
Los malos de la historia: Maximiliano
«Maximiliano ha pasado a la historia como “un malo” por haber sido un imperialista metiche, dicho así a secas. Por ser un usurpador. Y fue además un malo particularmente esperpéntico y rocambolesco. Hasta ridículo. Imagínense: un Habsburgo, nacido en Viena en 1832 (a 10 145 km de Ciudad de México), que acabó convertido por arte de magia (o gracias a una cruenta intervención militar extranjera) en un emperador austriaco tropical, con una anticuada corte real estrambótica y emperifollada trasladada de forma descabellada desde la caduca Europa al Valle de México: Schönbrunn con palmeras y volcanes de fondo.
Sin embargo, aunque resulte contradictorio y polémico constatarlo, Maximiliano es un malo a quien muchos mexicanos medio perdonan cuando nadie está mirando. También los hay, a decir verdad, perfectamente felices de proclamar que sienten pena por él a plena luz del día. Es un malo por el que muchos mexicanos sienten algo parecido a la lástima. El “pobre de Maximiliano” es el príncipe accidental y accidentado que Napoleón III manipuló para convertirlo en su títere o pelele allá en esa América que los franceses empezaron a llamar latina en la década de 1850 (en vez de hispana o ibérica), precisamente para así legitimar sus injerencias en la política de esa parte del hemisferio occidental que no había sido antes británica. Se le ve como un poeta, un hombre poco práctico, crédulo, obsesionado con cuestiones de etiqueta, más interesado en diseñar uniformes palaciegos y cazar mariposas que en ponerse a hacer cuentas o enfrentarse a la realidad.
Si se aprecia a Maximiliano, a pesar de que fue un imperialista y un usurpador, es porque, a diferencia de aquellos mexicanos que traicionaron a la patria para apoyar una intervención extranjera, Maximiliano, de forma inversa, fue aquel extranjero quijotesco que, bajo falsas pretensiones, o porque se convenció de que su patria adoptiva lo había mandado llamar, se enamoró de México, hizo de esta su nación y se mexicanizó gritando “¡Viva México!” antes de morir».
Los malos de la historia: Malinche
«Empezaré por una advertencia. Si el lector busca entre estas páginas una biografía del tipo: “La Malinche nació en el año tal, cursó sus estudios en la escuela primaria Herederos de Chimalpopoca, se graduó con honores, amó con pasión incondicional y desmedida a Hernán Cortés y fue madre del primer mestizo de América”, mejor devuelva este libro al estante. No va a encontrar nada de eso. Malinche (ya explicaremos todos los nombres que se le dieron y sus porqués) es sin duda la mujer más importante de la historia de México. Ni doña Josefa, la Corregidora, ni Leona Vicario, ni la Güera Rodríguez, ni Carmen Serdán (aunque se enojen nuestros más fervientes patriotas, prófugos de la monografía y mártires de la cartulina) tuvieron el impacto que causó la mujer indígena protagonista de este libro. A su vez, ningún personaje femenino de la historia de este país ha pasado por tantas, extremas y contradictorias etapas de interpretación que la consideran, desde la traidora más abyecta de nuestra suave patria, hasta la víctima inerme y esclava sexual de los infames españoles.
Baste con reafirmar que este libro no es una apología en favor de ningún bando, sino que busca comprender el devenir vital de una mujer tan peculiar como ensombrecida, sin reconvenciones moralinas que dicten lo que unos debieron hacer, pensar y evitar, o lo que los otros dejaron de hacer, lo cual es una tarea fundamental del historiador».
Los malos de la historia: Victoriano Huerta
«Casi por unanimidad, los historiadores oficialistas han calificado al general Victoriano Huerta Márquez como al máximo villano de la crónica nacional del siglo xx. El escritor Eduardo Antonio Parra, por ejemplo, afirma que representa la síntesis del vicio y de lo inmoral, del hombre ambicioso y sin escrúpulos. Muchos coincidirían con él en que la única y gran aportación de Huerta fue la de haber engrosado el panteón de los mártires nacionales. Pero ¿en qué basan Parra y otros como él sus aserciones?
Hay un gran problema al hablar sobre Huerta, y en particular de su gobierno a partir de febrero de 1913: el Archivo General de la Nación, por ejemplo, contiene en sus ficheros información sobre Porfirio Díaz, Francisco I. Madero, Venustiano Carranza… El usuario puede, a partir de las fichas, solicitar documentos de cada uno de estos protagonistas históricos. Sin embargo, si uno le pregunta a un archivista sobre el gobierno de Victoriano Huerta, este se detendrá y, tras pensarlo unos instantes, dirá que sí, que sí tienen unas cajas acerca del tema, pero que en el archivo no las han procesado… ¡a más de 110 años de su administración! Otro tanto ocurre con los acervos militares. En el Archivo de la Secretaría de la Defensa Nacional pueden consultarse cuatro volúmenes sobre Huerta, pero estos solo contienen información curricular del general, no datos sobre el período de su presidencia interina.
¿En qué se diferencia la presente obra de las anteriores? En primer lugar, en que se basa en tesis, libros, artículos y capítulos de libros escritos,en otros idiomas —en particular en inglés, así como en archivos y bibliotecas europeos (que se encuentran en rincones tan apartados como Lisboa y Edimburgo)—, y en acervos chilenos, argentinos, guatemaltecos y estadounidenses, privados y públicos. Esta biografía de Victoriano Huerta, el “perverso” por excelencia de la historia mexicana, se afianza también parcialmente en documentos firmados por personas (la mayoría de ellas diplomáticas) y otros colaboradores cercanos que lo conocieron durante el tiempo que estuvo al frente del gobierno de México».
Los malos de la historia: Gustavo Díaz Ordaz
«Los sombreros enormes se estorban entre ellos, el gentío trae puestas camisetas que presumen el verde nacional, el entusiasmo se desboca, y en las tiendas de electrodomésticos los televisores encendidos están a punto de dar cuenta del evento que ha estado acaparando la curiosidad y el apetito para entender cómo se puede armar la alegría. Es el sábado 30 de mayo de 1970; el llamado Coloso Azteca está a reventar, aquel que fuera inaugurado cuatro años atrás, con la confrontación entre el América y el Torino, que arrojó un equilibrio poco alentador de dos goles contra dos. Ahora es distinto: han arribado delegaciones de 15 naciones, con la local, 16; la copa Jules Rimet estará en disputa durante 23 días no solo en el Distrito Federal: también los estadios de Guadalajara, Toluca, Puebla y León tendrán su locura.
Luego del desfile y de las ovaciones constantes, aparece en los televisores el rostro agotado de Gustavo Díaz Ordaz, tenso, serio, como si se tratara de un mecanismo inanimado y, con voz desgastada, anuncia: “Declaro solemnemente inaugurado el noveno Campeonato Mundial de Futbol, Copa Jules Rimet”… pareciera que alguien le ha robado las emociones. Como es costumbre, además de los aplausos y gritos, la rechifla invade; aquel tono de “chinga tu madre” no deja de ser un coro que se repiteconstantemente, por ello Gustavo solo voltea de un lado para el otro, tieso, absorto, como si a los engranes de su cuello les faltara aceite. Los primeros equipos rivales —México, el anfitrión, contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas— están ya moviendo las piernas, ansiosos de que el esférico toque el pasto; ante la expectativa de que se escuche el primer pitazo del árbitro, la figura del presidente queda en segundo plano, invisible, incluso ya sin el rechazo acostumbrado».