser menos completo de lo anunciado (tan sólo las gafas de bucear, el tubo y las aletas) y que le obligó a posar para una foto para el periódico local junto al gerente de la tienda de artículos deportivos.

En cuanto al otro premio, el de la excursión a las bodegas, fue el motorista que le traía el telegrama el que atropelló al pobrecito Mirón y lo mató. Carlota y yo estábamos en la Redonda ensayando unos pasos de baile para la función de fin de curso cuando oímos el chirrido de los neumáticos, el breve aullido del perro, las voces alteradas procedentes de los otros pisos y la calle. Tardamos apenas unos segundos en bajar, y encontramos a Mirón agonizando sobre los adoquines. A su lado estaban nada más Dama, que le recorría la espalda con la lengua como si así pudiera recomponerle el espinazo roto por varios sitios, y el motorista, que nos miró consternado y juró que no lo había visto, que no se explicaba de dónde había podido salir. Nos agachamos a acariciarlo y el pobre perro respondió con un ronroneo desfallecido, como cuando se subía al sofá y se echaba a dormir entre nosotras, y eso bastó para que Carlota, que era la que más lo quería y lo consideraba su perro, se echara a llorar y a repetir no te mueras, Mironcito mío, no te mueras. Enseguida aparecieron mamá, Paloma, el abuelo, y a todos dedicó el mismo ronroneo, como si ésa fuera su forma de despedirse, y cuando por fin llegó papá, que había salido a hacerle el rodaje al Simca, comprado esa misma semana, pareció que había estado esperándole porque fue verle llegar, despedirse también de él con un suave ronquido y morirse. Mi madre sacó una sábana vieja que yo recordaba de nuestra infancia, una sábana con molinitos naranja en el embozo, y lo cubrió, y entonces alguien preguntó qué se hacía con los perros que morían atropellados, quién se encargaba de retirarlos.

—Supongo que el ayuntamiento —dijo mi padre—. Los recogen con un camión y se los llevan.

—Pero ¿cuánto pueden tardar? —dije yo—. No vamos a dejar que se pudra en mitad de la calle...

—No te preocupes, Mirón, yo estaré a tu lado hasta que lleguen esos hombres del ayuntamiento —dijo Carlota entre sollozos.

Entonces el motorista, que no había encontrado el momento de marcharse, carraspeó con nerviosismo, pronunció el nombre del abuelo y mostró el telegrama como quien agita un pañuelo en una plaza de toros. Mi inconsolable hermana seguía diciéndole al perro que estuviera tranquilo, Mironcito, que ella no iba a dejarle solo, y entonces el abuelo exclamó con un regocijo a todas luces inconveniente:

—¡Me ha tocado! ¡Me ha tocado la visita a las Bodegas Mendiluce!

Yo nunca en mi vida he asistido a una inoportunidad mayor. Suficiente en todo caso para convertir el dolor en rabia, la rabia con que Carlota acusó al abuelo de ser el verdadero culpable de la muerte de su perro: si no se hubiera presentado a todos esos absurdos sorteos, ningún motorista habría venido a traer telegramas y Mirón todavía estaría vivo. ¿Absurdos? Según el abuelo, no se podían calificar de absurdos unos concursos en los que no había nada que perder y sí mucho que ganar. Al final papá tuvo que intervenir para poner paz. Dijo que no era ése el momento de discutir y que lo primero era resolver lo de Mirón: no lo íbamos a dejar ahí, lo meteríamos en el Simca y ya veríamos lo que haríamos con él.

Entré yo también en el coche, y lo mismo hizo Carlota, por supuesto, que insistió en no separarse de Mirón hasta el último minuto. Sentada en el asiento trasero con el perro muerto en el regazo, envuelto en la sábana de los molinitos, tenía algo del clásico patetismo de la imagen de la Piedad. Yo lo sentía mucho por ella, sabía lo mal que lo estaba pasando y por su bien deseaba que aquella despedida fuera lo más breve posible. Lo cierto, sin embargo, es que, una vez dentro del coche, no sabíamos adónde teníamos que dirigirnos. Optamos por preguntar a un guardia pero eso casi fue peor porque, siguiendo sus indicaciones, fuimos a parar a un vertedero donde un letrero bien grande amenazaba con multar a quienes abandonaran animales muertos en ese recinto. ¿Y ahora qué?, pregunté por señas a mi padre.

—Ya sé —dijo él—. Iremos a la concesionaria de la limpieza municipal. Seguro que allí se harán cargo de él.

—¿No sería más sencillo salir al campo y enterrarlo?

—propuse.

—Enterrarlo de cualquier modo... —protestó mi hermana—. Enterrarlo como a un perro.

—Es que es un perro, Carlota.

En la concesionaria nos atendió el guardabarrera, que en una de las servilletas de papel que llevaba para el almuerzo nos hizo un plano con la carretera de la Cartuja y el desvío que debíamos coger.

—Pero ¿no pueden hacerse cargo ustedes? —preguntamos.

—Imposible —contestó el hombre, y en el asiento de atrás Carlota empezó a gimotear y a repetir:

—Nadie te quiere, Mirón, nadie te quiere...

Para entonces hacía ya un rato que Mirón emitía un insoportable olor a mierda, y la verdad es que papá y yo íbamos con las ventanillas abiertas y las narices tapadas. Carlota, en cambio, no parecía percibir aquel hedor, y yo noté que mi padre, preocupado, la observaba de vez en cuando por el retrovisor.

Las indicaciones del guarda de la concesionaria nos llevaron a una zona despoblada, de colinas pedregosas y secas, con alguna sabina aislada cada varios kilómetros y una triste carretera de un solo carril. Era lo que le faltaba a nuestro estado de ánimo. Papá detuvo el coche ante un letrero.

—C.E.R.O. —leyó—. Centro de Eliminación de Residuos Orgánicos. Aquí es.

Un hombre con la camisa abierta y una gorrita de Pinturas Lepanto sesteaba junto al cobertizo con tejadillo de uralita. Papá salió del coche para preguntarle, y cuando volvió sólo dijo:

—La zanja.

Eso dijo, la zanja, y yo no sé si lo que mi hermana esperaba encontrar era un bonito cementerio de animales, con el césped cuidado, el caminito de grava y los setos, pero seguro que había imaginado un lugar menos desolado e inhóspito. Seguimos avanzando por la carretera, que ahora era un camino de tierra con grandes huellas de neumáticos, y mi padre sacó el brazo por la ventanilla y volvió a decir:

—La zanja.

Desde donde nosotros estábamos sólo se veía el montón de tierra y de piedras que había junto a lo que debía de ser la zanja. Allí el camino se estrechaba bastante, y papá prefirió acercarse marcha atrás para luego salir con más facilidad. Por eso no vimos realmente la zanja hasta que la tuvimos al lado, y lo que entonces vimos fueron los cincuenta o sesenta perros muertos que, en diferentes posturas y distintos grados de descomposición, se amontonaban en el fondo de la zanja.

—¡Dios mío! —dijo mi padre—. Ese hombre no me ha dicho que hubiera pasado ya el camión...

Nos volvimos los dos hacia Carlota pero ya era demasiado tarde. También ella lo había visto, y aquel espectáculo de animales reventados, de órganos putrefactos, de vientres destrozados, de vísceras sueltas y huesos descarnados, aquella imagen brutal de podredumbre y muerte la sumió en un estado de inmovilidad absoluta y casi diría de terror.

—Déjame a mí —le dijo papá, llevándola de regreso al coche—. Yo me encargo. Tú vuelve al coche.

Carlota se dejó llevar como una niña obediente y yo me senté a su lado en el asiento de atrás, mientras nuestro padre cogía por ambos extremos la sábana que envolvía a Mirón y la arrastraba hasta el borde de la zanja, y entonces la que no pudo evitarlo fui yo, que de golpe sentí cómo el vientre entero pugnaba por subirme hasta la garganta, y me apresuré a abrir la puerta y a vomitar fuera para no manchar la tapicería del Simca recién estrenado más de lo que ya la había manchado el cadáver de Mirón.

 

 

 

He dicho antes que una de las expresiones favoritas de nuestra madre era la de coger el toro por los cuernos. Volvió a utilizarla cuando tuvo que matricularse en una autoescuela para obtener el carnet de conducir. Si hubiera dependido sólo de ella, yo creo que jamás se habría decidido a dar ese paso, pero tras la muerte de papá le habían ofrecido llevar la representación de una firma de ropa infantil y el único requisito que habían puesto era ése: que tenía que conducir su propio coche. Aunque en realidad lo que ellos le habían exigido era que tuviera coche en propiedad, no que tuviera el carnet, cosa que sin duda daban por supuesta, y mamá no había mentido al decir que tenía un Simca 1200 de color granate que precisamente ese día estaba en el chapista.

Llegó a casa en un taxi cargado de grandes maletas.

—¡Chicas, chicas! —saludó desde el jardín, mientras el taxista iba sacando las maletas—. ¡Me han dado el trabajo!

—¿En serio? ¿Y no te han dicho nada del carnet? Mamá se encogió de hombros y dijo:

—Conducir, conducir... No es tan importante como la gente cree. Lo más sensato sería vender el Simca...

Aquello resultaba bastante inverosímil: era como contratar a un socorrista que no supiera nadar. Entre todas metimos en casa los maletones con los muestrarios y ella seguía diciendo que había trenes y autobuses, seguro que se las arreglaría. Por la noche buscamos en un mapa la zona que le habían adjudicado: dos modestos barrios rurales y una docena de pueblos mal comunicados. Mamá seguía con el índice la línea verde de la carretera y leía los nombres de los pueblos: Villamayor, Perdiguera, Leciñena..., qué nombres tan bonitos.

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Sinopsis 

En plena Transición, María, Carlota y Paloma deben cubrir el vacío que ha dejado en sus vidas la muerte de su padre. Comienzan así un aprendizaje en el camino a la vida adulta que constantemente las pone a prueba. En El tiempo de las mujeres, Ignacio Martínez de Pisón crea un mosaico a la vez social e intimista con las voces de tres mujeres que toman rumbos diferentes pero que permanecerán unidas con fuerza por el íntimo lazo familiar.

El autor 

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© Malcolm Otero Barral

Nació en Zaragoza en 1960 y reside en Barcelona desde 1982. Es autor de más de quince libros, entre los que destacan las novelas La ternura del dragón (1984), Premio Casino de Mieres, Carreteras secundarias (1996), llevada dos veces al cine, María bonita (2000), El tiempo de las mujeres (2003), Dientes de leche (Seix Barral, 2008), galardonada con el Premio San Clemente 2009 y el Premio Giuseppe Acerbi 2012, El día de mañana (Seix Barral, 2011), por el que recibió el Premio de la Crítica 2011, el Premio Ciutat de Barcelona 2012, el Premio de las Letras Aragonesas 2011 y el Premio Hislibris de Literatura Histórica 2011, y La buena reputación (Seix Barral, 2014), Premio Nacional de Narrativ...

Otros títulos del autor 

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«Magistral. Historia de amor, saga familiar y documento histórico en una misma obra.»

El País

«Noble, sincero, Pisón ha trasladado a su narrativa una moralidad de la escritura sin adornos ni retóricas (…)puesta al servicio del placer de contar historias.»

Josep Massot, La Vanguardia

La historia de tres hermanas en la España posfranquista.

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