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PlanetadeLibros > Crimen y castigo
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Ficha técnica
Fecha de publicación: 17/04/2017
768 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-607-07-4030-5
Código: 10184206
Formato: 12,5 x 19 cm.
Presentación: Rústica sin solapas
Colección: Booket
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Crimen y castigo

Colección Booket
Libro bolsillo (Rústica sin solapas)
$ 248.00
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Austral
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Una obra maestra de la historia de la literatura rusa

Primer capítulo 

 

Primera parte

 

I

 

 

A principios de julio, con un tiempo sumamente caluroso, un joven salía de su tabuco, que ocupaba como realquilado en la travesía de S***, y con lento andar, como indeciso, se encaminaba al puente de K***.

Discretamente evitó el encuentro con su patrona en la escalera. Su tugurio estaba situado bajo el tejado mismo de una alta casa de cinco pisos, y semejaba un armario más bien que un cuarto. La patrona que se lo había alquilado, con pensión completa, habitaba solo un tramo de escalera más abajo, y siempre, al salir a la calle, tenía el joven que pasar, irremisiblemente, por delante de la cocina de aquella, casi siempre abierta de par en par sobre el rellano. Y siempre sentía al pasar por allí una impresión morbosa de cobardía, que le avergonzaba y hacía fruncir el ceño. Estaba entrampado con la patrona, y temía encontrársela.

Y no es que fuera nada cobarde y tímido, sino todo lo contrario; solo que de algún tiempo a esta parte se hallaba en un estado de excitación y enervamiento parecido a la hipocondría. Hasta tal punto estaba arrinconado en su cuarto y apartado de todo el mundo, que temía encontrarse con alguien, no ya con la patrona. Le agobiaba la pobreza; pero hasta su apurada situación había dejado de atormentarle hacía algún tiempo. Había abandonado en absoluto sus quehaceres cotidianos y no quería atenderlos. En realidad, no le temía a la patrona, por mucho que pudiese maquinar contra él. Pero detenerse en la escalera, escuchar todos los dislates de aquella mujer, ofensivamente absurda, que a él no le interesaban lo más mínimo; todas aquellas sandeces referentes al pago, aquellas amenazas y lamentaciones y, además de todo eso, tener que parlamentar, disculparse, mentir no, era preferible arrojarse como un gato por la escalera y lanzarse al arroyo para no ver a nadie. Por lo demás, aquella vez el temor a encontrarse con su acreedora hubo de chocarle a él mismo luego que se vio en la calle: «¿Por qué diantre me apuro de este modo y paso esos miedos por una bagatela? —pensó con extraña sonrisa—.

¡Hum! …, sí; eso es…, todo está al alcance del hombre y todo se le viene a las manos, solamente que el miedo hace que todo se le escape… Esto es un axioma… Es curioso; ¿a qué le teme más la gente? Al primer paso, a la primera palabra, es a lo que más le teme… Pero me parece que estoy hablando demasiado. No hago en absoluto otra cosa que divagar. Aunque también puede decirse que si divago es porque no hago nada. Pero es que en este último mes me acostumbré a divagar, tendido las veinticuatro horas del día en mi rincón y cavilando… en las musarañas.1 Bueno; pero a todo esto, ¿adónde voy? ¿Es que soy yo capaz de eso? ¿Acaso es eso serio? No, en absoluto, no lo es.

¡Así que me divertiré a expensas de la fantasía; un juguete! ¡Eso es, en verdad: un juguete!»

En la calle hacía un calor horrible, y a eso se añadían la sequedad, los empellones, la cal por todas partes, los andamios, los ladrillos, el polvo y ese mal olor peculiar del verano, familiar a todo petersburgués que no puede alquilar una casa de campo… Todo lo cual, junto, producía una impresión desagradable en los nervios, ya bastante excitados, del joven. El hedor insufrible de las tabernas, particularmente numerosas en aquel sector de la ciudad, y los borrachos que a cada paso se encontraban, no obstante ser aquel día de trabajo, completaban el repulsivo y triste colorido del cuadro. Un sentimiento de disgusto hondísimo se reflejó por un instante en las finas facciones del joven. A decir verdad, era bastante guapo, con unos magníficos ojos oscuros, el pelo castaño, la estatura más que mediana, cenceño y bien plantado. Mas no tardó en volver a sumirse en un como ensimismamiento profundo, y, para ser más exactos, en un completo olvido de todo, de suerte que andaba sin fijar la atención en torno suyo y sin querer fijarla. Solamente, de cuando en cuando, murmuraba algo entre dientes, siguiendo su costumbre de monologar, que hace un momento confesara. En aquel mismo instante hubo de reconocer que a veces sus pensamientos se embrollaban y que se sentía débil; el segundo día era aquel en que casi no probaba bocado.

Tan mal vestido iba, que otro, incluso un hombre acostumbrado a esos achaques, no se habría atrevido a salir en pleno día a la calle con aquellos harapos. Por lo demás, aquel barrio era de tal índole, que allí nadie se fijaba en la ropa. La proximidad del Heno, la abundancia de lupanares conocidos y, sobre todo, el vecindario, compuesto de comerciantes, que se aglomera en esas calles y callejuelas céntricas de Petersburgo, ponía a veces notas tan abigarradas en el panorama general, que habría sido raro asombrarse de ningún encuentro. Pero en el espíritu del joven se acumulaba ya tal dosis de maligno desprecio, que, no obstante toda su delicadeza, muy juvenil a veces, de lo que menos se preocupaba era de lo mal vestido que cruzaba las calles. Otra cosa era respecto a encontrarse con algún conocido o algún antiguo camarada, con los que, generalmente, no gustaba de tropezarse … Y he aquí que, de pronto, un borracho, que vaya usted a saber por qué razón ni adónde iba en aquel momento por la calle, con una enorme telega vacía, tirada por un enorme penco, le gritó al pasar: «¡Eh, tú; el del sombrero alemán!», y le gritó a pulmón herido, señalándole al mismo tiempo con la mano. El joven se detuvo, y nerviosamente se sujetó el sombrero. Era el tal sombrero alto de copa, redondo, a lo Zimmermann, pero ya usado, completamente enrojecido, todo lleno de rotos y abolladuras, sin alas, y echado a un lado por su ángulo más informe. Pero no fue vergüenza, sino otro sentimiento totalmente distinto, parecido incluso al miedo, el que hizo presa en él.

«¡Ya lo sabía yo! —murmuró mortificado—. ¡Ya se me había ocurrido! ¡Esto es lo más desagradable de todo!

¡Para que se vea cómo una tontería, el más trivial detalle, pueden dar al traste con la mejor intención! Sí, el sombrerito es notable… Ridículo, y, por eso, notable. Con estos harapos, lo único que me sienta bien es el gorro, aunque sea viejo, y no este estafermo. Nadie lo lleva igual, se ve desde una versta, deja recuerdo… ¡Eso!, sobre todo, que no se olvida, es una pieza de convicción. Y es necesario precisamente pasar inadvertido… ¡Minucias, insignificancias, eso es lo principal!… Una fruslería de esas puede echarlo a perder todo y para siempre…»

Había andado poco; sabía hasta el número de pasos a que se encontraba de la puerta de su casa: setecientos treinta, justos. Los había contado una vez, cuando ya se hartó de soñar. En aquel tiempo no creía gran cosa en aquellos sus desvaríos, y solo se excitaba con ellos por una escandalosa temeridad inútil, pero seductora. Pero ahora ya, al cabo de un mes, empezaba a mirarlos de otro modo, y, a pesar de todos sus desalentadores monólogos respecto a su inercia e indecisión, se iba acostumbrando, casi sin querer, a considerar aquel ensueño escandaloso como una empresa, aunque todavía no creyese en ella él mismo. Ahora iba, incluso, a ensayar su empresa, y a cada paso que daba se acrecía más y más su emoción.

Con el corazón palpitante, y poseído de un temblor nervioso, se acercó al inmenso edificio que se alzaba por un lado al filo del canal, y por el otro daba a la calle de… Aquella casa se componía toda ella de pisos reducidos, y sus inquilinos eran toda suerte de gentes industriosas: sastres, cerrajeros, cocineras, artesanos alemanes, señoritas que vivían de lo suyo, funcionarios modestos, etcétera. Los que entraban y los que salían se encontraban en los dos portales y en los dos patios de la casa. Había allí tres o cuatro porteros. El joven estaba muy satisfecho de no haberse encontrado a ninguno y se deslizó seguidamente desde la puerta de la derecha a la escalera. Esta era oscura y angosta, negra, pero él estaba ya harto de conocer todo aquello y le agradaba aquella disposición; en tal oscuridad no eran de temer las miradas fisgonas.

«Si ahora tengo tanto miedo, ¿qué sería si, efectivamente, llegara a acometer la cosa? …», pensó involuntariamente al encontrarse en el cuarto piso. Allí le interceptaron el camino algunos mozos de cuerda, soldados licenciados que estaban sacando muebles de un piso. Ya de antemano sabía él que en aquel piso vivía una familia alemana cuyo cabeza era funcionario. «Puede ser que ese alemán se vaya ahora, y puede que también en el cuarto piso, en esta escalera y este rellano, solo quede por algún tiempo un piso ocupado, el de la vieja. Eso estaría muy bien…, en todo caso…», pensó, y llamó en el cuarto de la vieja. Sonó débil la campanilla, cual si fuera de hojalata y no de cobre. En semejantes cuartos modestos de semejantes casas casi todas suenan así. Él había olvidado ya el timbre de aquella campanilla, y de pronto aquel sonido pareció recordarle algo y representárselo claramente en la imaginación … Tanto, que dio un respingo, con los nervios harto relajados aquella vez. Al cabo de un ratito se entreabrió la puerta en una estrecha rendija, por la cual atisbó la inquilina al visitante, con gesto receloso y dejando ver únicamente sus ojos chispeantes en la oscuridad. Pero al ver tanta gente en el rellano, cobró ánimos y abrió del todo. El joven transpuso el umbral, pasando a una oscura antesala, partida en dos por un tabique, al otro lado del cual estaba la exigua cocina. La vieja estaba delante de él, mirándole en silencio e inquisitivamente. Era una viejecilla, pequeñita y seca, de unos sesenta años, de ojos agudos y malignos, con una naricilla afilada y la cabeza descubierta. Sus cabellos albeantes relucían muy untados en aceite, con pocas canas. A su fino y largo cuello, parecido a la pata de una gallina, llevaba liado un pañolillo de franela, y sobre los hombros, no obstante el calor, una chaqueta de piel toda destrozada y amarillenta. La viejecilla no hacía más que toser y gemir. Acaso el joven fijó en ella una mirada algo particular, porque a sus ojos volvió a asomar la antigua expresión de desconfianza.

—Raskólnikov, el estudiante; ya estuve aquí el mes pasado —se apresuró a murmurar el joven haciendo una reverencia a medias, pues recordó que era menester ser más fino.

—Recuerdo, bátiuschka; muy bien que me acuerdo de que es usted —respetuosamente dijo la viejecilla, sin apartar como antes sus inquisitivas miradas del rostro del joven.

—Bueno; pues heme aquí… de nuevo para el mismo asuntillo —continuó Raskólnikov algo mortificado y asombrado ante la desconfianza de la vieja.

«Por lo demás, puede que ella sea siempre así y que la otra vez no lo notase», pensó con una sensación enojosa.

La vieja callaba, cual si recapacitase; luego se echó a un lado, y señalando a la puerta de la habitación, dijo empujando por delante al huésped:

—Pase, bátiuschka.

La habitación en que penetró el joven, empapelada de amarillo, con geranios y cortinillas de muselina en las ventanas, se hallaba en aquel instante iluminada por el sol poniente. «¡Quizá también entonces hará sol! …», se deslizó, como de pronto, por la mente de Raskólnikov, y con rápida mirada oteó todo el cuarto, con el fin de estudiar y grabar en su memoria lo mejor posible su disposición. Pero el aposento no tenía nada de particular. Todo su moblaje, muy viejo y de madera amarilla, se componía de un diván, con un respaldo enorme, saliente, de madera; una mesa de forma ovalada, colocada delante del diván, un tocador con su espejito adosado al tabique, unas cuantas sillas arrimadas a las paredes, más unos cuantos

cuadritos de a grochs, en marcos amarillos, representando jovencitas alemanas con pajaritos en las manos …, y pare usted de contar. En un rincón, delante de una pequeña imagen, ardía una lamparilla. Todo estaba muy limpio; tanto los muebles como los suelos estaban dados de cera; todo relucía. «Trabajo de Lizavétina», pensó el joven. Ni una mota de polvo se hubiera encontrado en todo el cuarto. «Así suele suceder en casa de las viudas viejas y malas», continuó diciéndose Raskólnikov, y lanzó una mirada de soslayo a la cortina de indiana que ocultaba la puerta de un segundo cuartito donde estaban la cama y la cómoda de la vieja y donde todavía no había podido meter el ojo ni una vez. Todo el piso se reducía a aquellas dos habitaciones.

—¿Y qué se le ofrece? —profirió secamente la vieja, entrando en el aposento y plantándose, como antes, delante de él para mirarle derechamente al rostro.

—¡Pues traigo una cosa para empeñar!

Y sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, plano. En su tapa, levantable, tenía representada una esfera. La cadena era de acero.

—Sí, pero tenga en cuenta que ya se cumplió el plazo del otro préstamo. Tres días hace ya que se cumplió.

—Ya le abonaré a usted los intereses del mes; tenga paciencia.

—Y con toda mi buena voluntad no tendré más remedio, padrecito, que aguantarme o vender su prenda.

—¿Dará usted mucho por esto, Aliona Ivánovna?

—Con fruslerías viene, padrecito; eso, para que lo sepa, nada vale. Por la sortija, la vez pasada, le di dos rublos, y en la joyería las hay nuevas por rublo y medio.

—Deme usted cuatro rublos, que es para desempeñarlo luego, que era de mi padre. No tardaré en recibir dinero.

—¡Rublo y medio, y cobrándome los intereses por anticipado, si quiere!

—¡Rublo y medio! —exclamó el joven.

—Como usted quiera. —Y la viejecilla le devolvió el reloj. El joven lo recogió, y le entró tal coraje, que se dispuso a irse; solo que enseguida cambio de parecer, recordando que no tenía ya tiempo para ir a otra parte y que ya antes había estado en otro sitio.

—¡Démelos! —dijo con malos modos.

La viejecilla se buscó unas llaves en el bolsillo y pasó al otro cuarto, detrás de la cortinilla. El joven, que se había quedado solo en medio de la estancia, puso el oído atento y reflexionó. Podía oírse cómo la vieja abría la cómoda.

«Debe de ser en el cajón de encima —imaginó—. Las llaves suele llevarlas en el bolsillo derecho…, todas en un manojo, en un llavero de acero… Y entre todas hay una más grande que las demás, triple, con el paletón dentado, no la de la cómoda… Quiere decir que habrá todavía una arqueta o cofre fuerte… Es curioso. Los cofres fuertes tienen todos llaves de esas… Pero, en fin, todo esto es… despreciable…»

La viejecilla volvió.

—Aquí tiene usted, padrecito; como al rublo le corresponden diez copeicas al mes, al rublo y medio le tocan quince copeicas al mes, que me cobro adelantadas. A los otros dos rublos que antes le di, les corresponden, con arreglo a esa cuenta, veinte copeicas, que también me cobro. En total, treinta y cinco. Así que le quedan a usted por su reloj un rublo y quince copeicas. Aquí tiene.

—¡Cómo! ¿Ahora sale usted con un rublo y quince copeicas?

—Eso mismo.

No estaba el joven por reñir, y tomó el dinero. Miró a la vieja y no se dio prisa a irse, cual si quisiera decir o hacer algo y no supiera él mismo qué …

—Yo, Aliona Ivánovna, puede que dentro de unos días le traiga otra cosa para empeñar …, de plata …, buena …; una pitillera …; en cuanto me la devuelva un amigo —se aturrullaba y se calló.

—Bueno; pues entonces ya hablaremos, bátiuschka.

—Adiós … Pero vive usted sola; ¿no tiene una hermana? —preguntó con cuanta despreocupación pudo, dirigiéndose ya a la antesala.

—¿Y a usted qué le importa ella, padrecito?

—Nada en particular. Pregunté por preguntar. Usted, enseguida… ¡Adiós, Aliona Ivánovna!

Raskólnikov salió de allí profundamente turbado. Su turbación aumentaba por momentos. Al salir a la escalera se detuvo varias veces, como preocupado súbitamente por algo. Y ya, por último, en la calle, murmuró:

—¡Oh, Dios! ¡Qué repugnante es todo eso! ¡Y sí, sí; yo…, no; eso es un absurdo, una estupidez! —añadió resueltamente—. ¿Y si se me ocurriera semejante horror? Pero ¡de qué bajura es capaz mi corazón! Eso es lo principal: ¡sucio, brutal, ruin! … Y yo, durante todo un mes… Pero no podía expresar ni con palabras ni con exclamaciones su emoción. Un sentimiento de repulsión infinita, que había empezado a agobiar y mortificar su corazón desde el momento en que se dirigió a ver a la vieja, alcanzaba ahora tales proporciones y tan a las claras se revelaba, que no sabía dónde refugiarse huyendo de su tristeza. Iba por la acera como un borracho, sin reparar en los transeúntes y tropezándose con ellos, y sin saber por dónde iba volvió en sí en la calle siguiente. Al esparcir la vista observó que se encontraba junto a un establecimiento de bebidas, al que se entraba bajando una escalerilla, que conducía a un sótano. Por la puerta asomaban en aquel instante dos borrachos, que, sosteniéndose mutuamente y riñendo, salían a la calle. Sin pararse a pensarlo, se lanzó Raskólnikov escaleras abajo. Nunca hasta entonces había penetrado en una taberna; pero ahora su cabeza le daba vueltas, y, además, le atormentaba una sed que le hacía toser. Le apetecía beber cerveza fría, tanto más cuanto que su súbita debilidad lo rendía y, en último término, tenía hambre. Se sentó en un rincón oscuro y sucio, junto a una mesita de madera de tilo; pidió cerveza, y con avidez sorbió el primer vaso. Inmediatamente todo se le alivió y sus pensamientos se tornaron claros: «Todo eso es un absurdo —dijo con ilusión— y no hay por qué preocuparse. ¡Sencillamente un trastorno físico! Un vasito de cerveza, un trozo de galleta…, y en un santiamén se robustece el espíritu, se aclaran las ideas, se corroboran las intenciones. ¡Oh, y cómo agobia todo eso! …». Pero, no obstante aquel despectivo escupitajo, se mostraba ya alegre, cual si de repente se hubiese libertado de algún terrible peso, y afectuosamente pasó revista con los ojos a los circunstantes. Pero hasta en aquel momento mismo ya preveía remotamente que toda aquella impresionabilidad optimista era también morbosa.

En la taberna, a aquella hora, había poca gente. Detrás de aquellos dos borrachos con que se tropezara en la escalera salió de un golpe toda una pandilla: cinco hombres, con una chica y un acordeón. Luego que se fueron, todo quedó en silencio y tranquilo. Continuaron dentro un borracho, no mucho, sentado delante de un vaso de cerveza, de facha aburguesada; su compañero, gordo, enorme, con chaqueta larga y barba canosa, muy borracho, adormilado, en un banco, y que de cuando en cuando, de pronto, cual si se despertase, se ponía a castañetear con los dedos, estirando los brazos e irguiendo el busto, sin levantarse del banco, después de lo cual canturriaba una copleta, esforzándose por recordar versitos como estos:

 

Todo el año acariciando a mi mujer, to…do el año aca…riciándola…

 

O despertándose otra vez:

 

Al cruzar la calle Podiácheskaya, me tropecé con la otra…

 

Pero nadie compartía su suerte; su compañero, silencioso, le miraba a cada arrechucho de esos con ojos hostiles y desconfiados. Había, además, otro individuo, de traza parecida a la de un funcionario jubilado. Estaba sentado solo, con su vasito por delante, y de cuando en cuando bebía y miraba en torno suyo. Parecía poseído también de cierta agitación.

 

 

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Sinopsis 

La necesidad en la que se ve envuelto Rodión, un estudiante de la Rusia imperial, lo orillará a planear y cometer un asesinato. A pesar de que su brillante mente lo planea y justifica todo con anterioridad, la muerte le carcomerá el alma hasta el último instante.

Crimen y castigo es uno de los monumentos literarios de todos los tiempos: la psicología de los personajes, el estilo y la estructura misma de la obra han situado a Dostoievski en la cima de la literatura universal.

El autor 

Fiódor Mijáilovich Dostoievsky (Moscú, 1821- San Petersburgo, 1881) es uno de los mejores novelistas rusos de la historia. Educado por un padre alcohólico y déspota, tras la temprana muerte de su madre, estudió en la Escuelade Ingenieros de San Petersburgo. En 1849 fue condenado a muerte por colaborar con grupos liberales, sin embargo fue indultado horas antes de la ejecución. Sus escritos, extremadamente minuciosos, son profundos análisis psicológicos, tragedias de moralidad, apuntes de existencialismo, que diseccionan sobre la sociedad del siglo XIX. De entre sus obras destacan: Pobres gentes (1846), El doble (1846), Humillados y ofendidos (1861), Notas de invierno sobre impresiones de ...

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